CAPÍTULO 49
La Luna de Sangre
Dos años después del nacimiento de Margaret, una luna de sangre se elevó sobre Raven Creek.
Era un fenómeno que ocurría cada cincuenta años, según Victoria: una luna llena que se teñía de rojo por la sombra de la Tierra, y que para los licántropos significaba el momento de la renovación del pacto con la luna.
La manada se reunía en el claro del lago Mirror, se transformaba, y corría junta bajo la luz carmesí, renovando los lazos que los unían entre sí y con su naturaleza animal.
Claire participó por primera vez en la ceremonia.
Estaba en el claro, junto a Grant, con Margaret en brazos.
La niña, que ya tenía dos años y caminaba con soltura, llevaba un vestido blanco y miraba la luna con los ojos dorados muy abiertos.
Los miembros de la manada los rodeaban en un círculo, todos en forma humana, esperando el momento de la transformación.
Victoria, de pie en el centro del claro, levantó los brazos al cielo y empezó a recitar palabras en un idioma que Claire no reconocía.
Era una lengua antigua, gutural, que sonaba como el viento entre las rocas.
Y a medida que Victoria hablaba, la luna se iba tiñendo de rojo, de un carmesí profundo que bañaba el claro con una luz que parecía sangre líquida.
—Es la hora —dijo Victoria, bajando los brazos—. La manada se transforma.
Uno a uno, los lobos se transformaron. Huesos crujieron, cuerpos se cubrieron de pelo, y en menos de un minuto, el claro estaba lleno de lobos enormes de todos los colores: negros, grises, marrones, dorados.
Margaret, que había visto transformarse a sus padres muchas veces, se transformó también, con una facilidad que hizo sonreír a Claire.
La lobita dorada se frotó contra las piernas de Claire, que aún no se había transformado.
—Claire, es tu turno —dijo Grant, en forma humana aún, mirándola con una sonrisa.
Claire cerró los ojos. Llamó a su loba. Y se dejó ir.
La transformación fue rápida, fluida, como deslizarse en agua caliente.
Los huesos se reorganizaron, los músculos se remodelaron, la piel se cubrió de pelo rojizo.
Y en menos de un minuto, Claire estaba en cuatro patas, mirando el mundo desde la altura de una loba, con el olfato y el oído y la vista de una bestia.
Grant se transformó a su lado. El lobo negro enorme le frotó el hocico contra el cuello, un gesto de intimidad que Claire le devolvió. Margaret, la lobita dorada, saltaba alrededor de ellos, ladrando de emoción. Y la manada, unida, esperó la señal de Victoria.
La matriarca, en forma de loba plateada, aulló. Un aullido largo, grave, que resonó en el bosque como un eco de los siglos. Y la manada respondió: treinta y cinco aullidos que se elevaron hacia la luna de sangre, formando un coro que hizo temblar las hojas de los árboles. Y luego, corrieron.
Corrieron por el bosque, saltando entre los árboles, cruzando arroyos, persiguiendo sombras.
Claire corría junto a Grant, con Margaret entre ellos, y sentía a través del vínculo la dicha de su compañero, la alegría de su hija, la fuerza de la manada que los rodeaba.
Era libre. Era salvaje. Era loba. Y, al mismo tiempo, era humana, era Claire, era madre, era compañera.
Era todo a la vez, sin contradicción, sin conflicto.
El puente que Victoria había anunciado, hecho carne y sangre y pelo y garras.
Corrieron hasta el amanecer. Y cuando la luna de sangre se puso y el sol se elevó sobre las copas de los pinos, volvieron al claro en forma humana, desnudos y agotados y felices.
Grant abrazó a Claire, Margaret se colgó de la pierna de su padre riendo, y la manada los rodeó con una cercanía que era a la vez familia y comunidad.
—Claire —susurró Grant contra su pelo—. ¿Te acuerdas del primer día que llegaste a Raven Creek? ¿Del autobús, de la lluvia, de la advertencia de Martha?
