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Las cosas no iban bien para Yuri Zubov.
Seguía viviendo en su refugio del Mar Negro, pero su personal se había reducido a tres personas.
Zubov se había vuelto aún más huraño y paranoico, y había llegado incluso a contratar a una catadora, una anciana de una aldea ucraniana que necesitaba dinero desesperadamente.
Incluso le hacía probar la comida para perros que le daba a Bill Clinton.
Pável seguía siendo leal, pero incluso su paciencia estaba llegando al límite. Zubov a menudo descargaba su frustración en él, y un momento después se ablandaba, como un Jekyll y Hyde ruso. Pável nunca sabía muy bien qué esperar.
Un día Zubov lo llamó furioso a su despacho.
—¿Por qué coño no han matado todavía a Giorgio Cattoretti? —rugió.
Estaba medio borracho, con saliva corriéndole por la barbilla. Llevaba un chándal Versace granate, sucio y manchado.
Era la primera vez que mencionaba a Cattoretti desde que Pável había ido a Kiev e hiciera su vano intento de acelerar el trabajo del Artista.
—Cattoretti probablemente ya esté muerto y simplemente no lo sabemos.
—Y yo ya te lo dije, idiota: ¡el Artista siempre se asegura de que encuentren a sus víctimas!
Pável se quedó allí de pie.
—Bueno, ¿qué esperas que haga al respecto?
—¿Te gusta que te tomen por tonto, Pável?
—No, claro que no. Pero...
Pável no sabía cómo decir aquello con delicadeza.
—¿Giorgio Cattoretti es realmente un problema para ti ahora?
—¡Esa no es la cuestión! —gritó Zubov—. Ese torpedo inútil que contratamos para matarlo me robó un millón de dólares, ¡y no lo voy a tolerar! Te juro que, aunque sea lo último que haga, ¡me vengaré de ese ladrón ucraniano!
Zubov se dejó caer en el sofá, respirando con dificultad.
Pável también empezó a sentirse enfadado. Se había tomado muchas molestias para contratar al Artista, y Zubov tenía razón: a él tampoco le gustaba que lo tomaran por tonto.
Zubov lo miró con ojos entornados.
—Tienes que volver a Kiev y ocuparte de él. Quiero al Artista muerto. Nadie le roba a Yuri Zubov, ni siquiera él.
Pável llegó a Kiev la tarde siguiente, más enfadado de lo que había estado en mucho tiempo. Zubov tenía razón. Le habían confiado establecer el contrato y lo había hecho bien, de buena fe. No iba a dejar que ese tal «Artista» se saliera con la suya, por muy peligroso y escurridizo que fuera.
El primer impulso de Pável fue ir al apartamento de la anciana y montarle un numerito, zarandearla un poco, dejar de andarse con rodeos y averiguar dónde vivía su maldito hijo.
Pero mientras iba en el taxi hacia Troeshina, empezó a tener dudas.
Le dijo al conductor que lo dejara en el cibercafé más cercano.
Unos minutos después estaba buscando cualquier noticia que hubiera aparecido sobre Giorgio Cattoretti, queriendo asegurarse de que el hombre no había sido asesinado y de que él y Zubov no se habían enterado.
Aun así, no había nada, ni una sola noticia sobre Cattoretti en casi dos años.
Pável salió de nuevo a la calle, encendió un cigarrillo y reflexionó. No dejaba de recordar algo que había oído sobre el Artista, y lo había oído más de una vez.
Cualquiera que intente rastrear al Artista desaparece.
Pável decidió que era una estupidez arriesgar su vida para intentar resolver aquella situación. Se preguntó vagamente por qué seguía siendo leal a Yuri Zubov, pero no tenía respuesta para esa pregunta. Quizás era solo miedo al cambio.
Pável volvió a entrar en el cibercafé y buscó en la web una lista de detectives privados en Kiev.
Al día siguiente, Pável se reunió con un hombre llamado Mihail, un detective de una empresa de «seguridad» que su instinto le decía que era un poco turbia. Quedaron frente a una fuente concreta en el Parque Mariyinsky.
Pável le dijo a Mihail que quería que localizara al hijo de una mujer en Troeshina: dijo que simplemente quería saber el nombre y la dirección del hombre, y conseguir una fotografía, si era posible.
—Tiene que visitar a su madre de vez en cuando —dijo Pável—. ¿Puedes acceder a los registros del teléfono de su apartamento?
—No hay problema —dijo Mihail, tomando algunas notas.
El hombre era enorme y completamente calvo. Tenía una nariz abultada que se curvaba un poco hacia la izquierda. Era evidente que se la habían roto varias veces.
Pável dijo:
—Probablemente creció en ese apartamento y fue a la escuela del barrio. Podrías conseguir una foto de graduación de allí.
Mihail asintió, tomando otra nota.
Cuando terminaron, Pável le dio 2.500 dólares.
No preguntó quién era el hombre misterioso, ni por qué Pável quería que lo localizaran.
Pável se alojó en su hotel habitual de tres estrellas en el centro de Kiev, donde no dejó de darle vueltas al asunto.
Si Mihail tuviera la menor idea de a quién estaba intentando encontrar realmente, Pável estaba seguro de que habría rechazado el trabajo.
Pasó un día entero sin tener noticias de Mihail, luego dos días, luego tres.
Pável iba a la fuente del parque todos los días a las cuatro de la tarde: esa era la hora acordada.
