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Desde el momento en que Xavier vio la ecografía, su actitud hacia Lexy y el bebé cambió radicalmente.
Lexy apenas podía creerlo.
Xavier se convirtió en un marido modelo, o lo habría sido si realmente estuviera casado con ella.
Cuando volvieron del médico aquel día, él dijo:
—¡Vamos a celebrarlo! ¡Te prepararé pescado fresco para cenar!
Salió corriendo al garaje, recogió todo su equipo de pesca submarina y luego, por la ventana, ella lo vio bajar a trote las escaleras hacia la playa con una sonrisa en el rostro bronceado.
A medida que avanzaba el embarazo, Xavier la mimaba y se aseguraba de que no se esforzara demasiado.
Empezó a acompañarla a las citas con la ginecóloga e insistía en hablar personalmente con el médico después de cada revisión, preguntando por su dieta, su estado general de salud y cómo iba el bebé.
Prepararle una cena de pescado una o dos veces por semana se convirtió en rutina.
No la dejaba levantar nada pesado ni subirse a escaleras o sillas cuando hacía las tareas domésticas, a pesar de que el médico no dejaba de repetir que estaba perfectamente sana y que su embarazo iba sobre ruedas, como sacado de un manual de obstetricia.
Lexy disfrutaba de toda la atención y el trato especial, y a menudo sonreía para sus adentros pensando: «Las cosas han cambiado mucho desde que llegué a esta villa».
Pero no era tonta.
No dejaba de repetirse que tenía que ser extremadamente cuidadosa.
Un día Xavier estaba junto al fregadero con el delantal puesto, lavando los platos, con esa mirada perdida en el rostro. Ella conocía bien esa mirada: solía significar que estaba dándole vueltas a los detalles del atraco al Museo del Hermitage.
Cerró el grifo y se volvió hacia Lexy mientras se secaba las manos con un paño de cocina.
—¿Has pensado en algún nombre?
Al principio no supo de qué hablaba, pero enseguida cayó en que se refería al nombre del bebé.
Se encogió de hombros.
—La verdad es que no.
Era mentira: quería llamar al niño Vasos, en honor a un tío al que había adorado y que murió cuando ella tenía siete años.
—¿Qué te parece Pablo? —dijo Xavier.
—¿Pablo?
Él sonrió.
—Por Pablo Picasso.
Lexy vaciló.
—¿No te gusta?
—Está bien.
Xavier dijo en tono filosófico:
—Creo que los nombres están ligados al destino de un niño, ¿no te parece? Y los padres influyen en ese destino con el nombre que eligen. Pablo Picasso fue sin duda un gran hombre, que logró cosas asombrosas...
—Sí, tiene sentido, pero...
—Y no solo eso, tiene que ver con el proyecto que llevaremos a cabo en cuanto nazca el bebé, el proyecto que llevamos planeando desde su concepción.
A Lexy no le entusiasmaba la idea de ponerle a su bebé el nombre del artista cuyas pinturas planeaban robar.
De hecho, ya no estaba segura de querer seguir adelante con el plan, a pesar de los dos millones de euros que él le había prometido.
Xavier seguía pagándole el salario mensual acordado y ella había acumulado dinero de sobra, más de 100.000 euros, para ella sola.
¿Por qué iba a arriesgar su vida o acabar en prisión solo por más dinero?
Aunque fuera principalmente para el futuro de su bebé, sentía que era pura codicia, una imprudencia como madre, algo injusto para su hijo.
Estaba segura de que lo tendría aún más claro cuando naciera el bebé.
—Pablo está bien —dijo.