Epílogo
Reef:
Encuéntrame en el puerto deportivo al atardecer. Abrígate. Confía en mí.
Encontró a Reef esperándola al final del muelle, junto a un velero de ocho metros.
—Hola, preciosa.
—Hola.
Miró el barco y luego a él.
—¿Qué es todo esto?
—¿Te apetece salir a navegar al atardecer?
—¿A finales de febrero?
—No hace tanto frío. Tengo mantas. Chocolate caliente. Y algo importante que quiero enseñarte.
Le tendió la mano.
—¿Confías en mí?
—Hola.
Miró el barco y luego a él.
—¿Qué es todo esto?
—Quizás.
Su sonrisa temblaba un poco.
—¿Vienes?
Ella le tomó la mano.
Habían transformado la cubierta del velero: mantas, cojines, un termo de chocolate caliente, linternas a pilas que creaban círculos de luz cálida.
—¿Te acuerdas de cómo se maneja?
—preguntó Felicity mientras él arrancaba el motor.
—Seis años fuera, pero hay cosas que no se olvidan. Mi padre me enseñó a navegar en cuanto aprendí a nadar.
Sacó el velero del puerto deportivo con la memoria muscular de quien se ha criado entre barcos. El agua estaba en calma esa noche, reflejando el cielo teñido de rosa y dorado.
Cuando estaban a unos cuatrocientos metros de la costa, Reef apagó el motor y echó el ancla. Estaban cerca del lugar donde se había producido el incendio del puerto deportivo seis años atrás. El muelle se veía a lo lejos. El haz del faro había comenzado su barrido nocturno.
—¿Por qué aquí?
—preguntó Felicity mientras él se acomodaba a su lado y la atraía hacia sus brazos.
—Porque este lugar significa todo para mí.
Su voz era serena.
—Hace seis años, destruí cosas aquí por descuido, y el año pasado, casi nos destruí por cobardía.
Le levantó la barbilla para que lo mirara.
—Pero también es el lugar donde empezamos a sanar. Donde tuvimos nuestra primera conversación sincera. Donde empecé a entender lo que significaba quedarse. Este lugar es nuestro pasado y nuestro presente.
Respiró hondo.
—Quería que también formara parte de nuestro futuro.
A ella el corazón le empezó a latir con fuerza.
Él se movió, metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña caja de terciopelo.
—Dios mío.
—Se me dan fatal los discursos.
Le temblaba un poco la mano mientras abría la caja.
—Siempre se me han dado fatal. Pero voy a intentarlo.
El anillo era perfecto. Un zafiro estrella en un sencillo engaste de plata; la piedra exhibía su característica estrella de seis puntas bajo la luz de la linterna.
—Los marineros usaban esta piedra para orientarse.
Tenía la voz ronca de emoción.
—Creían que podía guiarlos a casa cuando estaban perdidos. Y eso es lo que hiciste tú por mí, Felicity. Me guiaste a casa. A la persona y la vida que de verdad quería.
Las lágrimas ya le corrían por la cara.
—Te quiero.
Las palabras salieron claras y seguras.
—Todo lo que eres. Tu ridículo compromiso con los protocolos de seguridad.
Lo mucho que te importa este pueblo. Cómo finges ser toda normas y orden cuando en realidad solo estás protegiendo un corazón tierno.
Cómo le diste una oportunidad a alguien que te había hecho daño y le dejaste demostrar que podía hacerlo mejor.
Se le quebró la voz.
—Quiero pasar el resto de mi vida demostrándote que elegir quedarme fue la decisión más fácil que he tomado en mi vida.
Sacó el anillo de la caja y lo sostuvo entre los dos.
—Felicity Kelsey, ¿quieres casarte conmigo?
—Sí.
Reía y lloraba al mismo tiempo.
—Sí. Por supuesto que sí.
Él le deslizó el anillo en el dedo —ajuste perfecto— y entonces ella lo besó, tirando de él hacia los cojines, envolviéndolo con su cuerpo mientras el barco se mecía suavemente y el cielo se teñía de púrpura y dorado sobre ellos.
Cuando por fin se separaron, ambos sonriendo de oreja a oreja, Reef le recorrió la cara con los dedos.
