Chapter 73
Bea
Ya todo había vuelto a la normalidad. A mi vida de antes, o de siempre, más bien.
Acababa de terminar una reunión virtual para un comercial que grabaríamos la próxima semana.
Notas rápidas en la libreta, mensajes de producción en el móvil, mi cabeza todavía girando con listas y pendientes.
Estaba feliz por haber conseguido este comercial tan rápido y así poder enfocar mi mente en las cosas que sí podía controlar.
Me encontraba en medio de todo eso cuando la pantalla de mi celular vibró con la llamada de Clara.
—Hola, Bea se encuentra saliendo de una reunión, puede dejar su mensaje después del tono —dije de broma.
—No Bea, en serio. ¿Ya viste lo que subió Kai?
Me quedé quieta, con el bolígrafo suspendido sobre la página.
—¿Qué?
—Te lo mando. Abre tu Instagram. Ya.
Colgó antes de darme tiempo a reaccionar. Un segundo después, me llegó el enlace por WhatsApp. Lo abrí con las manos temblando.
Era un video de Kai. Sentado en lo que parecía su sala, guitarra en mano, mirándome como si supiera exactamente dónde estaba yo en ese momento.
Antes incluso de escuchar la primera nota, lo vi: un trozo de madera colgando de su cuello.
Irregular, torcido, con la forma imperfecta de un corazón.
Mi trozo de madera. El mismo que juré haber perdido en Tailandia.
Me quedé sin aire. Entonces empezó a cantar.
No era solo una canción. Era nuestra canción, aunque yo nunca la había escuchado antes.
Cada verso parecía una confesión en voz alta, un recuerdo compartido convertido en melodía.
Lo escuchaba y sentía como si me estuviera devolviendo todo lo que creí haber perdido.
Las lágrimas me caían sin permiso. Cuando terminó, leí el pie de foto.
“Algunas conexiones necesitan una Secuela.”
La respiración se me quebró. No quedaban dudas.
El trozo de madera, la canción, el mensaje.
Era para mí. Siempre había sido para mí.
Cerré los ojos, apretando el móvil contra el pecho, mientras la voz de Kai seguía sonando en mi cabeza.
Por un segundo, sentí que la distancia no era un final, sino un puente que todavía podíamos cruzar. No me había olvidado.
La pantalla volvió a iluminarse. Clara otra vez. Esta vez en videollamada. Dudé un segundo, pero contesté.
—¿Bea? —Su rostro apareció en la pantalla, preocupado y dulce a la vez.
Yo apenas pude hablar. Tenía las lágrimas corriéndome por las mejillas.
—¿Y ahora qué hago, Clara? —susurré.
Ella me miró en silencio unos segundos. —Bueno Bea, para empezar, habla con él, si eso es lo que quieres.
Me quedé sola después de la videollamada con el teléfono en la mano, como una idiota. Abrí WhatsApp, busqué su nombre. El cursor parpadeaba como si me dijera “Dale, cobarde”.
Hola, vi tu video.
Borré.
Gracias por la canción. Me hizo llorar.
Borré otra vez.
Resoplé y, antes de pensar demasiado, lo solté todo:
No sé cómo arreglar lo que rompí, pero quiero intentarlo. No sé si llego tarde Kai, pero te extraño.
Leí el mensaje diez veces. Tenía el pulgar sobre enviar, pero ahí llegó el autosabotaje.
La foto del café. Bam. En mi cara. Él sentado con “la misteriosa mujer”.
Los titulares idiotas. Los comentarios venenosos.
Nueva novia. PR stunt. Se mueve rápido. De pronto el mensaje ya no era un “te extraño".
Era un salto al vacío sin red. ¿Y si la canción no era para mí?
¿Y si la escribió hace meses y ahora solo la cantó porque si?
¿Y si me responde con un “Gracias” y ya?
Abrí el video otra vez. El trozo de madera colgando de su cuello. Mi trozo. Claro que mi cerebro aprovechó: ¿Y si ni sabe que es mío? Genial, Bea. Ni siquiera hace falta que el mundo te destroce, tú solita te haces el trabajo.
Apagué la pantalla. El corazón todavía me martilleaba.
El mensaje seguía ahí, esperándome. Podía cambiarlo todo, o decidir no hacer nada.
Al final no lo envié. Me dejé caer en el sofá, metí el teléfono en el cajón como si pudiera meter ahí también todo lo que sentía y puse mi comfort movie de siempre: Legalmente rubia.
Como si dos horas de comedia romántica pudieran salvarme del desastre.
No funcionó.