Luz de estrellas en Sandy Claus Bay (La serie Sandy Claus Bay nº 2) Felicity
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Felicity

Capítulo Tres

La necesidad profesional había impuesto esta visita de campo.

Había que evaluar las condiciones de la playa, marcar los límites de las parcelas e identificar los peligros potenciales.

Y a pesar de su determinación de limitar todas las interacciones con Reef a su oficina, algunos trabajos exigían estar a la intemperie.

Solo deseaba que el tiempo no se empeñara tanto en calarle la chaqueta impermeable.

Reef sacó una cinta métrica con movimientos eficientes a pesar del clima.

Había aparecido en cada reunión programada esa semana —martes y jueves a las ocho y media en punto—, preparado con preguntas reflexivas y notas detalladas.

Había sido siempre educado, completamente profesional y absolutamente respetuoso con cada límite que ella había establecido.

Eso debería haberle facilitado las cosas.

En cambio, aquella cortesía tan cuidadosa resultaba incómoda a su manera, aunque Felicity no sabía explicar por qué.

Quizás porque la presencia de Reef seguía recordándole quiénes habían sido antes del incendio: colegas que habían disfrutado de trabajar juntos, amigos que habían comprendido la pasión del otro por la costa, y algo más que ella nunca se había permitido nombrar.

Jóvenes que habían pensado que la confianza era simple y que los errores podían perdonarse sin consecuencias.

—Dieciocho parcelas —repitió Reef, recorriendo la playa con ojo de fotógrafo, atento a la composición—. El año pasado hubo doce equipos. El crecimiento es significativo.

—El resurgimiento del desfile de barcos reavivó el interés por las tradiciones navideñas —Felicity marcó posiciones en su cuaderno, calculando distancias—. Las familias que habían dejado de participar están volviendo. El turismo aumentó un treinta por ciento en diciembre pasado.

—Eso es... —Reef hizo una pausa, como sopesando sus palabras—. Eso es bueno. Estupendo. El pueblo lo necesitaba.

El peso tácito de su comentario quedó suspendido entre ellos: El pueblo necesitaba sanar después de lo que hice.

Felicity no acusó recibo.

—El puesto de socorrista será el punto de referencia central.

Las parcelas se extenderán en semicírculo a partir de ahí.

Los escultores tendrán acceso a la playa de siete de la mañana a siete de la tarde, todos los días a partir del fin de semana de Acción de Gracias.

Haremos inspecciones preliminares cada lunes y jueves, y la inspección final la mañana de Nochebuena.

—¿Restricciones de acceso por la noche?

—Solo lonas protectoras. Está prohibido trabajar después del anochecer, es demasiado peligroso.

Nada de iluminación artificial que pueda dañar otras esculturas o molestar en las zonas de anidación —señaló la hierba de las dunas—.

Los chorlitejos silbadores anidan en primavera, pero mantenemos las zonas protegidas todo el año.

Reef tomó nota.

—Documentaré esas zonas para los materiales de la competición. Quizás las fotografíe para los carteles informativos.

Una ráfaga de viento lanzó la lluvia contra la playa. Felicity entrecerró los ojos para protegerse del agua mientras la coleta le azotaba la cara. Necesitaban terminar la evaluación del lugar, pero el tiempo empeoraba más rápido de lo que había previsto.

—Hay un cobertizo de material —dijo, ajustándose la capucha—. Deberíamos esperar a que pase lo peor antes de volver.

El cobertizo estaba cincuenta metros más arriba en la playa, una estructura desgastada que usaban los equipos de mantenimiento.

Felicity tenía llave —tenía llaves de la mayoría de los edificios municipales, parte de sus responsabilidades como coordinadora de seguridad—.

Dentro, el espacio era estrecho pero seco, y olía a sal, a madera vieja y a las lonas apiladas contra una pared.

Reef cerró la puerta para frenar el viento. La lluvia tamborileaba en el techo de metal con un sonido casi íntimo en su insistencia. Por la única ventana del cobertizo se veía la playa desdibujada tras cortinas de agua.

Felicity se quitó la chaqueta impermeable empapada y la colgó en un gancho. Su polo de trabajo estaba húmedo pero servía. Reef hizo lo mismo; su chaleco de fotógrafo goteaba sobre el suelo de madera. Se quedaron en lados opuestos del pequeño espacio, guardando las distancias por acuerdo tácito.

El silencio los oprimía, demasiado denso para aquel espacio tan reducido.

—¿Cuánto crees que durará la lluvia? —preguntó Reef, mirando el móvil—. El radar muestra que la célula principal pasará en unos veinte minutos.

—Probablemente —Felicity fingió repasar sus notas para tener algo en lo que concentrarse aparte de su presencia—. Podemos terminar la evaluación del lugar cuando pase.

—Claro. Sí.

Más silencio. La lluvia arreció, y a lo lejos retumbó un trueno.