No quería que Mihail supiera nada sobre él: era demasiado peligroso.
Observaba la fuente desde lejos durante un buen rato antes de acercarse, asegurándose de que nadie la estuviera vigilando.
Finalmente, el quinto día después de su reunión inicial, Mihail apareció.
Se sentó en el banco junto a Pável.
—¿Y bien? —dijo Pável.
—Revisé los registros telefónicos del apartamento de la anciana: no hay nada. Dejó de pagar la factura hace doce años y se la cortaron desde entonces.
—Joder —murmuró Pável.
—Y la escuela a la que habría ido tu hombre...
—¿Qué pasa con ella?
—Cero. Ningún estudiante fue nunca a esa escuela con esa dirección. Soborné al director y su secretaria revisó todos los registros desde 1960.
Pável maldijo entre dientes.
—¿No encontraste nada?
—Puedo decirle el nombre del propietario del apartamento de su madre, si le sirve de algo.
—¿Ella no es la dueña?
—No. El propietario es un tal Areli Rappaport.
Pável pasó la noche confundido. ¿Areli Rappaport? ¿Quién demonios era? Rappaport era un apellido judío.
Se preguntó si Areli Rappaport podría ser el Artista... pero ¿habría comprado ese apartamento de mala muerte para su madre? O ¿tal vez era de su madre y ella lo había puesto a su nombre?
Pável supuso que daba igual: necesitaba averiguar exactamente quién era el Artista, qué aspecto tenía y dónde vivía. Seguro que tenía un piso o una casa en algún lugar de Kiev.
A la mañana siguiente, cuando Pável se despertó, tuvo una idea. Llamó a Mihail desde un teléfono público y quedaron en verse de nuevo en el parque a las cuatro de la tarde.
—Puedes entrar en el apartamento de la anciana y registrarlo —dijo en cuanto se sentaron.
—¿Cómo?
Pável se lo explicó y le describió la distribución básica del piso, así como los documentos y facturas que había visto revisar a la anciana en el salón.
—Tiene que haber una foto suya en algún sitio —dijo Pável—. Y en los documentos podría aparecer su nombre y dirección.
A las once de la mañana siguiente, Mihail fue al apartamento de la anciana y llamó a la puerta. El cliente le había dado otros 2500 dólares y le había advertido de que quizá tendría que volver varias veces hasta encontrarla en casa.
Pero debió de tener suerte: oyó el débil sonido de pasos dentro del piso.
—¿Quién es? —preguntó una voz. Una anciana.
—Vengo a reparar la gotera del techo —dijo. Llevaba ropa de fontanero y una caja de herramientas en la mano.
—Yo no he llamado a ningún fontanero.
—Me pagan los dueños del piso de arriba. Creo que ya he arreglado el problema, pero necesito echarle un vistazo a su techo.
Al cabo de un momento, Mihail oyó cómo se descorrían los cerrojos. La puerta se entreabrió hasta donde daba la cadena y un ojo lo observó. La puerta se cerró de nuevo, la anciana quitó la cadena y lo dejó pasar.
Llevaba una bata vieja y zapatillas mugrientas, y le sonreía: era exactamente como su cliente la había descrito.
—¡Por fin alguien va a arreglar esta gotera! —exclamó encantada—. Pase, pase. ¿Le preparo un té?
Mientras la anciana trajinaba en la cocina, Mihail revisó rápidamente las facturas y recibos del salón. La de la luz estaba a nombre de Areli Rappaport, y también la del agua.
—Aquí tiene —dijo al entrar desde la cocina. Mihail soltó los papeles y fingió inspeccionar la gotera del techo. Ella dejó una bandeja con dos tazas de té que tenían una pinta lamentable—. ¿Juega usted al Preferans?
—No, lo siento.
—¡Puedo enseñarle!
—Tal vez más tarde —miró el té—. ¿Tiene una escalera? —preguntó, con la esperanza de mantenerla ocupada.
—Tengo una escalera de mano por algún sitio...
—Con eso vale.
En cuanto ella volvió a la cocina, Mihail entró en el diminuto dormitorio y echó un vistazo alrededor: menudo cuchitril, pensó. El lugar no parecía haberse reformado desde la época soviética.
No había fotos, ninguna.
Quizá en los cajones...
Se asomó al baño, solo para ver qué había.
En la bañera, justo encima del desagüe, había un billete de cien dólares.
Mihail parpadeó incrédulo: era algo tan extraño que casi se preguntó si lo había imaginado. El billete parecía nuevo y estaba ahí sin más, encima del desagüe, centrado y perfectamente alineado con la bañera, como si alguien lo hubiera colocado con cuidado.
Cuando se agachó a recogerlo, una pesada sartén de hierro le golpeó en la nuca.
Cinco minutos después, la anciana había conseguido meter el cuerpo entero en la bañera, y por fin dejó caer dentro los dos pies del hombre.
Le había dado tres golpes con la sartén. Tenía la nuca hundida y sangraba, pero por suerte la bañera había recogido casi toda la sangre.
Aún con la bata y las zapatillas puestas, cruzó la habitación arrastrando los pies y abrió un armario grande. Dentro había un cuchillo de carnicero, una sierra para huesos y otras herramientas, además de una máscara de gas y tres docenas de botellas de ácido clorhídrico.
Qué prácticas son estas bañeras largas de la época soviética, pensó mientras empezaba a serrar los pies del hombre. Ya no las hacen así.