Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 105
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Riga, Letonia

A la mañana siguiente, Nick aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Riga en un vuelo de Air France que había tomado en París.

Alquiló un todoterreno en una de las agencias del vestíbulo y se dirigió directamente a Kārsava.

Los tres hombres de las Fuerzas Especiales de la OTAN que Raj estaba enviando debían llegar a Letonia más tarde ese día.

Mientras tanto, Nick planeaba inspeccionar la zona donde Giorgio Cattoretti había sido visto por última vez y buscar pistas.

Si no encontraba nada antes de que llegaran los hombres de la OTAN, los cuatro se separarían para revisar los principales aeropuertos y estaciones de tren de la región báltica: Riga, Tallin (Estonia) y Vilna (Lituania), todas a un par de horas en coche de allí.

Con algo de suerte, revisando el Control de Pasaportes y estudiando las grabaciones de las cámaras de seguridad, podrían averiguar adónde había ido Cattoretti, a menos que el hombre simplemente hubiera conducido la furgoneta hasta Francia, lo cual era poco probable.

Afuera nevaba ligeramente, la temperatura apenas unos grados bajo cero, muy distinto de las condiciones de ventisca en las que Nick había saltado en paracaídas unos días antes. Llevaba parka, botas de nieve, gorro de lana y ropa interior térmica bajo los vaqueros y la camisa de franela.

Llegó a Kārsava sobre las once de la mañana y encontró la carretera que iba hacia el norte, hacia la torre de vigilancia y Baltinava, paralela a la frontera letono-rusa.

Le llevó unos minutos localizar el lugar donde Elaine y Dmitry habían tenido el último encuentro con Cattoretti y la furgoneta GAZelle, que Elaine le había descrito con todo detalle.

Nick aparcó el todoterreno y subió caminando hasta la torre de vigilancia.

Encontró el lugar en el claro donde Cattoretti había aparcado la moto de nieve y había encendido una fogata, pero todo estaba limpio.

Seguramente lo habían hecho los que Raj había enviado a recoger los cuerpos de los soldados de la Fuerza Delta: solo quedaban unas pocas ramas carbonizadas esparcidas por allí, y el lobo muerto que Nick había visto cuando rescató a Elaine también había desaparecido.

En realidad, Nick no esperaba encontrar nada alrededor de la torre; había subido principalmente por curiosidad morbosa, para ver la escena a la luz del día, si es que se podía llamar así. Letonia estaba tan al norte que bien podría haber sido el crepúsculo.

El claro estaba tan silencioso que Nick no podía oír nada más que su propia respiración...

Casi...

Algo llamó su atención colina abajo. Ahora distinguía el sonido lejano de una motocicleta... aunque enseguida se dio cuenta de que tenía que ser una moto de nieve, porque nadie en su sano juicio andaría en moto con aquel tiempo.

El vehículo parecía acercarse, quizás subiendo la misma colina que él acababa de subir... y luego el sonido se desvaneció.

A decir verdad, Nick tenía serias dudas de poder seguir el rastro de Cattoretti con aquel método, y mucho menos de encontrar alguna pista sobre adónde podría haber llevado a Tony.

Aun así, se dijo que debía seguir adelante, que Cattoretti había huido de la zona con prisa y bien podría haber dejado algo importante por accidente.

Lo que esperaba encontrar era un teléfono móvil que Cattoretti hubiera usado para hacer reservas o consultar vuelos, o quizás un navegador GPS.

Nick cruzó el claro de vuelta y bajó por el sendero.

Pronto llegó a un segundo camino que cruzaba el principal, un sendero más estrecho en el que se había fijado al subir.

Ahora había huellas frescas que sin duda había dejado la moto de nieve que había oído.

Sabía que aquellos vehículos eran relativamente caros y no se usaban mucho en esa parte del mundo.

Antiguo estado soviético, Letonia era un país de la UE relativamente pobre, y aquella zona en particular, cerca de la frontera rusa, era la más deprimida económicamente.

Nick se arrodilló para estudiar las huellas de la moto de nieve, decidió que había ido hacia la derecha y las siguió.

Tras unos cuatrocientos metros, notó que había zonas de nieve removida en el sendero.

