Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 9
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Giorgio decidió que lo primero era intentar llegar a un acuerdo con la mafia rusa.

Ya era bastante malo que todas las agencias policiales del planeta te estuvieran buscando, pero cuando la mafia rusa iba a por ti, bueno, eso era mucho peor. Sobre todo cuando el mafioso que quería tu cabeza en una pica era Yuri «el Diente» Zubov, jefe de una de las bandas más poderosas de Moscú.

Cinco años atrás, Giorgio había contratado a Zubov para blanquear millones de billetes de 100 dólares estadounidenses casi perfectos que había producido su operación de Milán.

Meterse con la mafia rusa no había sido precisamente la primera opción de Giorgio; los eligió para el blanqueo simplemente porque no había ninguna otra organización criminal en el mundo capaz de manejar las enormes cantidades de billetes falsos que estaba produciendo con la prensa KBA Giori que

había robado.

Pero no tardó mucho en arrepentirse de haberse metido con ellos. Una vez que empezabas a hacer negocios con ellos, no había forma de echarse atrás. Como decía el viejo refrán ruso: solo hay una manera de salir de la mafia, y es con los pies por delante.

Y ahora, el desmantelamiento de la operación de falsificación de Giorgio había puesto a Zubov en riesgo.

Zubov había distribuido los billetes falsos de 100 dólares por toda Rusia, llegando incluso a pagar millones en impuestos atrasados con ellos para mantenerse fuera de la cárcel.

Se había jactado de ello ante Giorgio. Ahora, millones de billetes falsos estaban en alguna cámara acorazada del gobierno, billetes que habían pasado por las máquinas verificadoras de divisas hacía unos meses, pero que ya no colarían, ahora que se habían identificado los pequeños defectos.

Si las autoridades rusas descubrían que el grupo de Zubov había sido el que blanqueaba los billetes de la operación de Milán de Cattoretti, esos billetes serían retirados e inspeccionados minuciosamente.

La única manera de que descubrieran esta información era si Giorgio Cattoretti era capturado, especialmente si lo capturaban las fuerzas del orden estadounidenses.

Giorgio estaba en busca y captura por varios asesinatos por encargo en Estados Unidos, y había cometido el error de jactarse de ello ante Zubov.

Era lógico que Zubov asumiera que cantaría sin dudarlo si se enfrentaba a la pena de muerte.

Giorgio llevaba dándole vueltas a qué hacer con Zubov desde que salió del bosque.

Finalmente decidió que su única opción era volar a Moscú y reunirse con Yuri Zubov cara a cara para evaluar la situación, ver qué pasaba, ver cómo se sentía Zubov ahora.

Se basaba en otro dicho mafioso: «Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca».

Sería peligroso, Giorgio lo sabía, pero había que hacer algo.

Ahora que tenía 20 millones de euros, había muchos lugares en el mundo donde podía esconderse y vivir cómodamente.

Pero no encontraría un momento de paz si sabía que Zubov iba a por él.

Y había una ventaja más en arriesgarse y reunirse con Zubov.

Si Zubov se mostraba indulgente, podría ofrecerle refugio en Rusia.

Zubov poseía varias dachas y pisos francos, todos lujosamente amueblados y absolutamente seguros.

Giorgio había visitado uno con Zubov, en Crimea, con vistas al mar Negro, y había sido espectacular.

Antes de salir de Zúrich, Giorgio fue a las tiendas de antigüedades de los callejones empedrados en pendiente que salían de Oberdorfstrasse y Niedorfstrasse. Llevarle a Yuri Zubov un regalo hermoso y carísimo podría ayudar a limar asperezas.

Mientras curioseaba por las tiendas, Giorgio se topó con un magnífico samovar de té antiguo, fabricado en Rusia en la década de 1820.

Tenía el estilo de la llamada forma de «crátera», con asas acanaladas en forma de media luna y un pájaro hecho a mano como respiradero de vapor.

El cuerpo de latón dorado estaba pulido hasta tal punto que podías ver tu propio reflejo en él.

El precio: 72.000 euros.

Giorgio pagó en efectivo y ni pestañeó.

El samovar había sido modificado para funcionar con electricidad, con una resistencia y un termostato montados en la base.

Giorgio lo llevó a una empresa de sistemas de seguridad en la zona sur de Zúrich y encargó que le hicieran más «modificaciones eléctricas».

Tenía que protegerse. No se fiaba lo más mínimo de Yuri Zubov.

Moscú, Rusia

En una mansión del prestigioso barrio de Mozhayskiy, Yuri Zubov yacía boca abajo sobre una losa de mármol pulido y caliente, completamente desnudo. Sus hombros y espalda, sudorosos y tatuados, estaban surcados de verdugones rojos.

Una corpulenta babushka rusa con piernas tan gruesas como troncos de árbol se cernía sobre él y lo golpeaba con un venik, un manojo de ramas de abedul.

—Más fuerte —gruñó Zubov, gimiendo ante la dulce combinación de dolor y placer que generaba aquel agresivo procedimiento—. Da... da... da...

Alguien llamó a la puerta de la banya. La anciana vaciló, con las ramas de abedul suspendidas en el aire.

—¿Qué demonios? —dijo Zubov, incorporándose y ciñéndose una toalla a la cintura.

Era uno de sus byki, o toros.

—¡Te dije que no quería interrupciones!