—Me acuerdo. Pensé que estaba volviendo a un pueblo muerto para cuidar a mi tía. No imaginaba que estaba volviendo a casa.
—Lo hiciste, Claire. Volviste a casa. Y aquí te quedas.
La ceremonia de la luna de sangre duró toda la noche.
Después de la carrera, la manada se reunió de nuevo en el claro del lago Mirror, en forma humana, para el ritual de renovación.
Victoria, como matriarca, dirigió la ceremonia: cada lobo, uno por uno, se acercaba al centro del claro, donde una hoguera ardía con llamas rojas, y pronunciaba su juramento de lealtad a la manada.
—Yo, Derek Hale, juro lealtad a la manada de Raven Creek. A mi alfa, Grant Thorne. A su compañera, Claire Bennett. A su heredera, Margaret Thorne. Y a la matriarca, Victoria Thorne. Mi vida por la manada. Mi sangre por la sangre.
Uno por uno, los treinta y cinco lobos de la manada prestaron el juramento.
Claire escuchó cada uno, sentada junto a Grant, con Margaret en su regazo.
Los nombres le eran familiares ahora: Samuel Hale y su hijo Derek.
Nathan Brooks, su hermano. Rachel, la compañera de Derek.
Los jóvenes lobos que había llegado a conocer en los meses de entrenamiento.
Los ancianos que la habían aceptado cuando ya creía que nadie lo haría. Todos. Su gente. Su familia.
Cuando llegó el turno de Claire, se puso en pie con Margaret en brazos y caminó hacia la hoguera. Victoria la miró con una expresión que, a la luz de las llamas rojas, parecía casi cariñosa.
—Claire Bennett Thorne, compañera del alfa, madre de la heredera. ¿Juras lealtad a la manada de Raven Creek?
—Lo juro, Victoria. Mi vida por la manada. Mi sangre por la sangre.
—Y tú, Margaret Thorne, heredera del alfa. ¿Juras lealtad a la manada?
Margaret, que tenía cinco años y no entendía del todo lo que estaba pasando, miró a la matriarca con sus ojos dorados y asintió con la cabeza.
Un gesto simple, infantil, que arrancó una carcajada colectiva de la manada.
Y Victoria, por primera vez en la memoria de todos, sonrió.
Una sonrisa amplia, cálida, que iluminó su rostro de porcelana y la hizo parecer, por un instante, casi humana.
—El juramento está prestado. La manada está unida. Que la luna de sangre nos proteja hasta la próxima renovación.
Después de la ceremonia de la luna de sangre, Claire se quedó en el claro del lago Mirror cuando los demás se fueron.
Grant se quedó con ella, en silencio, sentados juntos en la orilla con los pies descalzos en el agua fría.
La luna se había vuelto blanca de nuevo, y su luz plateada bañaba el lago con un resplandor que parecía sobrenatural.
—Claire, ¿en qué piensas?
—En lo lejos que estamos. En todo lo que ha pasado. En lo diferente que es mi vida de lo que imaginaba cuando subí a aquel autobús.
—¿Te arrepientes?
—No, Grant. Ni un solo instante. Todo, cada mentira, cada muerte, cada secreto, nos ha traído hasta aquí. Y aquí es donde quiero estar. Contigo. Con Margaret. Con la manada. Con todo lo que somos y todo lo que seremos.
—Yo tampoco me arrepiento, Claire. De nada. Ni siquiera de lo que hice. Porque si no lo hubiera hecho, no estaría aquí. Y estar aquí, contigo, es lo único que importa.
Claire le apoyó la cabeza en el hombro y miró la luna.
Era la misma luna que había brillado sobre Raven Creek durante siglos, la misma que había visto nacer y morir a generaciones de lobos, la misma que seguiría brillando cuando ellos ya no estuvieran.
Y sin embargo, en ese momento, Claire sintió que la luna era suya.
Que el lago era suyo. Que el bosque era suyo.
Que todo era suyo, porque todo era su vida, y su vida era todo lo que quería.
—Aquí me quedo, Grant. Para siempre.