Felicity había capeado cientos de tormentas costeras en espacios como aquel: a la espera de que pasaran los chubascos, vigilando las condiciones, manteniéndose a salvo sin dejar de ser productiva. Nunca se había sentido incómoda antes.

Reef cambió el peso de un pie a otro y pareció tomar una decisión.

—Felicity, sé que dijiste que querías mantener las cosas en un plano profesional. Y lo respeto. Pero ¿puedo...? —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. ¿Puedo al menos explicarte lo que pasó? No para excusarlo, sino para darte contexto.

—No hay contexto que cambie el resultado —mantuvo la voz serena, objetiva—. Almacenaste mal el equipo. Provocó un incendio. James Whitmore resultó herido y el puerto deportivo sufrió daños. Esos son los hechos.

—Lo son —no apartó los ojos de la mirada firme de ella—. Y no te pido que cambies tu valoración de esos hechos. Te pido que me dejes contarte lo que hice después. Cómo intenté enmendarlo.

El instinto de Felicity fue negarse. Había pasado seis años aferrándose a la convicción de no escuchar sus excusas, de no ablandarse ante las explicaciones. El perdón requería vulnerabilidad, y la vulnerabilidad abría la puerta a que volvieran a hacerle daño.

Pero estaban atrapados en un cobertizo durante una tormenta, y él pedía, no exigía. Y una pequeña parte de ella —enterrada bajo la coraza profesional y las reglas rígidas— quería saber si el Reef en quien una vez había confiado había existido de verdad, o si se lo había imaginado todo.

—Está bien —dijo—. Tienes veinte minutos. Lo que tarde en pasar esta tormenta.

Reef se apoyó en el banco de trabajo para dejarle espacio.

—Fui imprudente. Esa es la verdad. Creía que era cuidadoso, pero no lo era.

Almacené cargadores de baterías, equipo y otro material fotográfico en el cobertizo del puerto deportivo sin seguir los protocolos adecuados.

Y usé equipo que no estaba preparado para ambientes marinos en un entorno marino: di por sentado que no pasaría nada porque nunca había pasado nada antes.

Felicity lo recordaba. Había sido ella quien le había dicho que no había problema, fiándose de sus promesas sobre las medidas de seguridad. La culpa la había carcomido durante meses.

—El incendio empezó sobre la medianoche —continuó Reef—.

Un cortocircuito en uno de los cargadores.

Para cuando alguien se dio cuenta, ya se había propagado a los suministros náuticos almacenados.

James intentó alejar los barcos del muelle.

Fue entonces cuando... —se le quebró la voz—. Fue entonces cuando resultó herido.

—Lo sé. —Felicity recordaba aquella noche con claridad meridiana. La llamada, el nudo en el estómago y la lenta y terrible certeza de que había avalado sus prácticas de seguridad y se había equivocado de forma catastrófica.

—Me fui al día siguiente —dijo Reef en voz baja—. No porque no me importaran las consecuencias. Porque me importaban tanto que no podía afrontarlas. Tenía veintiséis años, me ahogaba en la vergüenza, convencido de que todos estarían mejor si yo no andaba cerca para recordarles lo que había hecho.

—Huir no arregla nada.

—No, no lo hace. Pero me dio el espacio para cambiar de verdad, en lugar de limitarme a fingir arrepentimiento. —La miró a los ojos—. Pasé los seis años siguientes fotografiando fauna salvaje en lugares remotos. ¿Sabes lo que me enseñó?

Ella no respondió, pero él continuó de todos modos.

—Paciencia. Disciplina. Respeto por fuerzas que escapan a tu control.

No puedes ser descuidado cuando documentas animales en su hábitat natural: un error, un momento de desatención, y pierdes la toma.

O peor, alteras el ecosistema que se supone debes proteger.

—Flexionó las manos a los costados—. Aprendí a comprobarlo todo dos veces.

A seguir los protocolos al pie de la letra.

A entender que los atajos tienen consecuencias.

La fotografía le había enseñado lo que el incendio no logró: paciencia, disciplina, respeto por fuerzas que escapaban a su control. Felicity reconoció el paralelismo y se odió por ello.

—Todo eso suena muy transformador —dijo con tono deliberadamente neutro—. Pero no cambia lo que pasó aquí.

—No te estoy pidiendo que lo haga. —Reef sacó un sobre gastado del bolsillo y se lo tendió—.

Pero quiero que sepas lo que he hecho para intentar enmendarlo.

Son copias de extractos bancarios con los pagos que he enviado a James Whitmore cada mes durante seis años.

Gastos médicos, lucro cesante, lo que necesitara.

También contribuí al fondo de restauración del puerto deportivo, de forma anónima, porque no se trataba de obtener reconocimiento.

Felicity cogió el sobre de forma automática y al instante quiso devolverlo. No quería pruebas de sus intentos de restitución ni constancia de que había estado pensando en Sandy Claus Bay todos esos años, intentando reparar el daño desde la distancia.

Habría sido más fácil odiarlo si simplemente lo hubiera olvidado todo.