Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Me desperté con un dolor sordo en la base del cráneo y enseguida deduje que un golpe en la cabeza me había dejado inconsciente. Era la única explicación que se me ocurría para despertar en lo que parecía un parque, un parque a oscuras, por cierto.

Me incorporé y me encontré relativamente bien, salvo por la cabeza.

Ninguna de mis extremidades parecía rota, y lo mejor de todo fue descubrir que había estado tumbada sobre mi bolso.

Dentro encontré la cartera. Eso sí, mi teléfono móvil nuevo, mi arma y los tres mil baht —unos cien dólares— que llevaba en la cartera habían desaparecido.

No me sorprendió, pero al menos conservaba las tarjetas del cajero y de crédito.

Empecé a reconstruir los acontecimientos de la noche desde que habíamos salido del Sky Bar hasta la pelea en la calle y la conversación con el hombre enmascarado.

Esto último aún me parecía irreal, pero había ocurrido.

Si no, ¿cómo explicar que me hubiera despertado debajo de un árbol?

En ese momento tenía más preguntas que respuestas.

¿Había problemas en el mundo del juego? ¿Por qué otro motivo iban a contactar con nosotros?

¿Era solo Bangkok o tenían problemas en todas las ciudades?

¿Podría el juego estar desmoronándose de verdad?

Pero la pregunta que más me acuciaba era: si el hombre o los hombres detrás del juego sabían que Kang y yo no éramos los verdaderos Carlson, ¿por qué dejarnos seguir jugando?

¿Qué ganaban con ello? ¿Cuánto tiempo llevaban sabiéndolo?

No sabía la respuesta, pero supuse que, si controlaban el juego, ellos decidían qué información recibíamos. Ellos tienen el control. Siempre lo han tenido. Y ahora nos están usando para solucionar un problema.

No tenía forma de saber si Kang había escapado de la emboscada o si también lo habían capturado y luego liberado.

Ojalá esos hombres no me hubieran quitado el teléfono; al menos habría podido llamarle o comprobar si había intentado contactarme.

Con nuestras identidades al descubierto, sabía que Kang volvería al lugar seguro que habíamos establecido.

Y allí era exactamente adonde yo pensaba ir.

A lo lejos vi una hilera de farolas: una carretera.

Si conseguía llegar hasta allí, podría parar un taxi, o eso esperaba.

La vista se me había adaptado bastante rápido a la oscuridad.

Distinguía los árboles y arbustos a mi alrededor, así que no creía que fuera a tener problemas para orientarme.

Sin embargo, había algo para lo que no estaba preparada: el siseo que oí cerca.

Todavía de rodillas, me di la vuelta y vi una silueta oscura de cuatro patas con una cola larga que se acercaba. Volvió a sisear justo cuando salió de la sombra del árbol y quedó bañada por la luz de la luna. Era un varano enorme, y venía hacia mí.

Me puse en pie más rápido que un grano de maíz al caer en aceite caliente y eché a correr hacia la carretera. Miré atrás y vi que el minidragón me pisaba los talones. ¿Qué demonios hacía esa cosa en un parque? Ni idea, pero parecía hambriento.

La adrenalina me recorrió el cuerpo y mis pequeñas piernas se movían a toda velocidad, o al menos esa era la velocidad a la que esperaba ir. Me quité las sandalias tras las primeras zancadas y seguí descalza.

El corazón empezó a golpearme el pecho casi al instante.

El sudor me caía por la cara y el cuello.

La humedad del aire había iniciado su asalto.

De pronto parecía que mi ropa hubiera absorbido una bañera de agua y se me pegara al cuerpo como papel maché fresco, pero no pensaba aflojar el ritmo y convertirme en el tentempié nocturno de aquel lagarto.

Con el reptil ganándome terreno a toda prisa, sabía que tenía que pillarle desprevenido o algo así. Intenté correr en zigzag, con la esperanza de que no tuviera agilidad para girar en plena carrera. Error. Giraba de maravilla.

Debí de dar la voz de alarma, porque por el rabillo del ojo vi otro lagarto que venía hacia mí.

¿Qué demonios? Siempre había pensado que estos lagartos eran vegetarianos, encantados con su dieta de frutas y verduras.

Al menos, eso era lo que siempre les había visto comer en el zoo.

Quizá eran oportunistas y se aprovechaban de animales enfermos o muertos. ¿Tan mal aspecto tenía?

Vi a la criatura escamosa de mi derecha acercarse. Llevaba un ángulo que lo haría chocar directamente con mis piernas.

Sin pensarlo, mis años de entrenamiento en los 110 metros vallas de adolescente volvieron de golpe.

Agaché la cabeza y me concentré en mi ritmo.

En el momento justo, salté. La pierna izquierda se disparó hacia delante y la derecha se flexionó por la rodilla mientras los brazos me impulsaban.

Pasé volando sobre la criatura, que se quedó desconcertada.

Mi técnica era impecable para alguien que llevaba vaqueros y agarraba un bolso pequeño. Clavé el aterrizaje y las piernas siguieron impulsándome hacia delante. Más adelante apareció otro lagarto, y también lo salté sin esfuerzo. Esa noche me dediqué a saltar lagartos.

Al acercarme a la carretera, con las farolas cada vez más brillantes, miré atrás y vi que el trío de lagartos se había retirado.

Aun así, mantuve el ritmo hasta que los pies tocaron la acera.

Eché otro vistazo atrás y ya no estaban.

Habían desaparecido. ¿Qué clase de parque permite que lagartos de metro y medio campen a sus anchas?

Seguí descalza por la acera, buscando un taxi.

Tenía la ropa empapada de sudor y aún respiraba con dificultad.

Por lo que veía, las únicas personas en la calle a esas horas estaban trabajando.

La mayoría de las que pasé eran ladyboys, aunque estos ladyboys no se parecían mucho a mujeres.

Me miraron fijamente pero no dijeron nada al pasar.

No me sentí amenazada; estaba segura de poder con cualquiera de ellos, quizá incluso con dos a la vez.

Uno de ellos se me acercó con cautela. Yo tenía la guardia alta, algo razonable si me lo preguntas, teniendo en cuenta la noche que había tenido.

El ladyboy habló con un fuerte acento.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Podrías decirme dónde estoy?

—Lumpini Park. ¿Quieres taxi?

—Sí. Necesito ir a Sukhumvit, cerca del centro comercial Terminal 21.

Me hizo un gesto para que esperara y caminó hasta el borde de la acera. Uno de sus tacones se torció, pero se recompuso enseguida y paró un taxi. Abrió la puerta trasera y dijo algo en tailandés antes de mirarme.

—Vale, él te lleva, pero tienes que pagar doscientos baht. Sin taxímetro.

A esas alturas me daba igual pagar de más, así que asentí.

Sabía que no llevaba dinero encima, pero había cajeros de sobra.

El taxista no tendría más remedio que esperar y confiar en que no saldría corriendo sin pagar.

En el peor de los casos, le enseñaría la placa del FBI y haría valer mi autoridad.