Luces, cámara, amor HUGO
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HUGO

Bea

El resto del día siguió como si nada hubiera pasado. Las cámaras rodaban, los actores repetían tomas, los técnicos movían cajas y yo respiraba en automático. No me fui, pero algo en mí se apagó.

No sabía si me dolía el video, o lo mucho que me estaba afectando que me doliera. Lo más frustrante era no entender si era la situación o yo saboteándome otra vez.

Kai no me había dicho nada, aún estábamos rodando y yo estaba haciendo un esfuerzo casi heroico por concentrarme. Yo tampoco le pregunté, no dije nada porque si la respuesta iba a dolerme, entonces ¿para qué apurarla?

Me refugié en lo único que podía controlar: mi trabajo. Ajusté detalles que ya estaban perfectos, revisé cosas innecesarias, ordené sin necesidad. Evité cruzarme con él porque temía que me bastara un segundo de sus ojos para olvidar todo antes de decidir si había algo que perdonar.

Al corte de comida decidí irme al hotel, le encargué a Dani el set y recogí mis cosas.

Al dar la vuelta para irme, lo vi. Kai estaba unos metros más allá, apoyado en una viga del set, como si hubiera estado esperándome.

Sostenía una botella de agua con una mano, la otra en el bolsillo, su mirada puesta en mí.

Caminé hacia él despacio, intentando parecer calmada; y cuando estuve lo suficientemente cerca, paré.

Vi la pregunta en sus ojos, las ganas, la necesidad e incluso la culpa, sin saber si debía tenerla.

—Solo quiero que sepas que no es lo que parece —dijo bajito.

—Ahora no, Kai — Estaba cerrada, necesitaba organizar mis ideas antes de hablar con él.

La van de arte me llevó al hotel. No cené, ni abrí el celular, solo me senté en la cama de mi habitación. Esa en la que tenía días sin usar y, por primera vez en semanas… estuve sola sin querer estarlo.

Podría haberle escrito. Podría haberle preguntado “dímelo todo” con voz temblorosa pero no lo hice. La verdad era más incómoda: le tenía más miedo a una posible verdad que al vacío de no saberla. ¿Por qué soy así?

No abrí TikTok de inmediato. Ni siquiera tenía TikTok, joder.

Llevaba todo el día sintiendo el peso de esa app como si me mirara desde la pantalla.

Finalmente la abrí y no tuve que buscar nada.

El algoritmo era cruel y eficiente. El video fue lo primero que me salió.

Sophie. Nunca la había visto antes, pero ahora tenía cara, cuerpo, voz y para mi mala suerte, era guapísima, claro que sí.

El video era simple: ella mirando a cámara con expresión suave, calculada, y el texto flotando sobre su cara: “¿Cuándo nos vemos? Te extraño.”

¿Era reciente? ¿Era una provocación? ¿Era real?

Justo cuando estaba a punto de volver a reproducirlo, el universo decidió añadir gasolina y sonó una notificación como una cachetada cósmica. WhatsApp.

HUGO:

¿Y este quién es, Bea?

Se refería a Kai. A la foto que subí anoche, con el mar de fondo, el atardecer filtrado y su silueta apenas recortada a mi lado. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, incrédula, ¿Quién era él para preguntarme nada? Respiré hondo y respondí.

BEA:

¿Tú me estás preguntando eso? ¿En serio? La pregunta sería: ¿quién coño te crees para seguir escribiéndome?

Lo bloqueé automáticamente sin temblar. Como debí haberlo hecho hace mucho tiempo, pero algo en mí se removió porque aunque sabía que Hugo ya no tenía ningún poder sobre mí, me recordó todo lo que aún no había terminado de sanar, en el momento menos conveniente.

Fue él quien me rompió con tacto, con frases suaves dichas en voz baja, con ausencias disfrazadas de espacio, con silencios envueltos en madurez.

Me enseñó a dudar de mis necesidades, a pedir menos, a hablar bajito.

Me entrenó para no incomodar, y ahora esa Bea entrenada estaba volviendo, como un reflejo en un vidrio empañado.

