Luces, cámara, amor Chapter 58
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Chapter 58

Kai

No entendí la magnitud real hasta que producción me pidió que fuera al tráiler “a revisar redes antes de hablar con nadie”.

Me extrañó el tono pero cuando abrí Twitter, Instagram y los portales de farándula, lo vi todo.

Titulares multiplicándose. Misteriosa morena rompe el noviazgo de la supermodelo Sophie B.

Actor del momento envuelto en triángulo amoroso.

¿Relación secreta durante rodaje en Tailandia?

Mi estómago cayó de golpe. La “misteriosa morena” tenía nombre: Bea.

El PR (relaciones públicas) de Netflix se apareció en la puerta antes de que pudiera tocar mi teléfono.

—No publiques nada. No respondas. Estamos analizando el riesgo.

—¿Riesgo de qué? —pregunté.

Me mostraron otra pantalla. Comentarios:

“Ella es mayor que él.”

“Clásica manipuladora del set.”

“Seguro se aprovechó de su posición.”

“Qué conveniente que aparezca justo ahora.”

—La narrativa está mutando rápido —dijo uno de los abogados, más seco que el resto—. Ya no es chisme romántico, ahora es una dinámica de poder.

—Esto puede convertirse en conflicto laboral —añadió otro—. Si alguien lo formaliza, Recursos Humanos entra y eso activa una revisión interna.

—Bea es directora de arte —respondí—. No trabaja para mí.

—No importa cómo funcione el organigrama real. Importa cómo lo perciban afuera.

Me mostraron otra gráfica.

—Si esto escala a “relación desigual dentro de producción”, el estudio tiene que activar protocolo. Hay cláusulas de conducta en tu contrato. Hay aseguradoras involucradas. Hay marcas asociadas a tu imagen.

—Aunque no haya nada irregular —continuó el Legal—, basta con que alguien sugiera favoritismo o influencia indebida para que el estudio tenga que protegerse.

Protegerse. No protegernos.

—¿Y la filtración? —pregunté—. Esa foto no la tomó un paparazzi. Solo había equipo y algunos invitados.

Se miraron entre ellos.

—Había prensa acreditada esa noche, e invitados del estudio. Pudo haber sido cualquiera.

—Necesitamos silencio estratégico por 24 horas —intervino PR—. Si confirmas ahora, legítimas la historia. Si la niegas, la vuelves más grande. Si la defiendes emocionalmente, la conviertes en objetivo.

—¿Objetivo?

—Ahora mismo la están posicionando como “la otra”. Si respondemos mal, la convierten en “la mayor manipuladora del set”.

Sentí que la mandíbula me crujía. —¡Es mayor que yo por dos años!

—Internet ya decidió que eso es significativo.

Claro.

—Tenemos que proteger tu imagen y la producción —dijo PR.

—¿Y a ella?

Hubo una pequeña pausa.

—Si ella habla sin asesoramiento y luego cambia la versión, el estudio queda expuesto. Tenemos que alinearlos a ambos antes de cualquier movimiento.

Alinearlos.

—¿Y si no quiero esperar 24 horas?

—Entonces pierdes control del relato y el estudio interviene formalmente.

Eso sí sonó a advertencia. Me quedé en silencio.

Internet no necesita precisión, necesita contenido.

Me sentí como un producto, un algoritmo.

Pero más allá de eso, estaba preocupado por ella.

Esto era demasiado. La conocía, no soportaba los focos, mucho menos si eran falsos y lo de Sophie… mierda. ¿De dónde había salido eso?

Intenté llamarla. Nada. La busqué en el set. Nada. Esa noche, al llegar a la habitación, tampoco estaba. Estaba evitándome otra vez, y no sabía qué hacer para arreglar todo sino me dejaba hablar con ella.

Al día siguiente la vi en el desayuno con Daniela.

Tenía el pelo suelto, gafas de sol puestas.

No me miró ni una vez. Yo sí. Cinco veces para ser exactos, porque al parecer perder la dignidad también venía con un contador interno.

Al sexto intento de intentar cruzar mirada con ella se levantó para ir al set.

Pensé en acercarme y explicarle que todo era mentira.

Que yo no escribí ese mensaje, que no había nada entre Sophie y yo, pero algo en su postura me detuvo.

Su indiferencia me dolía en el cuerpo, sabía que algo estaba mal pero preferiría que me gritara a que me sacara de su órbita con tanta calma.

Bea no me había bloqueado, no me había gritado ni me había exigido una explicación, solo había desaparecido.

Primero fueron los ojos que ya no me buscaban, luego la sonrisa que ya no se asomaba ni de casualidad, y finalmente, el vacío.

Ese que se instalaba entre dos personas como un tercero incómodo que nadie había invitado.

Durante el rodaje la evité porque sentía que cualquier palabra mía se iba a estrellar contra un muro.

Le escribí un mensaje:

KAI:

Sé lo que viste. No es verdad. No hay nada ahí.

Lo borré. Escribí otro.

KAI:

Confía en lo que hemos vivido. En lo que somos. No en ella.

También lo borré. La palabra ella me supo amarga. Ni siquiera debería estar en una conversación entre Bea y yo. Sin embargo, ahí estaba, como un fantasma con maquillaje, perfumado y viral.

Sophie. Una historia sin trama ni final, un casting mal hecho de una conexión que nunca existió y ahora era el centro de todo.

