LUNA Y CENIZA CAPÍTULO 1 LA EMISARIA
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LUNA Y CENIZA

LUNA Y CENIZA

Por Seraphine Kestrel

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CAPÍTULO 1 LA EMISARIA

Ires Nightveil había matado a doce hombres de Ashkar en su vida. Ahora la obligaban a hacerles una reverencia.

Doscientos años de guerra fría entre Nyxara, el reino nocturno que servía a la luna, y Ashkar, el reino que ardía por voluntad propia, estaban a punto de terminar, o de estallar de nuevo, según el resultado de la negociación que la había traído hasta aquí.

A Ires no le habían pedido su opinión sobre si valía la pena intentarlo. Solo le habían pedido que lo intentara.

—No es una reverencia —había dicho la Sacerdotisa Mayor esa misma mañana, ajustándole el broche de plata en el hombro con dedos que temblaban de vejez, no de duda—. Es una inclinación de cabeza. Protocolar. Nada más.

Ires no había respondido. Había aprendido, en sus seis años como Capitana de la Guardia, que el silencio era la única forma de desacuerdo que nadie podía castigar.

Ahora, de pie en el umbral de la Sala de Cenizas —el nombre no podía ser más apropiado—, entendía que la Sacerdotisa Mayor le había mentido, o se había mentido a sí misma.

No había nada protocolar en cruzar medio continente escoltada por seis guardias lunares para arrodillarse, aunque fuera solo con la cabeza, ante el hombre cuyo reino había incendiado el templo donde había crecido.

El salón del trono de Ashkar no se parecía a nada que ella conociera.

En Nyxara, la piedra era fría y azul, tallada con la paciencia de quien construye para que dure siglos.

Aquí, todo ardía. Las paredes estaban cubiertas de un metal bruñido que devolvía la luz de miles de antorchas como si el propio edificio estuviera hecho de fuego contenido.

El calor le pesaba en la piel como una segunda armadura.

Y en el centro de todo aquello, sentado en un trono que parecía forjado de brasas nunca apagadas, estaba el Rey de Cenizas.

Kaelen Ashgrave no se levantó cuando ella entró.

No hizo ademán de recibirla con la cortesía que exigía cualquier tratado, ni siquiera la mínima que se le debe a un enemigo con el que se está a punto de fingir paz.

Se limitó a observarla cruzar el salón con una expresión que Ires no supo leer del todo: no era desprecio, aunque lo pareciera.

Era algo más parecido al cansancio de un hombre que ya sabe cómo termina la escena y preferiría saltársela.

—La Capitana Nightveil —dijo él, cuando ella se detuvo a los pies del estrado—. Esperaba a un diplomático.

—Y yo esperaba a un rey —respondió Ires—, no a un niño sentado en el trono de su padre.

El salón entero contuvo el aliento. A su espalda, oyó el crujido de la armadura de uno de sus guardias, la mano moviéndose instintivamente hacia la empuñadura. Ella no se movió. Había pasado la última década de su vida aprendiendo a no parpadear ante el fuego, literal o figurado.

Kaelen, para su sorpresa, sonrió. No fue una sonrisa cálida —nada en él lo era—, sino algo afilado, casi divertido.

—Me habían advertido de que la Guardia de la Luna no sabía inclinarse —dijo, poniéndose en pie por primera vez—. Nadie mencionó que tampoco sabía callarse.

—Nadie mencionó que el Rey de Cenizas hablaría de tratados de paz mientras juega con la posibilidad de una guerra que ya perdió una vez.

Algo cruzó el rostro de Kaelen entonces, breve, apenas un parpadeo, pero Ires lo vio: no fue calidez ni reconocimiento, sino la irritación fría de un hombre que no estaba acostumbrado a que nadie, enemigo o aliado, le hablara con esa falta de deferencia.

—Siéntate, Capitana —dijo él, señalando la mesa dispuesta a un lado del salón, lejos del trono—. Tenemos mucho que fingir negociar.

Ires no se movió de inmediato. Miró la mesa, el pergamino ya extendido sobre ella con los sellos de ambos reinos esperando tinta, y sintió el peso de la misión que la había traído hasta aquí presionándole el pecho como una mano cerrada.

No había venido a hacer las paces. Había venido porque su reino se moría lentamente de una guerra que ya no podía costear, y porque en algún lugar bajo la Ruptura —la fractura que había partido el continente en dos siglos atrás, dejando tras de sí más preguntas que respuestas sobre lo que realmente la había causado— algo se había movido la semana anterior, algo que ni la luna ni el fuego, solos, sabían nombrar.

Pero eso no tenía por qué decírselo a él. Todavía no.

—Cuánto tiempo —dijo, sentándose al fin, sin apartar los ojos de los suyos— cree Su Majestad que puede fingir sin que ninguno de los dos empiece a creérselo.

Kaelen no respondió enseguida. Y en ese silencio, breve pero deliberado, Ires tuvo la primera y más incómoda sospecha de la noche: que tal vez esa pregunta no tenía una respuesta que a ella le fuera a gustar.