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Mientras comían, Elaine notó que la mirada de Giorgio le recorría el cuello y se detenía en su hombro desnudo. Ojalá pudiera taparse, pero el vestido era sin mangas.
Cuanto más tiempo pasaba con él, más enfadada se sentía. Al final, dejó el tenedor en la mesa con un golpe seco.
—Me engañaste —dijo.
Él arqueó una ceja.
—¿A qué te refieres?
—No creo que tengas ninguna intención de dejar libre a Tony. Ni a mí tampoco.
Aparentando sorpresa, dijo:
—¿Alguna vez te he retenido contra tu voluntad, Elaine? ¿Te tuve prisionera en Fontanella o en mi villa?
Señaló hacia la casa.
—¿Quieres irte? Vete. Nadie te lo impide.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? ¿A pie?
Metió la mano en el bolsillo y dejó una llave sobre la mesa.
—Llévate el coche de alquiler.
Eso no se lo esperaba.
—¿Y qué pasa con Tony?
Giorgio ya estaba negando con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó Elaine.
—Porque aún no hemos terminado de cenar. No hemos tomado el postre ni el café.
Elaine estaba indignada.
—Mira, si no vas a soltar a Tony ahora mismo, creo que deberías hacer otra cosa por mí.
—¿Cómo qué? —preguntó con curiosidad.
—Dame el nombre del topo en la planta de KBA Giori.
Giorgio se rio.
—¡Otra vez con eso! Topo, topo, topo. ¿Es lo único en lo que piensas?
—Tener a alguien así en la fábrica Giori supone un grave riesgo de seguridad para nuestro sistema financiero.
—¿Crees que me importa un carajo?
—Podrías... podrías hacerlo por mí. Como amigo.
Cattoretti pareció intrigado, y hasta un poco conmovido, pero ella no creía que fuera a picar.
—Si vuestro Departamento del Tesoro no fuera tan estúpido como para depender totalmente de una sola empresa, ¡una empresa extranjera!, para fabricar sus imprentas ultrasecretas, no estarían metidos en este lío. De todos modos, ese tipo de la fábrica no es una amenaza para nada ni para nadie, créeme.
—¿Así que es un hombre?
—No tengo ni idea. No le revisé los genitales. Podría ser una mujer, qué sé yo.
—Vamos, Giorgio...
Él soltó una exclamación ahogada, lo que asustó un poco a Elaine. Pero sonreía de oreja a oreja.
—¡Por fin lo hiciste!
—¿Qué hice?
—Me llamaste por mi nombre. ¡Qué música para mis oídos, más hermosa que la mejor de las arias!
Ahora se arrepentía de haberlo dicho.
Por otro lado, si conseguía el nombre de ese topo, Raj estaría encantado y ella sería una heroína pasara lo que pasara, aunque Cattoretti volviera a escapar.
—Vamos, dame el nombre, Giorgio. ¿Qué daño puede hacer?
—No.
—No veo por qué te importa ahora, Giorgio.
La sonrisa se le borró al oír su nombre por tercera vez.
—No insistas, Elaine.
Con expresión sombría en su único ojo, añadió:
—Si te doy el nombre de ese topo, ya no me necesitarás.