Nunca me gritó, nunca me levantó un dedo encima, pero su indiferencia me hizo sentir invisible, y una mujer que ha sido invisible tarda en volver a mirarse sin vergüenza.

Esa semilla todavía germina cuando me sentía insegura, como ahora.

Abrí Instagram con la intención de buscar a Sophie, pero lo que me encontró a mí fue peor:

627 solicitudes de amistad.

58 mensajes privados.

Mi cara etiquetada en cuentas de chismes.

Ya no era solo una sospecha. Era una exposición.

Notificación de CelebrityWTF: “ACTOR DEL MOMENTO VISTO BESANDO A MISTERIOSA DESCONOCIDA ¿TRIÁNGULO AMOROSO?”

Abrí el post: dos fotos granuladas del bar de hace días. Kai y yo, su boca sobre la mía. El pie de foto: “¿La razón por la que Sophie y Kai lo dejaron?”

Sentí cómo se me hundía el estómago. ¿Quién había tomado esas fotos?

¿Quién las había enviado? ¿Cómo sabían que era yo?

Y¿De dónde mierda había salido esa información?

¿Las fans de Kai tenían contactos en la CIA o qué?

¿Existía un subreddit clandestino dedicado a investigar la vida privada de cualquiera que respirara cerca de él?

Porque si lo había, estaban haciendo un trabajo impecable.

Ni siquiera sabía si Kai y Sophie habían sido algo de verdad, pero ahora el mundo me colocaba en medio como la intrusa.

Sonó el teléfono, era una videollamada de Clara. Me sorprendió verla aparecer tan rápido en medio del caos. Dudé un segundo antes de contestar.

—¿Hola?

—¿Estás bien? —su voz era firme, como si ya supiera la respuesta.

No dije nada, solo respiré.

—Bea, me estoy enterando de tu vida sentimental por un post de CelebrityWTF. ¿Qué coño está pasando?

—No lo sé, Clara, no entiendo nada, todo estaba tan bien —murmuré, con la voz más frágil de lo que hubiera querido.

—¿Y la rubia esa es su ex? —preguntó cual abogada.

—Supongo… no sé. No sabía que habían estado juntos. Nunca lo habíamos hablado y ahora… ahora hay fotos nuestras en todas partes diciendo que soy la otra. ¡Fotos mías Clara! Tengo un montón de solicitudes, no entiendo nada.

Hubo un silencio breve al otro lado. Después, el tono sarcástico de Clara apareció como un salvavidas afilado.

—¿La otra? Por favor. ¿Desde cuándo las “otras” tienen mejor gusto en iluminación y composición? La foto del bar es preciosa. Casi me dan ganas de volver con mi ex.

Pese a todo solté una risa débil. Una sola.

—No es gracioso, Clara…

—Lo sé, lo sé. Pero si no te hago reír, tendré que tomar un avión para ir a verte. ¿Qué has hecho?

—Nada… Me encerré. Apagué el móvil. Me siento expuesta. Como si todos supieran cosas de mí que ni yo sé. Están contando una historia que no escribí y encima soy la villana.

—No lo eres. ¿Qué te ha dicho él?

—Intentó hablarme en el set pero no pude.

—¿Por qué?

—Porque si lo miro, sé que voy a querer creerle y todavía no sé si estoy lista para eso. Además en ese momento no había visto todo.

—Ajá o sea, te estás castigando por tener sentimientos. Qué original. Casi no te reconozco.

Me mordí el labio. La garganta me ardía.

—Clara, ¿y si tiene razón el mundo? ¿Y si yo solo fui una distracción? ¿Y si esto no era tan real para él como para mí?

—Beatriz… —Ahí supe que venía una sentencia—.

Por lo que me has contado, ese chico está loco por ti, eso se nota.

Pero más importante aún, te hace feliz y tú no suenas feliz desde hace mucho tiempo.

Así que por favor deja de ponerte en el peor lugar de la historia.

Déjale eso a los reporteros de mierda, envidiosos.

—Es que no se trata solo de él. Soy yo. Todo esto me está tocando en lugares que no sabía que todavía dolían.

Me siento insegura, diminuta, invisible, otra vez.

Quizás si no estuviéramos entre tanta gente, entre tanta responsabilidad fuera más fácil, ¿sabes?