—¿Estás segura? Porque casarte conmigo significa aguantar a mi familia. Maggie va a querer meterse en todos los preparativos. Y Rusty va a llorar durante toda la ceremonia. Y…
Ella lo besó de nuevo para callarlo.
—Os quiero a ti y a tu familia.
Levantó la mano, observando cómo el zafiro estrella captaba la luz.
—Y no pienso irme a ninguna parte.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Navegaron de vuelta al puerto deportivo mientras las estrellas iban apareciendo sobre ellos. Prometidos. Haciendo planes de futuro.
En el muelle encontraron a Rusty esperándolos con champán.
—Ya era hora.
Los abrazó a los dos.
—Llevo aquí de pie un buen rato para que no se caliente.
—¿Lo sabías?
—preguntó Felicity.
—Pues claro que lo sabía. Lleva semanas planeando esto; es incapaz de guardar un secreto.
Rusty descorchó el champán.
—Y hay más gente dentro esperando para celebrarlo.
Dentro de la oficina del puerto deportivo encontraron a Toby, Posey y Waverly, junto con la mitad del personal, todos claramente cómplices de la sorpresa.
—¡Están prometidos!
—gritó Waverly, lanzándose hacia ellos.
—¡Le dije a papá que lo estarían!
La celebración continuó durante horas. Champán, felicitaciones y planes.
Más tarde, mucho más tarde, después de que todos se hubieran ido, mientras volvían caminando a su apartamento, Felicity lo detuvo bajo una farola.
—Nunca pensé que llegaría a esto. Nunca pensé que podría confiar en alguien lo suficiente como para...
Señaló el anillo.
—Para decir que sí a una eternidad juntos.
—Yo tampoco.
La atrajo hacia sí.
—Pensé que pasaría la vida huyendo. Sin quedarme nunca lo suficiente para construir nada que importara.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy en casa.
La besó bajo la farola, bajo las estrellas.
—Justo donde tengo que estar.
Cuando por fin llegaron al apartamento, Reef preparó café mientras Felicity se sentaba en la barra de la cocina, contemplando el anillo en su dedo como si no acabara de creerse que fuera real.
—¿Cuándo quieres hacer esto? —preguntó él—. La boda. ¿En verano? ¿En otoño?
—En otoño.
Sonrió.
—Septiembre u octubre, cuando todavía haga buen tiempo. Nos dará tiempo para organizarlo todo bien. Contrataremos a Posey para que se encargue.
—El otoño me parece bien.
Se sentó a su lado y entrelazó los dedos con los de ella.
—Y probablemente deberíamos hablar de buscar un sitio. Este apartamento apenas te cabe a ti. Necesitaremos algo con espacio para tu despacho también. ¿Cerca del mar?
—Me encantaría.
Apoyó la cabeza en su hombro.
—Un hogar de verdad. No solo un sitio donde dormir.
—Construir algo juntos. Todo lo que queremos.
—Todo lo que queremos —repitió ella.
Se quedaron allí sentados, haciendo planes de futuro, compartiendo sueños y todas esas cosas sencillas y hermosas que llegan cuando uno decide quedarse.
Juntos.
Maggie
Llamaron a la puerta de su galería a las 9:30 de la noche, justo cuando Maggie estaba cerrando.
Había pasado la tarde en el puerto deportivo celebrando el compromiso de Reef con la familia, brindando por la felicidad de su hermano mientras intentaba no pensar en el hombre que había desaparecido seis semanas atrás sin dar explicaciones.
Julian le había enviado un correo en Nochevieja diciendo que no podía ir a la hoguera, que tenía algo importante de lo que hablar. Después, nada. Silencio absoluto. Su habitación en el Starfish & Snowflake Inn apareció vacía al día siguiente. Sin despedida. Sin explicación.
Se había ido sin más.
Como hacía veinte años.
Y ahora, alguien llamaba a la puerta cerrada de su galería a las 9:30 de la noche.
Maggie se dio la vuelta, lo vio a través del cristal y el corazón se le paró.
Julian Cross estaba en su puerta con una carpeta grande en las manos, con un aire nervioso que nunca le había visto.
Debería ignorarlo, salir por la puerta de atrás y protegerse de cualquier excusa que viniera a darle.