—Lo siento, jefe, pero Pável quiere hablar contigo. Dice que es urgente.

Yuri hizo un gesto a la babushka.

—Fuera.

La anciana dejó las ramas de abedul sin decir palabra y salió bamboleándose. Estaba acostumbrada a ese trato.

Un segundo después, Pável Smolin entró en la habitación. Era un hombre moreno y fornido de unos treinta años. Solo era un shestyorka, pero estaba decidido a convertirse en vor, un hombre de honor, y era uno de los mejores soldados de Zubov.

Miró con inquietud a su alrededor en aquella estancia húmeda.

—Siento interrumpir, jefe, pero Giorgio Cattoretti está aquí.

Zubov se quedó boquiabierto.

—¿Aquí?

—Da. Un taxi lo dejó en la entrada; lo tenemos en la garita de vigilancia.

Así que el macaroni estaba vivo después de todo, reflexionó Zubov.

Había tenido el presentimiento de que Cattoretti había sobrevivido a la caída al mar; el falsificador italiano era un hueso duro de roer.

Había enviado a Pável a Italia a investigar, pero Pável había regresado dos semanas después diciendo que no había pruebas en ningún sentido, que los zapatos de Cattoretti habían aparecido en la playa, pero nada más.

—¿Qué quiere?

Pável se encogió de hombros.

—No ha querido decirlo; quiere hablar contigo.

Zubov había planeado una cena agradable y tranquila para esa noche y tenía un par de chicas esperándolo en la piscina. Era una desconsideración por parte de la albóndiga italiana presentarse así, sin avisar. Sobre todo dadas las circunstancias.

—Llévalo a la sala de estar —le dijo Zubov a Pável—. Dile que estoy ocupado y sírvele unas copas, que espere un rato. Necesito tiempo para pensar.

—Horosho, jefe.

Cattoretti estuvo sentado en la sala de estar opulentamente amueblada de Yuri Zubov durante casi dos horas, solo.

Le ofrecieron de beber lo que quisiera, pero tuvo cuidado: necesitaba mantener la cabeza despejada.

En la caseta de vigilancia lo habían registrado minuciosamente, abierto la caja grande que traía y examinado el samovar.

Cattoretti le pidió a Pável que no arruinara la sorpresa y le explicó que era un regalo para Yuri, pero no sabía si habían guardado el secreto.

También habían examinado su bastón con detenimiento, como si pensaran que podía ser una pistola camuflada o que escondía un cuchillo en su interior.

Llevaba puestas las gafas de sol y se negó a quitárselas.

Viajar a Rusia en avión había sido peligroso.

Estaba seguro de que figuraba en la lista de criminales buscados de todos los aeropuertos, y aunque la barba le cubría la cicatriz de la mandíbula, su ojo perdido podría delatarlo.

Así que antes de salir de Zúrich, se compró unas gafas fotocromáticas sin graduación, de esas que se oscurecen al salir al exterior y se aclaran en interiores.

Eran lo bastante oscuras para disimular el ojo que le faltaba a menos que alguien mirara muy de cerca, pero no tanto como para que le pidieran quitárselas en el control de pasaportes.

Y había acertado. Ahora se encontraba en Moscú, a punto de ver a alguien que le daba mucho más miedo que cualquier agente de la ley.

Por fin, casi a las diez de la noche, la puerta de la sala de estar volvió a abrirse.

—El jefe lo recibirá ahora —dijo Pável, haciéndole un gesto a Giorgio para que lo siguiera.

Giorgio cogió su bastón y se levantó.

—¿Le importaría? —dijo, señalando la caja.

Pável cogió el regalo y recorrieron un pasillo antes de bajar dos tramos de escaleras hasta el sótano, donde se encontraba la «oficina» de Zubov.

Pável se colocó entre Giorgio y un teclado electrónico y tecleó un código.

Zubov aseguraba que el sótano era a prueba de bombas, que aunque un misil SCUD impactara de lleno en la casa, permanecería intacto.

Yuri Zubov estaba sentado en el extremo más alejado de una larga mesa de cristal, junto a una enorme piscina.

Frente a él había un montón de lo que parecían costillas a la barbacoa, platos y cubiertos esparcidos, vasos con marcas de pintalabios.

El resplandor ondulante de la piscina iluminaba el rostro de Zubov, muy picado de viruelas.

A Cattoretti siempre le recordaba a un siluro, con sus labios gruesos y su boca ancha y caída.

Uno de sus dos dientes delanteros era de oro.

Le faltaba la ceja derecha y el párpado también le caía, lo que le daba aspecto de estar a punto de llorar.

Llevaba un chándal de Versace y una gruesa cadena de oro al cuello.

Pável dejó la caja en el otro extremo de la mesa.

—¡Giorgio! —exclamó Zubov efusivo. Echó la silla hacia atrás y se puso de pie.

Los dos hombres se abrazaron.

—¡Todos te dábamos por muerto! —rio Zubov, y bajó la mirada hacia el bastón. Se apartó y examinó a Giorgio de arriba abajo—. Tienes mejor aspecto que nunca, amigo mío. La vida de fugitivo te sienta bien.

Echó un vistazo a las gafas de sol y la barba espesa de Giorgio, pero no dijo nada.

—Siéntate, siéntate.

Mientras Giorgio tomaba asiento junto a él, reparó en los tatuajes de las manos y el cuello de Zubov.