Pero es que ahora mismo siento que no puedo permitirme que esto esté pasando.

Hubo un segundo de silencio. Esta vez, sin sarcasmo.

—¿Es por Hugo?

Asentí, sin responder de inmediato. Luego, suspirando, con los ojos llenos de lágrimas respondí:

—No es por él, que encima tuvo la audacia de escribirme preguntando quién era Kai, lo bloqueé en el acto, Hugo ya no tiene poder sobre mí pero lo que me hizo…

dejó huellas, Clara. Me doy cuenta ahora de que no las sané del todo, y aparte todo esto pasa con el mundo mirándonos.

Señalándome. Opinando. Como si yo no fuera suficiente por segunda vez.

Clara apretó los labios. La cámara tembló un poco al moverse la vi contenerse un segundo y luego soltarlo:

—Hugo es un imbécil. Siempre lo fue. Pero lo tuyo con él fue como esas heridas limpias que no sangran mucho y por eso nadie cree que duelen. Ahora te estás volviendo a mirar en ese espejo. Solo que no es el mismo reflejo, Bea.

—No sé qué hacer…

—Por ahora, respira. Mañana veremos pero por favor no desaparezcas, y si ese idiota no te defiende pronto, te juro que yo sí salgo a reventarle las redes con un hilo de Twitter titulado: “La verdadera historia detrás de los posts virales” o qué se yo, algo más contundente como “Bea es la puta ama, todo lo demás es falso.”

Reí, esta vez de verdad.

—Gracias, Clara.

—Te quiero, boba.

—Y yo a ti

Cortamos y por un momento, sentí que no me estaba cayendo sola.

Terminé entrando al perfil de Sophie. Quería tener todo el contexto, necesitaba entender todo. Su perfil no decía mucho, solo una biografía mínima: Modelo. LA / Londres / París

Deslicé en su perfil. Campañas, fotos, vestidos de alta costura. Una publicación de hace varios meses me llamó la atención: una foto en blanco y negro.

Kai y ella en una sesión de fotos. Él con camisa blanca abierta, ella apoyada en su hombro, con la boca cerca de su cuello. El pie de la foto decía: Fragancia. Intimidad. Historia.

Me quedé quieta. No era una foto personal, era marketing, una campaña, ficción… que yo sé de estas cosas. Sin embargo era insoportable de ver, porque yo no sabía eso, nadie me lo había dicho. Verlo ahí, expuesto, elegante, hermoso, con otra… me desarmó.

Había más, otra imagen en backstage. Ella riéndose, él mirando a cámara. No había besos ni caricias, pero tampoco distancia.

Volví al video. Lo reproduje entero por primera vez. Ella no decía nada concreto, solo dejaba que el mensaje flotara en el aire.

Leí los comentarios:

“Fan de su relación.”

“Son tan lindos juntos.”

“Obvio que se tienen ganas, ¿quién no?”

Apagué el celular. Lo prendí. Lo volví a apagar. No sabía si lo que sentía era celos, inseguridad, miedo o simplemente todo junto. Ese miedo a estar creyendo en algo que solo era cierto para mí.

No pensé que fuera verdad, pero tampoco podía asegurarlo.

Pasé media hora construyendo una historia que no existía.

Colocando piezas que no encajaban. Forzando los recuerdos para que coincidieran con mis inseguridades.

No era Sophie. Era yo. Era esa parte de mí que, por más que lo intentaba no terminaba de creerse suficiente.

No lloré. No escribí. No abrí notas para desahogarme como otras veces.

Solo me acosté en la oscuridad, mirando el techo.

Por más que sabía que esa historia no tenía peso, por más que reconocía la pose, la luz, el guion…

mi corazón no sabía distinguir entre pasado y presente; entre realidad y ficción.

Aun así con todo esto, una parte de mí —chiquita y testaruda— quería que él tocara la puerta. Que me dijera que obviamente todo era mentira, que me mirara como anoche y dijera mi nombre en voz baja, como si fuera un hechizo. Que me abrazará, haciéndome sentir segura.

Pero el pasillo estaba en silencio y yo… demasiado rota y tonta para salir a buscarlo.