Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 96
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CAPÍTULO 96

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(Punto de vista de Aria)

Salí del baño con ropa limpia.

Nathan estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados, esperando.

—¿Quieres volver abajo? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Me voy a casa.

Me miró un segundo. No como mira la mayoría de la gente, como si buscara qué decir. Simplemente me miró, y supe que ya lo había entendido.

Me puso la mano en el hombro.

—Yo me encargo de Mia. De eso no te tienes que preocupar.

—Lo sé.

Me dio una palmadita en el hombro y se volvió hacia Kai.

—¿Puedes llevarla a casa?

Kai asintió.

—Claro.

Nathan lo estudió un momento. No con desconfianza; más bien como si estuviera calibrando algo.

—Sabes —dijo Nathan—, comparado con Ronan, eres mucho más agradable a la vista.

Kai no respondió a eso.

—Esta noche te debo una —continuó Nathan—. En serio. Si alguna vez necesitas algo, solo dilo.

Kai asintió levemente.

—Lo tendré en cuenta.

Nathan no se entretuvo. Se dio la vuelta y volvió hacia el ascensor mientras sacaba el móvil.

Kai me sostuvo la puerta de la suite.

Salí sin mirar atrás.

Bajamos en silencio.

Fuera, Kai se detuvo delante de mi edificio y puso el freno de mano.

No bajé de inmediato.

Me quedé mirando el salpicadero un segundo y luego dije:

—Quiero compensarte. Por lo de esta noche.

Kai me miró de reojo.

—No hace falta.

—Sí hace falta. —Mantuve la voz serena—. Cuando Ronan me ayudó una vez, se lo devolví el mismo día. Una transferencia directa. Ningún favor pendiente, ninguna condición.

Hice una pausa.

—Esta noche ha usado ese único favor para presionarme. —Apreté la mandíbula al recordarlo—. No voy a dejar que vuelva a pasar. Con nadie.

Kai se quedó callado un momento.

Luego dijo:

—Yo no soy Ronan.

—Lo sé. Pero…

—Aria. —Su voz era tranquila. No impaciente. Solo firme—. No voy a echarte en cara lo de esta noche. Eso no va conmigo.

Lo miré.

—¿Y cómo puedo estar segura de eso?

—No puedes —dijo—. Todavía no. —Me sostuvo la mirada—. Pero no haré nada que de verdad te moleste. Eso es lo único que puedo prometerte.

Me sostuvo la mirada un instante y luego añadió:

—Excepto una cosa.

Ya sabía lo que venía.

—No voy a dejar de conquistarte —dijo—. Eso no es negociable.

Me sonrojé antes de poder evitarlo.

Lo dijo con toda naturalidad. Sin rodeos, sin suavizarlo. Como si fuera lo más obvio del mundo.

Fui yo la primera en apartar la mirada.

—Vete a casa —dije—. Conduce con cuidado.

Bajé del coche antes de que pudiera decir nada más.

A la mañana siguiente, estaba en Ravenshade Corp a las ocho.

Llamé a Oliver a mi despacho antes de las nueve.

—Los fondos para la puja por Lanwater —dije—. ¿Está todo listo?

—Finanzas lo confirmó anoche —dijo Oliver—. Estamos preparados.

—Bien. —Abrí los detalles de la subasta en la pantalla—. La venta es mañana por la tarde. Quiero que lo revisen todo dos veces antes de entonces.

Oliver titubeó.

Levanté la vista.

—Derek me pidió que le transmitiera algo —dijo con cautela—. Hay una reunión de accionistas esta mañana a las nueve. Dijo que cuentan con su asistencia.

—¿Quién la ha convocado?

Oliver cambió el peso de un pie a otro.

—Un grupo de accionistas. Petición conjunta. —Hizo una pausa—. La noticia de Lanwater se ha filtrado. Creo que esta reunión es para presionarla y que abandone el proyecto.

Me recosté en la silla.

—¿Les digo que no está disponible? —preguntó Oliver.

—No. —Me puse de pie—. Si no voy, se plantarán en mi puerta igualmente. Mejor reunirlos a todos en la misma sala y zanjarlo de una vez.

