26
El elegante jet Gulfstream volaba a 38 000 pies sobre los Alpes suizos, reluciente bajo el sol de la mañana.
Elaine Brogan dormía en un asiento reclinado dentro de la lujosa cabina, tapada con una manta. Apenas comenzaba a despertar.
Lo primero que percibió fue un sabor medicinal en la boca.
Me han drogado, pensó aturdida mientras luchaba por recuperar la consciencia. Miró a su alrededor; la visión se le nublaba y aclaraba intermitentemente. Había varios asientos de cuero vacíos... una mesita de teca... un colorido ramo de flores silvestres... una hilera de ventanas ovaladas.
Estaba a bordo de un avión. Un jet privado, al parecer. Algo le apretaba la cintura. Llevaba puesto el cinturón de seguridad, por encima de la manta. Forcejeó para soltarlo.
—¡Oh, está despierta! —dijo una voz femenina con acento extranjero desde detrás de ella.
Una rubia alta y delgada como un junco apareció frente a su asiento. Llevaba falda ajustada, blusa y chaqueta. Tenía un rostro deslumbrante.
—¿Le apetece un café? ¿Espresso, capuchino...?
Todo era tan extraño que Elaine pensó que podría estar soñando.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca.
—Está a bordo del avión del Sr. Cattoretti —dijo la mujer con una sonrisa ensayada—. ¿Le apetece un cruasán? ¿Quizá unas tostadas con caviar?
El avión del Sr. Cattoretti. Elaine se esforzó por mirar por la ventana: a lo lejos se veían picos nevados y un cielo azul inmaculado.
Debía de ser primera hora de la mañana, pensó, o última hora de la tarde.
Cuando volvió a mirar dentro de la cabina, vio su maleta junto a una de las mesitas.
¿Qué le había pasado? Lo último que recordaba era a aquel hombre corpulento que le había ofrecido llevarla al centro de París, y después la habían metido a empujones en el coche y le habían rociado algo en la cara.
Los recuerdos la asaltaron de golpe. Escapar de la mafia rusa, huir a París, la llave de datos...
A Elaine se le revolvió el estómago.
—Signora? —dijo la azafata, que seguía allí de pie, esperando una respuesta.
—Café, supongo —respondió Elaine al fin.
—¿Caffè Americano?
—Sí, perfecto.
La mujer sonrió, se dio la vuelta y se alejó contoneándose hacia un pequeño office cerca de una puerta que Elaine supuso que daba a la cabina de mando.
Elaine aprovechó para desabrocharse el cinturón de seguridad y se estremeció de dolor cuando este le rozó las heridas de cuchillo.
También se había olvidado de ellas. Cuando apartó la manta, temió lo que vería, pero no había sangre en la ropa.
Se palpó el vendaje. Estaba limpio, más grueso que el anterior. Alguien se lo había cambiado.
Volvió a mirar la maleta. ¿Seguiría allí la llave de datos?
Volvía a tener la mente embotada. No tenía fuerzas para levantarse.
La puerta de la cabina de mando se abrió. Un joven bajo y corpulento con chaqueta de cuero salió, la vio y sonrió.
—¿Cómo se siente? —preguntó mientras avanzaba por el pasillo. Vestía ropa italiana cara—. Mi padre, él dice que se disculpa por cómo la trajimos de París.
—¿Su padre...?
—Giorgio Cattoretti —sonrió y le tendió la mano a Elaine—. Yo soy Luigi.
Ella se la estrechó aturdida. Cattoretti... el nombre no le decía nada.
Miró la maleta y el hombre se dio cuenta.
—¿Puedo traerle algo, signora?
¿Quiénes eran esas personas? ¿Los compradores de la llave de datos?
La azafata trajo el café y lo dejó sobre la mesita.
—Azúcar, leche —dijo, señalando un par de elegantes recipientes blancos.
—¿Adónde vamos exactamente? —preguntó Elaine—. ¿Qué hago aquí?
Luigi y la mujer intercambiaron una mirada.
—Vamos a Milán —dijo Luigi. Miró su Rolex—. Llegamos allí muy pronto.
—¿Y después...?
—No se preocupe, por favor. Mi padre, él muy buen hombre —Luigi sonrió—. Él no hacerle daño.
El rostro de Luigi se desdibujaba y volvía a enfocarse.
—¿Dónde está Nick? —murmuró ella—. Quiero ir con é...
Volvió a desmayarse.