Pero en lugar de eso, abrió la puerta.
—Hola —dijo en voz baja.
—Te fuiste.
Las palabras le salieron secas.
—Hace seis semanas. Sin explicación.
—Lo sé. Lo siento. Tenía que cerrar algo antes de poder...
Se interrumpió. Empezó de nuevo.
—¿Puedo pasar? ¿Por favor? Necesito enseñarte algo.
Debería decir que no.
Se hizo a un lado y lo dejó pasar.
Julian entró en la galería con los movimientos cautelosos de alguien que sabe que pisa terreno peligroso. Dejó la carpeta sobre el escritorio y se volvió hacia ella.
—Me fui porque necesitaba que algo fuera real antes de pedirte que lo consideraras.
Su voz era firme, pero las manos le temblaban.
—Lo hice fatal. Debería habértelo explicado. Pero me aterraba que dijeras que no si sabías lo que estaba planeando, y necesitaba tenerlo todo listo primero.
—¿Listo para qué?
Señaló la carpeta.
—Ábrela.
Maggie se acercó al escritorio y abrió la carpeta con manos temblorosas.
Dentro: planos arquitectónicos de un edificio que reconoció de inmediato. La antigua estación de la Guardia Costera, a dos puertas de allí. Documentos legales con los nombres de ambos. Una propuesta de negocio.
Se le cortó la respiración.
—No te estoy pidiendo que te vayas —dijo Julian en voz baja—. Ni que renuncies a nada. Te pregunto si me dejarás quedarme y construir algo aquí. Contigo.
Se quedó mirando los documentos, los planos y el proyecto de algo que nunca se había atrevido a imaginar.
—Esto es...
—Una sociedad. A partes iguales. Tu visión, tu comunidad, tus reglas.
Dio un paso hacia ella.
—Pasé seis semanas en Nueva York asegurándome de que todo fuera legítimo y estuviera listo porque no quería pedirte que arriesgaras nada por una posibilidad. Es real, Maggie. El edificio, el capital, el compromiso. Todo.
—¿Por qué ahora? Después de veinte años, ¿por qué...?
—Porque hace veinte años te pedí que eligieras entre tu vida y yo.
Se le quebró la voz.
—Y por fin entiendo que era la pregunta equivocada. Así que esta vez he tomado otra decisión. Elijo tu mundo. Tu pueblo. Tu vida.
Hizo una pausa.
—Solo espero que me dejes formar parte de todo eso.
Lo miró. Lo miró de verdad. Vio la vulnerabilidad que se escondía tras su aplomo. La esperanza que intentaba disimular. El hombre que una vez le había pedido que se fuera ahora le preguntaba si podía quedarse.
—Necesito tiempo —dijo al fin—. Para pensar. Para estudiar todo esto bien y entender lo que me estás pidiendo.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
El alivio se reflejó en su rostro.
—No me voy a ninguna parte. Tengo habitación en el Starfish & Snowflake hasta marzo. Más si hace falta.
—¿Y si digo que no?
—Entonces respetaré tu decisión —la miró a los ojos—. Pero me quedaré igualmente y abriré la galería. Seguiré eligiendo este lugar.
Hizo una pausa.
—Eligiéndote a ti, aunque tú no me quieras.
Después de que se marchara, Maggie se quedó sola en su galería, con la carpeta de la propuesta en las manos.
Los bocetos mostraban un espacio precioso: paredes para exposiciones, luz natural, sitio tanto para exhibir como para crear. Los documentos detallaban una sociedad que le daría todo lo que nunca se había permitido desear.
Y debajo de todo ello, una pregunta de la que llevaba huyendo veinte años:
¿Y si el amor no significaba elegir entre su vida y él? ¿Y si significaba construir algo nuevo juntos?
Su hermano se había comprometido esa noche. Había elegido el amor a pesar de todas las razones para tener miedo.
Maggie miró la carpeta que tenía en las manos. El futuro que Julian le ofrecía. El riesgo, la posibilidad y la aterradora y emocionante oportunidad de que quizá, quizá, algunas cosas merecían la pena.
Todavía no tenía una respuesta.
Pero por primera vez en veinte años, no estaba huyendo de la pregunta.
Y eso bastaba por esa noche.