Se detuvo y miró las hileras de abedules que bordeaban ambos lados.

La nieve allí tenía más de treinta centímetros de profundidad.

Apartó un poco con el pie hasta llegar al suelo congelado.

Se echó un poco hacia atrás, inclinándose para mirar más de cerca.

Sangre.

Volvió a mirar a su alrededor, preguntándose si sería de algún animal muerto, quizás un lobo, pero cayó en la cuenta de que aquel podría haber sido el lugar donde los dos hombres de la Fuerza Delta habían caído en la trampa de Cattoretti.

Nick se acercó al árbol más cercano. Sí, ahí estaba. Un corte fresco en la corteza gris a la altura del cuello donde Cattoretti había atado el cable.

Nick volvió a mirar hacia el sendero, imaginando a los dos hombres chocando contra el cable tenso en la moto de nieve, a la altura del cuello. Hizo una mueca. Qué forma tan espantosa de morir...

Ah, ahí estaba de nuevo, el sonido de un motor.

Nick se quedó quieto, inclinando la cabeza hacia un lado, escuchando.

El vehículo se acercaba. Salió al centro del sendero, escudriñando a través de la nieve que caía suavemente hacia la penumbra gris que tenía delante.

El sonido del motor se hizo más fuerte hasta que Nick pudo distinguir un faro que subía y bajaba a lo lejos, y luego la propia moto de nieve que avanzaba hacia él.

Por un segundo, se preguntó si podría ser Giorgio Cattoretti.

Recordó aquel momento inquietante en que Cattoretti se había acercado en la moto de nieve la noche que rescató a Elaine...

cuando ambos simplemente se miraron desde la distancia, y luego Nick disparó la ametralladora contra el suelo y el hombre dio media vuelta y huyó.

Nick había estado casi seguro de que era Cattoretti; apenas había podido distinguir el parche del ojo a través de las gafas de visión nocturna.

Pero se dijo que no podía ser Cattoretti quien se acercaba.

El hombre habría tenido que volar hasta allí en un vuelo comercial, como él, y no podía imaginar al italiano viajando en avión en aquel momento, no mientras tuviera a Tony como rehén.

Por otra parte, sesenta millones de euros era mucho dinero como para dejarlo atrás.

Nick pensó que Elaine tenía razón: él había escondido la mayor parte del dinero por allí, en algún lugar.

La moto de nieve redujo la velocidad. Nick metió la mano en la parka y sacó la pistola, pero la mantuvo a un lado, con el cañón apuntando hacia abajo. Quien estuviera conduciendo el vehículo ya lo había visto, y redujo aún más la marcha.

Nick levantó la mano izquierda, con la palma hacia fuera, en un gesto de «alto». Ahora deseaba haberse puesto el chaleco antibalas; había traído uno, pero estaba guardado en el todoterreno.

La moto de nieve se detuvo a unos nueve metros de él. Parecía que había dos personas en ella, pero Nick no estaba seguro.

Por un segundo pareció que el conductor iba a intentar dar la vuelta, pero Nick avanzó con determinación, manteniendo la pistola baja y sacando la identificación del Servicio Secreto. Técnicamente, ya no trabajaba para el Servicio, pero era la identificación más intimidante que tenía.

Ahora podía ver que solo eran un par de adolescentes: un chico al frente, conduciendo, y una chica en la parte de atrás. Ambos iban envueltos en bufandas que les cubrían la nariz y la boca. No parecían tener más de trece o catorce años.

Los ojos del chico se abrieron de par en par cuando vio la pistola en la mano de Nick.

—Soy un agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos —dijo Nick, mostrando la identificación—. Necesito hacerles algunas preguntas.

Ambos chicos estaban paralizados de miedo.

—¿Hablas inglés? —preguntó Nick, alzando la voz sobre el ruido del motor al ralentí.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

Nick sabía ruso básico de tanto trabajar en Europa del Este; era su lengua franca. —Viy govorite po-ruskki?

—Da —dijo el chico con un hilo de voz.

Antes de que Nick pudiera decir nada más, el chico soltó:

—¡No la robamos!

Nick frunció el ceño y volvió a mirar la moto de nieve, cayendo en la cuenta de que podría ser la que había usado Cattoretti. Desde luego no era la silenciosa que habían lanzado en paracaídas; esa seguramente la había eliminado quien Raj hubiera enviado a limpiar.

