Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 41
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Cuando Giorgio se asomó por la ventanilla de su coche para abrir la verja de su villa de Chipre, estaba relajado, a pesar del torbellino que sabía le esperaba dentro.

Para él, el viaje a Suecia había sido un éxito total.

Era maravilloso saber que el pequeño Pablo estaba ahora en manos de Anders y Signe, y que si algo salía mal con el atraco, su hijo crecería en un lugar sano, íntegro y humilde.

No había llegado ni a la mitad del camino de entrada cuando Lexy salió disparada por la puerta principal y se dirigió hacia su coche con paso decidido.

Detuvo el coche frente al garaje y salió.

—¡¿Dónde está mi bebé?! —gritó ella. Pasó junto a él y se asomó a las ventanillas del coche—. ¡¿Dónde está mi hijo?!

Giorgio abrió tranquilamente el maletero y sacó su maleta, pero cuando fue a cogerla, Lexy se abalanzó sobre él con una lluvia de puñetazos, intentando arañarle la cara. Él logró agarrarle ambas muñecas antes de que pudiera hacerle daño.

—Cálmate —ordenó.

—¡No me digas que me calme! —gritó ella—. Te llevaste a mi bebé.

—Hablaremos de eso en la casa —dijo él, y le soltó las muñecas apartándola de un empujón.

Esperaba otro ataque, pero ella se quedó allí, temblando. Él cogió su maleta y la arrastró por el camino; ella lo seguía justo detrás, respirando tan fuerte que parecía estar hiperventilando.

Entraron y él llevó la maleta rodando hasta la sala de estar.

—Siéntate —dijo, señalando el sofá.

—¿Dónde está mi bebé? —volvió a gritar ella.

—¡He dicho que te sientes!

Ella se quedó allí de pie, jadeando, con el rostro enrojecido y mechones del pelo rizado cayéndole sobre la cara. Parecía que hubiera estado encerrada en un manicomio las últimas 48 horas: iba descalza, con pantalones sucios y una camiseta salpicada de algo que podría haber sido café.

—No voy a decirte ni una palabra, Lexy, hasta que te sientes y te controles. Pablo está bien.

Ella lo fulminó con la mirada un momento más y finalmente se sentó en el borde del sofá, con los ojos marrones rebosantes de rabia.

—En primer lugar —dijo Giorgio—, Pablo no es «tu» bebé, es «nuestro» bebé.

—¡No tienes derecho a llevártelo! —dijo Lexy.

Rompió a llorar.

—¿Dónde está? —gimió impotente—. ¿Qué has hecho con él?

—Está en muy buenas manos —dijo Giorgio en tono tranquilizador.

—¿Dónde? —lloró ella.

—Muy, muy lejos de aquí.

—¿Por qué, Xavier, por qué?

—Porque has tenido serias dudas sobre ayudarme a terminar lo que empezamos, o tal vez has decidido que no vas a ayudar en absoluto. Ahora eres madre y no quieres correr el riesgo. Lo entiendo, pero si quieres volver a ver a tu hijo, vas a ayudarme a dar ese golpe, y vas a hacerlo de maravilla.

Ella se quedó allí sentada, boquiabierta.

—¿Vas a «chantajearme» para que te ayude a robar un museo, chantajearme con mi propio bebé?

—No, eso no es lo que «voy» a hacer, Lexy, es lo que «estoy» haciendo en este mismo momento. He invertido demasiado tiempo, dinero y entrenamiento en ti como para sustituirte por otra persona.

Lexy pasó los tres días siguientes furiosa. Gritó, chilló, lloró, rompió cosas y maldijo a Xavier en griego con palabras que nunca pensó que pronunciaría.

Nada lo inmutaba.

Cuando ella rompió un jarrón en medio de la sala de estar, él se quedó sentado, leyendo un libro, y dijo:

—Ve a buscar una escoba y limpia eso.

Y pasó a la página siguiente.

Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no mencionar a Elaine Brogan.

Estaba casi segura de que Elaine, quienquiera que fuese, tenía a Pablo.

Pero era demasiado arriesgado. Si lo hacía, él se daría cuenta de que había entrado en su caja fuerte y de que probablemente conocía su verdadero nombre, y más cosas aún.

A esas alturas, pensó que podría matarla.

Según aquellas noticias y la alerta roja de Interpol, había asesinado a muchas otras personas, así que ¿por qué no a ella?

Cuando Lexy finalmente empezó a aceptar que no había absolutamente nada que pudiera decir o hacer para que él trajera a Pablo de vuelta, dijo:

—Pues adelante, robemos los cuadros. ¿Cuándo podemos ir? ¿Mañana?

—No podemos dar el golpe hasta noviembre.

—¿Pero por qué? —gritó ella.

—Ya sabes por qué. Los días son demasiado largos ahora y todavía hay demasiados barcos turísticos en el río. Tenemos que hacerlo en hora punta, a la hora de cierre del museo, en total oscuridad.

—Entonces, ¿por qué tuviste que llevártelo con tanta antelación? —gimió ella.

—Porque necesitamos tiempo para practicarlo todo de nuevo.

Levantó la vista del libro y le miró el vientre. Había engordado algunos kilos durante el embarazo.

—Y necesitas volver a ponerte en forma. Estás gorda, Lexy.

Lexy tuvo que contenerse para no coger un cuchillo de carnicero o una sartén pesada y matarlo, pero sabía que si lo hacía, nunca volvería a ver a Pablo.

Su rutina volvió a ser como antes de quedarse embarazada...

con la única diferencia de que nunca había odiado tanto a otro ser humano en su vida.

Lexy no podía creer que alguna vez lo hubiera amado, o que hubiera querido que él la amara.

El parche negro que una vez la había excitado tanto ahora le daba asco.

Lo hacía parecer cruel, sádico y despiadado, su verdadera naturaleza.

¿Por qué había tardado tanto en verlo? Puede que él fuera ciego de un ojo, pero ella sentía que había estado completamente ciega.

Bajaba al gimnasio y entrenaba intensamente todos los días. Su cuerpo era joven y resistente, y al final de la primera semana ya notaba la diferencia.

Ya apenas soportaba verlo. Le servía las comidas sin siquiera mirarlo y fantaseaba con envenenarlo, con matarlo de mil maneras diferentes.

Él tampoco parecía tener ningún interés en ella, salvo como instrumento para ejecutar su preciado golpe artístico.

Antes de empezar su cuarta semana de ejercicio, estaba en el gimnasio, admirándose en el espejo de la pared.

Al menos había algo que la satisfacía: volvía a verse condenadamente bien.

Llevaba un conjunto ajustado de spandex negro.

Los pantalones le llegaban por debajo de las rodillas y el top corto dejaba al descubierto su vientre.

Tenía el abdomen plano, los muslos y el trasero firmes y tonificados.

Giró a un lado y a otro, pasándose la mano por el abdomen. Su figura voluptuosa lucía casi exactamente igual que antes de quedarse embarazada.

Soltó un gritito ahogado y se dio la vuelta.

Xavier estaba allí, observándola.

Tenía el pene fuera de la bragueta del pantalón corto, completamente erecto.

Lexy apartó la mirada de inmediato.

Xavier no dijo nada. Se quedó allí, con la boca entreabierta, mirándola. Su erección palpitaba al ritmo de su pulso.

—Haz tu trabajo, Lexy...

Ella se estremeció. Las palabras tácitas que completaban la frase eran meridianamente claras.

...si alguna vez quieres volver a ver a tu bebé.

Se quedó frente al espejo durante un largo rato, con la mirada abatida clavada en el suelo.

—Lexy, haz tu trabajo...

Con lágrimas rodándole por las mejillas, al fin se volvió hacia él y, lentamente, se arrodilló.