Mientras yo no podía decir ni una línea sin que se notara la grieta en mi voz.

Me sentí sucio por tener que justificarme por algo que no hice.

Más aun por tener que convencer a la persona que se supone que me conocía realmente.

El día pasó y yo sentía que estaba en modo avión.

Almuerzo. Toma tras toma. Correcciones. Repeticiones.

Bea en algún punto del set, pero no conmigo.

Yo en escena, pero no presente. Al final no aguanté más y me metí en el tráiler solo para dejar de sostener la postura.

Me dejé caer en el sofá sin quitarme la camiseta empapada, el teléfono todavía en la mano.

Tenía la garganta cerrada, esa sensación incómoda de haber tragado algo que no bajaba.

Alex entró unos minutos después, cerró la puerta con el pie y se dejó caer en la silla de enfrente, tenía una botella de agua en la mano y su mirada cansada.

—¿Todo bien? —preguntó.

Lo miré sin responder.

—Todo mal Alex, todo mal —le dije por fin.

Él negó con la cabeza. —Tranquilo Kai, sabes que estas cosas no duran mucho, mañana habrá otra noticia, ya pasará.

Apoyé los codos en las rodillas. Me pasé las manos por la cara.

—No puedo creer que esté pasando esto —dije—. No pasó nada con Sophie y sin embargo…

Alex me miró, serio. Casi con lástima.

—¿Hablaste con ella?

—No me da espacio bro, ni un segundo, no lo entiendo, Alex. —No sé si lo dije con rabia, tristeza o ambas—. He sido honesto. Le he mostrado todo de mí. ¿Y ahora tengo que justificarme por algo que ni siquiera pasó?

Antes de que pudiera seguir hablando, tocaron la puerta del tráiler. Los dos levantamos la vista y Luis asomó la cabeza.

—¿Interrumpo?

—No —dijo Alex—. Pasa.

Luis entró despacio, como si no estuviera seguro de querer estar ahí. Cerró la puerta detrás de él y se quedó de pie unos segundos.

—Mira… esto no me corresponde —empezó—. Y honestamente no me gusta meterme en cosas de pareja.

Sentí el pecho tensarse un poco más.

—Pero Bea es mi amiga —continuó—. Y verte así desde hace dos días también está raro, así que… yo qué sé. Solo vine porque creo que hay cosas que no entiendes.

Luis se pasó una mano por la nuca.

—El ex de Bea le fue infiel. Bastante feo.

El silencio cayó pesado dentro del tráiler. Alex se acomodó un poco en la silla, atento.

—Yo no sé todos los detalles —aclaró Luis rápido—. Y tampoco quiero hablar de cosas que no son mías, pero sí sé que la dejó muy mal.

Tragué saliva.

—¿Hace mucho?

Luis asintió. —Hace un tiempo ya. Duraron años, todo el mundo pensaba que iban a terminar casándose y luego… pues no.

Bajó la mirada un segundo antes de seguir.

—Después de eso Bea cambió muchísimo. Se volvió más cerrada.

Eso sonaba exactamente a Bea.

Luis levantó la vista hacia mí. —No te estoy diciendo esto para hacerte sentir culpable, Kai. Ni porque crea que eres como ese tipo. Honestamente, no lo creo.

Solté aire despacio.

—Entonces, ¿por qué me lo dices?

Luis dudó apenas un segundo.

—Porque contigo sí bajó la guardia.

La frase me golpeó más duro de lo que esperaba.

—Y ahora mismo probablemente está asustada —continuó—. No necesariamente de ti sino de sentirse estúpida por haber confiado.

El silencio hacía que el aire acondicionado sonara demasiado fuerte.

—Ella no sabe manejar estas cosas hablando —dijo Luis finalmente—. Bea se encierra y se concentra en trabajar y actúa como si nada le afectara.

Sí. Ya me había dado cuenta, gracias.

—En fin… eso era todo. Tampoco quería venir aquí a darte una charla motivacional.

Alex soltó una risa pequeña por la nariz.

—Solo… si de verdad te importa, no la dejes sola demasiado tiempo dentro de su cabeza. Ahí todo se le vuelve más grande.

Y se fue cerrando la puerta se cerró detrás de él. Me quedé mirando el piso unos segundos, intentando ordenar todo lo que estaba sintiendo. La sensación de haber herido a alguien que nunca quiso darte el arma para hacerlo.

Apoyé la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Bea no me había gritado, no había hecho escenas, ni me había exigido explicaciones. En ese momento entendí que esto nunca se trató realmente de Sophie.

Sentí náuseas: estaba repitiendo su peor pesadilla en alta definición.

Me quedé ahí sentado, sin saber si quería romper algo o salir corriendo a buscarla.

Lo peor de todo no era el dolor, era la culpa de haberle activado heridas que no sabía que existían.

Sophie no valía ni medio minuto del corazón de Bea.

Ni medio segundo. Sin embargo, esa mierda estaba afectándonos.

Lo que más me jodía no era que no confiara en mí, era pensar que tal vez, en el fondo, confiaba tanto que esto le doliera el doble.

Cerré los ojos y pensé en su risa, en la forma en que se encogía de hombros cuando no quería hablar, en lo que daría por verla una vez más mirarme como si todo estuviera bien, y supe que no me iba a quedar sentado. Porque Bea no era una más, y no pensaba perderla por una historia mal contada.