CAPÍTULO 85
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(Punto de vista de Aria)
La sala se quedó en silencio en cuanto entré.
La mirada de Ronan se clavó en mí de inmediato. Pesada. Fría. Directa.
Daisy ya tenía la cara roja. Lo llevaba aguantando desde el pasillo y ahora ya tenía dónde soltarlo.
—¿Qué es esto? —soltó—. ¿Nos has seguido hasta aquí?
La miré con calma.
—Me han invitado —dije.
—Claro. —Soltó una risa corta y afilada—. Y has acabado en la misma sala por pura casualidad. Otra vez. —Se cruzó de brazos—. No lo soportas, ¿verdad? Ver a Ronan y a Vivian juntos. De eso va todo esto.
La dejé terminar.
—Ese matrimonio lo acabé yo —dije—. Cada palabra fue mi decisión. No tengo el más mínimo interés en lo que haga Ronan ni con quién lo haga.
Cada palabra cayó limpia y seca.
Por el rabillo del ojo vi que Ronan se quedaba inmóvil.
No lo miré.
—Yo no sigo a nadie —le dije a Daisy—. Eso no va conmigo.
Daisy inspiró hondo, lista para volver a la carga.
La puerta se abrió detrás de mí.
Kai entró.
Llevaba un traje oscuro y entallado. Tenía esa calma en la cara que no deja lugar a discusión. Barrió la sala con la mirada una sola vez y, de algún modo, todos dejaron de hablar al mismo tiempo.
Me volví hacia él. Primero me fijé en el dibujo tenue de la solapa, luego subí la mirada por la línea del cuello y al final me detuve en sus ojos.
Serenos. Quietos. Como agua profunda.
Él me miró.
—¿Te has metido en otra discusión? —preguntó. Lo dijo con un tono ligero, casi aburrido. Sus ojos se desviaron un instante hacia Daisy.
Solo un instante.
Daisy se tensó de forma visible.
No se me escapó esa palabra. Otra.
Sentí un pequeño pinchazo de vergüenza. No le faltaba razón. La verdad era que no se me daba bien retirarme sin armar ruido.
Una mujer con una chaqueta entallada dio un paso al frente. Llevaba el maquillaje impecable. Tenía la eficiencia pulida de quien organiza eventos para ganarse la vida.
—¿El señor Lawson? —quiso confirmar.
Kai asintió una vez.
Ella sonrió con calidez.
—El anciano Southwick dejó instrucciones.
Como la novia del señor Lawson iba a probarse el White Dew, se lo retiramos a la modelo.
—Se volvió hacia mí—. Ha atraído todas las miradas desde el momento en que ha entrado esta noche.
Al lado del señor Lawson, los dos están…
en fin. —Ensanchó la sonrisa—. El White Dew le va a quedar espectacular.
Oí cómo le cambiaba la respiración a Ronan.
No lo miré. Pero lo sentí. El cambio en el aire a su alrededor. Pesado. Oscuro. Como el cielo justo antes de que estalle la tormenta.
Kai inclinó la cabeza hacia mí.
—Ve a probártelo —dijo—. Si algo no encaja, pueden ajustarlo.
Fue entonces cuando lo entendí.
Ya lo había comprado.
El White Dew era la pieza central de la noche.
El cierre del desfile. Ahí fuera había Lunas de media docena de manadas, gente de la prensa, cámaras.
Ese vestido todavía no había salido a la pasarela y Kai ya lo había retirado.
Lo que le hubiera prometido al anciano Southwick para conseguirlo no era ninguna tontería.
—¿Cuánto te has gastado? —pregunté.
Daisy se metió por medio antes de que pudiera contestar.
—Pago el doble —dijo en voz alta—. Lo que haya pagado él, yo pago el doble. Ahora mismo.
Ninguno de los dos la miró.
Kai me respondió directamente.
—Nada —dijo—. Acepté coinvertir en uno de los proyectos de Southwick. Eso es todo.
Se me removió algo raro en el pecho.
