Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO dos
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CAPÍTULO dos

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(Punto de vista de Aria)

No perdí el tiempo.

A la mañana siguiente, mi abogado ya tenía redactado el acuerdo de divorcio y lo había enviado a la sede de Stormcrest Holdings.

El documento era breve. Apenas unas páginas.

Renuncié a toda reclamación económica contra Stormcrest. Sin reparto de bienes. Sin complicaciones. Un corte limpio.

Mi abogado nos citó en el Juzgado del Condado de Denver a las diez en punto: una presentación conjunta, las dos firmas ante un funcionario judicial.

Los abogados podrían haberse encargado solos del papeleo. Pero insistí en que los dos nos presentáramos en persona.

No iba a darle a Ronan ningún resquicio para alegar después que nunca había dado su consentimiento.

Según la ley de Colorado, una vez que ambas partes firman y presentan la solicitud, hay un periodo de espera de noventa y un días antes de que la sentencia surta efecto.

Podía esperar noventa y un días.

Había esperado una década entera a un hombre que nunca me amó. Noventa y un días no eran nada.

Llegué al juzgado a las nueve y cincuenta.

Me quedé sentada en la sala de espera hasta las once y media.

Ronan no apareció.

No tenía su número personal. Nunca me lo había dado. Ni una sola vez en todo un año de matrimonio mi propio marido me había facilitado una línea directa para localizarlo.

Así que fui a buscarlo.

Stormcrest Holdings ocupaba las cuatro últimas plantas de una torre de cristal del centro. Pasé el control de seguridad del vestíbulo sin problemas: los guardias me reconocieron como la Luna.

Llegué hasta la planta de dirección antes de que nadie me parara.

Simon salió de detrás de su mesa en cuanto se abrieron las puertas del ascensor.

Simon era el Beta de Ronan. Llevaba a su lado más tiempo que nadie. Traje impecable, pelo oscuro, gafas perfectamente alineadas sobre la nariz.

—Señora Stormcrest. —Su voz era cortés. Sus ojos, no—. El Alpha Ronan está ocupado con asuntos de la manada. Ha pedido que no se le moleste.

Conocía esa mirada.

La había visto en su cara una docena de veces a lo largo del último año. Cada vez que aparecía en la sede pidiendo ver a mi marido. Cada vez que llegaba con una pequeña queja, una pequeña petición, una pequeña esperanza de que Ronan tuviera de verdad cinco minutos para su propia esposa.

A los ojos de Simon, yo era exactamente una cosa: una chica de los Ravenshade que había estudiado en los colegios adecuados, tenía los contactos adecuados y lo había tirado todo por la borda en cuanto se graduó para perseguir a un hombre que no la quería.

Una Luna que no tenía ni idea de lo que hacía. Que no merecía ni un minuto del tiempo de Ronan.

No lo culpaba por pensarlo.

A mí tampoco me había gustado esa versión de mí misma.

Aquel día llevaba tacones rojos. De los de punta afilada y diez centímetros de tacón. Así quedaba justo a la altura de los ojos de Simon.

Lo miré con calma.

—Y si entro de todos modos —dije—, ¿qué piensas hacer exactamente?

La expresión de Simon se tensó.

—Haré que seguridad la acompañe a la salida.

—Seguridad. —Dejé que la palabra flotara un segundo—. Interesante.

Incliné ligeramente la cabeza.

—Dime una cosa, Simon. —Mantuve la voz baja, casi amable—. Si Ronan se enterara de lo tuyo con esa secretaria, la de dos plantas más abajo, ¿crees que seguiría queriéndote de Beta?

A Simon se le fue el color de la cara.

Bajó la voz hasta casi nada.

—¿Cómo sabe eso?

Noté que se me curvaba la comisura de la boca.

—Entonces es verdad —dije.

Había sido una suposición. Una suposición calculada.

Los había visto salir juntos una vez, meses atrás, en el mismo coche. Y había oído a Simon quejarse más de una vez —en voz baja, con alguien al teléfono— de que su compañera tenía un humor insoportable desde que se quedó embarazada.

Había atado los cabos y me la había jugado.

Y había dado en el blanco.

La fina capa de sudor que le apareció en la sien me dijo todo lo que necesitaba saber. Se notaba que ya estaba intentando calcular cuánto sabía yo en realidad y cuánto había deducido.

No iba a averiguarlo lo bastante rápido.

Borré toda expresión de mi cara.

—Apártate —dije—. O al final del día toda la manada sabrá lo que has estado haciendo.

Simon apretó la mandíbula una vez. Luego se hizo a un lado.

Pasé por delante de él y empujé la puerta del despacho.

Antes de que se cerrara a mi espalda, me detuve.

—Una cosa más —dije, sin volverme—. Díselo tú mismo a tu compañera. Decida lo que decida, quedarse o marcharse, merece saber la verdad.

No esperé su respuesta.

(Punto de vista del autor)

Aquella mañana, cuando el acuerdo de divorcio llegó a la mesa de Ronan, lo miró unos tres segundos.

Luego lo pasó por la trituradora.

Conocía a Aria. O creía conocerla.

El día anterior habían tenido una bronca monumental —de las de verdad, cristales rotos en el suelo, la almohada empapada en la cama—. ¿Y ahora pedía el divorcio?

No se lo creyó ni un segundo.

Era lo que ella hacía siempre. Llevaba las cosas al límite absoluto. Daba el golpe más teatral que se le ocurría y luego esperaba a que él fuera a pedirle perdón.

Puede que fuera por el reloj. O puede que por el agua que le había tirado encima.

En cualquier caso, no iba a entrar en su juego.

Se dijo que antes se creería que Stormcrest se desmoronaba de la noche a la mañana que aceptar que Aria fuera capaz de dejarlo de verdad.

Se lo quitó de la cabeza y volvió al trabajo.

Así que, cuando la puerta de su despacho se abrió, dio por hecho que era Simon con un informe. El despacho estaba bien insonorizado. No había oído nada de fuera.

Levantó la vista.

Aria entró.

Se le heló la expresión.

—¿Cómo has entrado?

Ella cruzó la habitación sin responder y se acomodó en el sofá que había frente a su escritorio. Cruzó las piernas, se recostó contra el reposabrazos y lo miró como si no tuviera ningún otro sitio donde estar.

—Te he esperado toda la mañana en el juzgado —dijo ella—. No has aparecido.

Hizo una pausa.

—Tu tiempo es valioso. Lo entiendo. Pero el mío también.

La palabra «juzgado» le pesó en el pecho de un modo extraño.

Su lobo se removió, inquieto, sin ningún motivo que supiera explicar.

Ronan se quedó mirándola. Intentaba leerla: encontrar la jugada, la pose, el detalle que delatara que iba de farol.

Seguía sin creer que hubiera ido de verdad.

—¿Qué es esto? —dijo él—. ¿Preparando tu próxima escena?

Aria se echó a reír.

No fue la risa que él esperaba. No sonó amarga ni afilada. Sonó casi ligera.

—Tiene gracia —dijo ella—. Te pasas el matrimonio entero pendiente de otra mujer. Traición emocional, día tras día. ¿Y ahora resulta que soy yo la que monta escenas?

A Ronan se le tensó la mandíbula.

La secretaria, de pie junto a la pared del fondo, bajó discretamente la vista a la libreta.

Aria lo vio callar. Pero no parecía nada satisfecha.

Respiró despacio.

—El juzgado vuelve a abrir a las dos —dijo ella—. La ventanilla del secretario cierra a las cuatro y media. Deberíamos irnos ya.

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