Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

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(Punto de vista de Aria)

Acababa de salir del edificio de Ravenshade Corp cuando Martha Stormcrest se me plantó delante.

Estaba justo a la puerta de la cafetería de la planta baja, vestida como si llevara días preparando aquel encuentro.

—Aria. —Su voz sonó suave—. ¿Tienes un momento?

La miré un segundo y luego la seguí dentro.

Nos sentamos junto a la ventana. Pidió dos cafés sin preguntarme qué quería.

—Iré al grano —dijo—. Ronan ha decidido formalizar las cosas con Vivian. Fiesta de compromiso el mes que viene.

Rodeé la taza de café con las manos y asentí despacio.

—Vale —dije—. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Martha inclinó un poco la cabeza. Como si me estuviera estudiando.

—Se nota que él todavía te importa —dijo—. Y estoy dispuesta a ayudarte. Si quieres volver con él, puedo hacer que pase.

Casi se me escapó una sonrisa.

—No quiero volver —dije—. Ya se lo dije a Ronan en la habitación del hospital del abuelo. No me interesa volver a ser la Luna de Stormcrest.

La expresión de Martha se tensó.

—Estoy intentando ayudarte —dijo.

—¿Me estás ayudando a mí —pregunté— o te estás ayudando a ti misma?

No respondió de inmediato.

No esperé a que encontrara una buena respuesta.

—No te gusta de dónde viene Vivian —dije—.

Y has oído los rumores: se dice por ahí que Ronan me engañaba cuando todavía estábamos casados.

Ravenshade ayudó a Stormcrest cuando las cosas iban mal.

Ahora a Stormcrest le va bien, y Ronan corre a formalizar con Vivian en cuanto se ha secado la tinta de los papeles del divorcio.

Fuera de la manada no dirán que Ronan ha rehecho su vida.

Dirán que los Stormcrest se olvidaron de quién les ayudó cuando de verdad importaba.

Mantuve la voz neutra.

—Has venido a proteger el nombre de los Stormcrest. Y el tuyo. En realidad te da igual lo que me pase a mí.

La miré directamente.

—Y este último año te lo has pasado entero manejándome a tu antojo en nombre de «hacer lo mejor para ti». Me usaste como una carta más de la partida y encima esperabas que te lo agradeciera. ¿Por qué iba a hacerlo?

El rostro de Martha cambió. Solo un poco. Una pequeña grieta en el barniz.

Luego volvió a recomponerse.

—Está bien —dijo—. Tienes razón. He venido por la reputación de Stormcrest.

No voy a fingir lo contrario. —Dejó la taza en la mesa—.

Pero eso no significa que esto no pueda funcionar para las dos.

Tú quieres estabilidad. Yo necesito una nuera de la que no tenga que avergonzarme.

Si vuelves, me aseguraré de que Ronan te trate mejor esta vez. Te doy mi palabra.

—No quiero volver —dije.

—Le diste diez años de tu vida a ese hombre.

—Lo sé.

—¿Y me estás diciendo que puedes dejar todo eso atrás así, sin más?

—Sí.

Me miró fijamente, como si acabara de hablarle en un idioma que ella no entendía.

—Aria. —Bajó la voz—. Te estoy tendiendo la mano. Deberías aceptarla. No me hagas arrepentirme de haberla tendido.

Ahí estaba.

Me levanté.

—No necesito que me tiendas la mano —dije—. Ronan y yo hemos terminado. Hace mucho que terminamos. Quien quiera el puesto de Luna, que se lo quede. Yo no voy a competir por él.

Cogí el bolso.

—Disfruta del café.

Salí y la dejé allí sentada, sola.

Dos puertas más allá había una pastelería. Entré, compré una tartaleta de moras y me la comí de pie junto al mostrador.

Unos cuantos empleados jóvenes estaban apiñados cerca de la caja, cuchicheando. Uno de ellos levantó la vista hacia mí y apartó la mirada enseguida.

Me di cuenta. No dije nada. Pagué y me fui.

Cuando volví a entrar en la planta de oficinas diáfana de Ravenshade Corp, las conversaciones se cortaron.

No poco a poco. De golpe.

Aflojé el paso. Algo en el ambiente no encajaba. La gente miraba sus pantallas con demasiada concentración, o clavaba la vista en el suelo, o de repente le resultaba fascinante el papeleo.

Fui directa a mi despacho y mandé llamar a Oliver.

Entró y cerró la puerta tras él. Tenía esa cara: la de cuando intentaba encontrar la manera de decir algo.

—¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunté.

Vaciló. Luego sacó el teléfono y me lo tendió sin decir una palabra.

Era una publicación. Larga, con fotos.

El titular señalaba a una «alta directiva» que, presuntamente, había usado su posición para acosar a sus subordinados, se había metido en la relación de otra persona,

había mantenido a un joven como amante durante su matrimonio y había atacado a alguien con un cuchillo para mantenerse cerca de su nuevo amante.

El texto era mordaz. Los detalles eran lo bastante concretos para parecer reales y lo bastante vagos para evitar una demanda directa. Las fotos estaban recortadas y tomadas desde ángulos que hacían que todo pareciera peor de lo que era.

Los comentarios eran brutales.

Seguí bajando. La publicación encabezaba las tendencias de tres plataformas distintas.

—¿Cuánto tiempo lleva colgado? —pregunté.

—Unas horas —dijo Oliver—. Se está difundiendo rápido. Alguien ha pagado por promocionarlo.

Vivian. Tenía que ser ella.

—¿Empiezo los trámites para que lo retiren? —preguntó Oliver.

Le devolví el teléfono.

—No —dije—. Ya lo ha visto demasiada gente. Si lo retiramos ahora, dará la impresión de que ocultamos algo. Deja que corra un día más. Mañana me encargo.

Oliver asintió despacio. No parecía convencido, pero no discutió.

—Puedes irte —dije—. Estoy bien.

Se fue.

Me quedé un momento sentada al escritorio y luego volví al trabajo.

Cuando recogí mis cosas y salí, el sol ya estaba bajo. Crucé el vestíbulo y salí empujando las puertas principales.

Había un todoterreno negro aparcado justo delante de la entrada principal.

Kai estaba apoyado contra un lado del vehículo. Connor esperaba cerca, con los brazos cruzados.

Me detuve medio segundo y luego empecé a caminar hacia ellos.

Fue entonces cuando salieron.

De detrás de los maceteros que había junto a la entrada salieron tres personas, quizá cuatro. Llevaban cámaras. Uno de ellos levantó el brazo y lanzó algo antes de que pudiera siquiera asimilar lo que estaba pasando.

Huevos. Podridos.

Los vi venir y no tuve escapatoria.

Entonces, por un instante, todo se oscureció.

Una mano me sujetó la nuca. Un brazo me rodeó la cintura. Un tirón rápido y firme me dejó completamente pegada al pecho de alguien.

Había un leve olor a hierbas. Y debajo, algo más frío, como a pino y aire helado.

Kai.

Oí los huevos estrellarse contra su espalda. Oí moverse a Connor: pasos rápidos, luego gritos y después el ruido de alguien al caer al suelo.

Me quedé allí, con la cara contra el pecho de Kai, sin moverme.

Chloe se había quedado muy callada dentro de mí.

Al cabo de un momento, le puse las manos en el pecho y empujé con suavidad.

Me soltó de inmediato y dio un paso atrás para poner distancia entre los dos.

—Perdona —dijo en voz baja—. No pretendía agarrarte así.

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