Un proyecto. Así, sin más. Había dicho sí sin pestañear.
Hacía mucho que había dejado de creer en el dinero fácil. Pero Kai no dejaba de hacer cosas que no cuadraban. Comprometer una inversión a la ligera a cambio de un vestido. ¿Qué clase de persona funcionaba así?
Negué con la cabeza.
—Esto es demasiado —dije—. Devuélvelo. Dile a Southwick que el trato se cancela.
Kai me miró un segundo.
Luego sonrió. Una sonrisa leve. Callada.
—Está bien —dijo—. Iré a hablar con él.
Se volvió hacia la puerta sin hacer ningún drama.
(Punto de vista del autor)
Desde el momento en que Aria dijo «ese matrimonio lo acabé yo», Ronan no había conseguido respirar bien.
Lo sabía. Se había dicho a sí mismo que lo sabía. Ella había terminado con él. Había terminado hacía mucho tiempo.
Pero oírselo decir en voz alta, con esa voz plana y rotunda, le golpeó como algo físico.
La había estado observando desde que entró en la sala. Había visto a Daisy lanzarse a por ella y no había dicho una palabra. Se había quedado allí plantado y había dejado que ocurriera.
Ahora todo ese peso le caía encima.
Se había dicho a sí mismo que con Aria se había acabado. Se lo había dicho después de convencerse de que ella había ido a aquella clínica y había hecho algo en lo que no podía pensar sin que se le tensara la mandíbula. Se había dicho que la dejara marchar.
Pero cada vez que la veía al lado de aquel hombre, algo se le retorcía por dentro.
No era posesión. Sabía bien lo que era la posesión.
Eran celos.
Y lo peor era que no era nada nuevo. Ya lo había sentido antes. Años atrás, aquel verano, antes de cortarlo de raíz, enterrarlo y decirse que no existía.
Juntó los nudillos, apretándolos uno contra otro. Con fuerza. Dejó que la presión le despejara la cabeza.
Tenía un motivo. Tenía un motivo sólido para mantener las distancias con Aria y quedarse donde estaba.
El ataque de los renegados. Cinco años atrás. Él se desangraba y ella salió corriendo.
Se había quedado solo en el suelo y ella lo había dejado allí.
Esa era la verdad a la que se agarraba. Ese era el muro.
Su lobo emitió un sonido bajo y desdeñoso en algún rincón de su mente.
Lo ignoró.
A Daisy la habían ignorado demasiado tiempo. La humillación se le había ido acumulando y ya no le quedaba nada con lo que contenerla.
—Miradla —dijo Daisy, cada vez más alto—. Colgada del brazo de un ricachón. ¿No le queda ni una pizca de vergüenza?
El bofetón sonó fuerte.
A Daisy se le fue la cabeza hacia un lado. Se llevó la mano a la cara. La piel bajo la palma ya enrojecía.
Ronan seguía con el brazo en alto.
Daisy se quedó mirándolo. Tenía la boca abierta. Los ojos muy abiertos y húmedos.
—Cierra la boca —dijo Ronan con una voz tan baja que apenas se le oyó—. ¿No has hecho ya suficiente daño esta noche?
Vivian dio un paso hacia él.
—Ronan...
Él no la miró.
Daisy se apretó la palma contra la mejilla. No dijo nada. Por una vez, no tenía nada que decir.
Aria y Thane salieron juntos.
En la puerta, Aria se detuvo.
Se dio la vuelta. Miró a Daisy y luego a Vivian. Tenía una expresión despreocupada. Casi cálida.
—Yo paso de la subasta de White Dew —dijo con dulzura—. Creo que, de todos modos, le va más a Vivian.
Y se marchó.
Vivian se quedó completamente inmóvil.
Fue apretando los dientes despacio tras los labios cerrados. La sonrisa que había mantenido toda la noche se le había apagado del todo.
Ella se convertiría en la compañera de Ronan. Eso ya estaba decidido. Y cuando lo fuera, lo primero que haría sería hacerle pagar a Aria cada uno de estos momentos.
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