—La llave estaba puesta —dijo la chica a la defensiva.

—¿Dónde la encontrasteis? —preguntó Nick.

—Allí abajo —dijo el chico, señalando hacia la carretera.

—¿Cuándo?

El chico se encogió de hombros.

—Hace unos días.

Nick alargó la mano hacia el salpicadero, apagó el motor y sacó la llave del contacto. Comprobó la guantera, pero estaba vacía. Había un compartimento bajo el asiento y Nick lo señaló.

—¿Hay algo ahí?

El chico se encogió de hombros.

—Basura. La tiramos.

—Dejadme ver —dijo, haciéndoles un gesto para que se bajaran del vehículo.

Mientras lo hacían, el chico miró hacia el bosque, como si estuviera pensando en echar a correr.

—No estáis metidos en ningún lío —dijo Nick rápidamente, guardando la pistola en el interior de su parka—. Estoy buscando al hombre que dejó esto aquí. Es mala gente. Mafia. Mafia rusa.

El chico tragó saliva y miró a la chica. Ella susurró:

—¡Te dije que no deberíamos haberla cogido!

—Estaba ahí tirada, al lado de la carretera —dijo el chico, volviendo a mirar a Nick—. Parecía que nadie la quería.

Nick abrió el compartimento bajo el asiento, pero estaba vacío.

—¿Qué tipo de «basura» había aquí? Necesito saberlo con exactitud.

El chico se encogió de hombros.

—Una manta, botellas de agua, una linterna rota...

—¿Papeles, documentos?

—Nyet.

—¿Estás seguro? ¿Recibos, lo que sea?

Ambos negaron con la cabeza.

—¿Un móvil? ¿Aunque estuviera roto?

—Nyet.

—¿Qué hicisteis con todo eso?

—Lo tiramos.

—¿Dónde?

—Allí arriba —dijo el chico, señalando sendero arriba.

—Quiero que me mostréis el lugar exacto.

Nick se puso a los mandos de la moto de nieve y los dos adolescentes se apretujaron en la parte de atrás. Unos minutos después se detuvieron en un punto del sendero, justo por encima de la carretera, cerca de donde Nick había aparcado el todoterreno.

Se bajaron y los tres escarbaron en la nieve, pero Nick solo encontró lo que le habían dicho: una manta, unas botellas de agua y una linterna rota.

Bueno, esto no ha servido de nada, pensó Nick. Se había ilusionado un poco, pensando que podría encontrar algo importante.

—¿Podemos irnos ya? —dijo el chico con inquietud.

Nick contempló a los dos adolescentes. Llevaban ropa raída, con agujeros en los abrigos, y las botas desgastadas y deshaciéndose. Los dos olían mal. Al chico le faltaba un diente delantero.

Nick sintió lástima por ellos. Encontrar la moto de nieve era probablemente lo más emocionante que les había pasado en la vida, o que les pasaría jamás.

Nick le lanzó la llave al chico.

—Es vuestra.

El chico se quedó boquiabierto.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¡Genial!

El chico sonrió de oreja a oreja, dejando ver el hueco del diente que le faltaba, y los dos adolescentes se subieron a la moto, encantados y sin poder creerse su buena suerte.

—Pero será mejor que no la uséis por esta zona —advirtió Nick—, donde está la torre de vigilancia. Llevadla a otro sitio.

—¿Por qué? —preguntó la chica.

—Porque el hombre al que estoy buscando podría volver.

Unos minutos después, Nick salió del bosque y se acercó a su todoterreno. Se sentía desanimado.

Sacó el teléfono y decidió llamar a Elaine para decirle que hasta el momento no había encontrado nada.

Llamó a su móvil, pero estaba comunicando. Esperó un momento, pensando en qué hacer a continuación, y volvió a llamar.

—Hola, cariño —dijo cuando ella contestó—. Me temo que no tengo buenas noti⁠—

—¡Hemos tenido un golpe de suerte! —dijo ella emocionada—. Un granjero ha encontrado la furgoneta GAZelle en su estanque esta mañana.

—¿Dónde? —dijo Nick.

—En Lituania.