CAPÍTULO 48
La Carta de Margaret
Claire estaba organizando las pertenencias de su tía Martha, que había decidido vender la cabaña de Creekside Lane para mudarse a una residencia de mayores en Portland, cuando encontró algo que la dejó sin aliento.
En el fondo de un cajón, dentro de un sobre amarillento que llevaba décadas sin abrir, había una carta.
La letra del sobre era de su madre. Decía: «Para Claire. Cuando tenga edad para entender.»
«Mi querida Claire: Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy.
Y porque alguien ha decidido que es hora de que sepas la verdad.
No sé quién te habrá dado esta carta, pero confío en que lo haya hecho en el momento adecuado.
No demasiado pronto, cuando aún no podrías comprender.
No demasiado tarde, cuando ya no importara. »
«Claire, hay cosas que nunca te conté. Sobre mí, sobre tu padre, sobre Grant Thorne. Lo que voy a escribirte aquí es la verdad, toda la verdad, y espero que tengas el coraje de leerla hasta el final.»
«Grant Thorne fue el amor de mi vida. Lo conocí cuando tú tenías un año, y desde el primer momento supe que lo que sentía por él era algo que iba más allá del matrimonio, más allá de la razón, más allá de todo lo que me habían enseñado.
Fue un amor que me consumió, que me hizo traicionar a tu padre, que me hizo tomar decisiones que nunca debí tomar.
Y, sin embargo, no me arrepiento. Porque amar a Grant fue la experiencia más intensa, más verdadera, más viva de mi existencia. »
«Tu padre lo descubrió. Y amenazó con llevarte lejos, con revelar el secreto de los Thorne, con destruir todo lo que yo amaba.
No lo culpo, Claire. Robert era un buen hombre, y yo le había hecho daño.
Pero también amaba a Grant, y no podía dejar que tu padre lo destruyera.
Por eso, la noche del 29 de octubre, voy a hablar con Grant.
Le voy a rogar que encuentre una solución.
Que hable con Robert. Que evite lo peor. »
«No sé qué va a pasar, Claire. Pero tengo un presentimiento.
Un presentimiento de que no volveré a verte.
Y si así es, quiero que sepas esto: te amo.
Te he amado desde el primer momento en que te tuve en mis brazos, desde la primera vez que me miraste con esos ojos verdes que heredaste de mí.
Y quiero que sepas que, si Grant te busca algún día, si te dice que te necesita, que te quiere, que eres suya…
no le temas, Claire. Porque lo que él siente por ti es la continuation de lo que sintió por mí.
Y lo que yo sentía por él era lo más parecido al amor verdadero que existe en este mundo. »
«Cuida de Martha. Cuida de ti misma. Y, si encuentras a Grant, dile que lo amé hasta el último aliento. Y que no llore por mí. Que viva. Que sea feliz. Que te ame como yo no pude amarte lo suficiente.»
«Tu madre, Margaret.»
Claire dejó caer la carta en su regazo y lloró.
Lloró como no había llorado desde la noche en que Grant le confesó la muerte de sus padres, con lágrimas que le caían por las mejillas y le mojaban las manos.
Lloró por su madre, por la carta que nunca recibió, por el amor que Margaret había sentido por Grant y que se había transferido a ella.
Y lloró de gratitud, porque su madre, desde el más allá, le había dado su bendición.
Cuando Grant llegó a la cabaña esa noche, Claire le enseñó la carta. Grant la leyó en silencio, con los ojos humedecidos y la mandíbula tensa. Y cuando terminó, la dobló con cuidado, la guardó en el sobre, y se la devolvió a Claire.
—Tu madre fue la mujer más extraordinaria que conocí. Y tú eres igual que ella, Claire. Igual de valiente. Igual de terca. Igual de capaz de amar lo imposible.
—Me da su bendición, Grant. Me dice que no te tema. Que te ame como ella no pudo.