Oliver asintió despacio.

—Entendido.

—Vamos —dije.

Entramos en la sala de juntas a las nueve en punto.

La sala ya estaba llena.

Ocupé mi sitio a la cabecera de la mesa y no perdí tiempo en preámbulos.

El anciano Winston fue el primero en hablar.

Era uno de los miembros más veteranos de la junta: canoso, corpulento y convencido desde siempre de que sus años en la manada le daban derecho a mirar por encima del hombro a todo el que fuera más joven que él.

—Señorita Ravenshade —dijo, juntando las manos sobre la mesa—, me gustaría entender por qué piensa pujar por la propiedad de Lanwater. Y por qué quiere desarrollar territorio nuevo allí.

—Porque es la jugada correcta —respondí.

—¿Para quién? —Frunció el ceño—. Esa tierra está en el quinto pino. ¿A quién se lo va a vender? ¿Quién lo va a alquilar? No le veo ni una sola utilidad práctica. Esta no es una decisión que deba tomar una sola persona en nombre de toda la manada.

Sabía perfectamente de qué lado estaba.

Después de que encerraran a Victor, Winston se había pasado semanas intentando que lo liberaran. Cuando eso fracasó, dirigió su atención hacia mí, esperando a que metiera la pata para aprovecharlo y apartarme del puesto.

En su cabeza, Lanwater era esa metedura de pata.

Ubicación remota. Ningún valor comercial evidente. Una porción enorme de los fondos operativos de la manada atada a una puja que parecía una apuesta a ciegas.

No le faltaba razón en cuanto a las apariencias.

Lo que no tenía era toda la información.

—Si el proyecto pierde dinero —dije—, lo cubro yo personalmente. Hasta el último céntimo.

Winston levantó las cejas. Luego soltó una risa breve y despectiva.

—Es una Alfa en funciones sin el dominio de una loba que la respalde. Palabras muy audaces, pero ¿qué significan en realidad?

—Significan que no necesito dominio —dije—. Tengo los números.

Él parpadeó.

—Y en cuanto a con qué lo voy a cubrir: sí, voy a pujar con los fondos Ravenshade. Pero si fracasa, liquido mis bienes personales para resarcir a la manada. Ustedes no pierden nada. Todos los de esta mesa salen indemnes.

—No es eso —intervino otro accionista—. Ya sacó una cantidad considerable para el asunto de Stormcrest. La manada todavía se está recuperando de eso. ¿Y ahora quiere hacer esto?

Se sumaron más voces.

—El momento no es el adecuado.

—La ubicación no tiene ningún sentido.

—Esto es una temeridad.

Dejé que terminaran.

Entonces dije:

—Una semana. Los documentos de planificación urbanística se hacen públicos en una semana. Lanwater está en la lista de desarrollo prioritario. Cuando salga ese anuncio, esa tierra se convertirá en el centro de la próxima expansión comercial de la región.

La sala se quedó en silencio.

Winston me miró fijamente.

—¿De dónde ha sacado eso? —dijo—. No se ha oído nada de esto en ninguna parte. Ni un solo rumor.

—De las fuentes adecuadas —respondí.

—Eso suena a que alguien le ha vendido un cuento —dijo con sequedad—. Está a punto de gastar el dinero de la manada en un rumor.

—Si me equivoco —dije con voz firme—, vendo todo lo que tengo y cubro la pérdida. Si tengo razón, todos los presentes en esta sala ganan. —Recorrí la mesa con la mirada—. Nadie aquí asume ningún riesgo. Ese es el acuerdo.

Winston se cruzó de brazos y se echó hacia atrás.

—Hay que tener valor, eso se lo reconozco.

Me puse de pie.

—Esta reunión ha terminado —dije—. No voy a renunciar a Lanwater. No queda nada que discutir.

Me dirigí hacia la puerta.

Al pasar junto a Winston, bajó la voz.

—Si llega a ganar esa puja —murmuró—, se va a arrepentir.

Seguí andando sin contestar.

Los hechos hablarían por sí solos.

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