Claire leyó la carta de su madre una y otra vez durante los días siguientes.
La llevaba consigo a todas partes, doblada en el bolsillo, como un talismán.
Y cada vez que la leía, descubría algo nuevo: un matiz que no había captado, una palabra que revelaba una emoción diferente, una frase que se iluminaba con una nueva comprensión.
Lo que más le impactaba era la bendición.
Margaret le daba su bendición para amar a Grant.
No se la pedía, no se la sugería. Se la daba.
Como si supiera, desde el más allá, que Claire terminaría donde ella había empezado: en los brazos del hombre lobo que había destrozado a su familia y que, al mismo tiempo, la había amado como nadie.
—Grant, ¿crees que mi madre sabía? ¿Que yo terminaría contigo? —le preguntó Claire una noche, mientras yacían en la cama de la cabaña.
—Margaret era una mujer extraordinaria, Claire. Tenía una intuición que rayaba en la profecía. Creo que sabía, sí. Creo que escribió esa carta esperando que algún día la encontraras, y que las palabras que puso en el papel serían las que necesitaras oír.
—Me dice que no te tema. Que te ame como ella no pudo.
—Y ¿lo haces? ¿Me amas como ella no pudo?
Claire lo miró. A la luz de la luna que entraba por la ventana, Grant parecía más humano que nunca.
Los ojos dorados suavizados por la penumbra, la mandíbula relajada, el pelo negro despeinado sobre la almohada.
Era hermoso y vulnerable a la vez, como un dios que hubiera decidido ser mortal por una noche.
—Te amo más, Grant. Porque tengo lo que ella no tuvo: tiempo.
Tiempo para amarte, tiempo para vivir contigo, tiempo para criar a tu hija.
Mi madre tuvo seis años con ustedes y los vivió en secreto, en miedo, en culpa.
Yo tendré décadas. Y las viviré a la luz del día, sin secretos, sin miedo.
Ese es el regalo que me dio, Grant. La oportunidad de hacer lo que ella no pudo.
Grant la besó. Un beso largo, lento, que sabía a lágrimas y a amor y a gratitud. Y a través del vínculo, Claire sintió algo que raramente había sentido en él: paz. La paz de un hombre que, después de doscientos años de culpa y de pérdida, al fin había encontrado la redención.
Claire le leyó la carta de Margaret a Nathan. Su hermano la escuchó en silencio, con los ojos humedecidos y la mandíbula tensa. Y cuando Claire terminó, Nathan se cubrió la cara con las manos y lloró como Claire no lo había visto llorar nunca.
—Claire, mi madre me amaba. Lo escribió. «Cuida de Martha. Cuida de ti misma.» Pero también me amaba a mí, aunque no pudiera criarme. Lo siento en cada palabra, Claire. En cada línea. Me amaba.
—Te amaba, Nathan. Más de lo que puedas imaginar. Te dio a los Brooks porque era la única forma de protegerte. Y te puso el nombre de Nathan porque… bueno, no sé por qué. ¿Te lo dijo Grant?
—Me lo dijo Linda, mi madre adoptiva. Margaret eligió el nombre.
Nathan, como el profeta. «Dado por Dios.
» Porque yo fue un regalo, Claire. Un regalo que ella no podía conservar, pero que no quería perder.
Y me dio a una familia que me criara como ella no pudo.
Y por eso, siempre le estaré agradecido.
Claire y Nathan se abrazaron, con la carta de Margaret entre los dos.
Era la primera vez que Nathan tenía algo escrito por su madre biológica, la primera prueba tangible de que Margaret había pensado en él, lo había amado, había tomado la decisión de darle la mejor vida posible.
Y Claire, al ver a su hermano llorar de felicidad, sintió que la cadena de dolor que había unido a los Bennett y los Thorne durante décadas empezaba, por fin, a romperse.
—Entonces hazle caso, Claire. Ámame. Y deja que te ame. Hasta que la última estrella se apague.