Luces, cámara, amor 13. Bea
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13. Bea

El lunes no empezó mal y eso era sospechoso después de un fin de semana tan perfecto. El cielo estaba limpio, el viento corría fresco entre las palmas y todos parecían llegar a tiempo. Incluso Martín bromeó con que el departamento de arte iba a terminar antes de rodar.

Ya eran más de las once y el día estaba en marcha.

Habíamos ajustado el set, revisado utilería, entregado los cambios de última hora.

Yo me sentía bien, ligeramente agotada, pero bien.

Hasta que empecé a notar algo que no podía explicar muy bien.

No eran palabras, era el aire, miradas fugaces, conversaciones que paraban justo cuando iba pasando.

Esa sensación de que todos sabían algo que tú no.

Lo primero que pensé, como buena neurótica funcional, fue: ¿Tengo algo en el culo?

¿Un manchón de café en forma de Italia? ¿Se me transparenta el pantalón y ahora todos pueden ver mis bragas de mariposa?

¿Tengo un grillo pegado? Me giré discretamente como quien busca al asesino en una novela de Agatha Christie.

Nada. Ni bicho, ni Italia, ni bragas visibles. Nada.

Entonces vi venir a Dani con esa cara imposible de disimular. La cara de “no sé cómo decir esto sin que suene horrible”.

—Bea…

—¿Qué es lo que pasa?

Me llevó a una esquina detrás del basecamp, lejos del ruido principal. El sol pegaba fuerte en el metal del contenedor.

—No quiero que te enteres por alguien más, escuché a las chicas de vestuario hablando de esto. Lo está comentando medio set.

—¿Comentando qué?

Sacó su teléfono, abrió TikTok y me lo mostró.

El video estaba en pausa con la imagen de una rubia perfecta.

No perfecta de verdad, sino ese tipo de perfección de TikTok que olía a ácido hialurónico y a ring light a máxima potencia.

Labios imposibles y mirada con pestañas de ensueño.

El título flotaba sobre ella como una sentencia: STORY TIME.

—Es ella —dijo Dani.

—¿Ella qué? —pregunté aún sin entender nada.

—Su ex.

Boom. Primer latido torcido.

Reprodujo el video. La voz era suave, casi amistosa. El contenido, no. Insinuaba cosas que no tenían mucho sentido, o al menos eso esperaba. Capturas borrosas, mensajes sin fechas. Un “¿Cuándo nos vemos? Ya te extraño”. Una foto juntos. Vieja ¿o no tanto?

Me quedé quieta, tratando de procesar lo que estaba viendo. No sentí rabia ni miedo, más bien desconcierto. Una sensación de que algo no encajaba. No dolía pero había algo que no estaba bien, algo que no esperaba. Algo que definitivamente no estaba en la historia que yo me había contado.

—¿Kai sabe? —pregunté.

—Está en escena. No ha salido.

Cerré los ojos solo un segundo y respiré profundo.

No porque me doliera lo que había dicho ella, ni el video, ni el aparente escándalo respecto a eso.

Lo que sí empezó a moverse en mi interior fue ese calor silencioso, espeso, que uno solo conoce cuando ha amado con miedo.

¿Desconocido? Para nada. Era esa vieja amiga que te acaricia el cuello y luego te muerde la nuca: la duda.Tomando asiento, acomodándose en mi pecho.

Kai y yo no habíamos hablado de nuestro pasado, no de nuestras ex parejas, nada concreto. No nos interesaba. Saber que ya todo había quedado en el pasado era suficiente para ambos, pero ¿realmente había quedado en el pasado?

No quería pensar mal, quería confiar. Él no haría algo así, ¿no?

Pero el cerebro era más rápido que el corazón, y aunque todo estaba bien entre nosotros, me di cuenta de que una parte de mí, pequeña, escondida, nunca dejaba de esperar el golpe.

Volví a mirar el video y entonces me fijé en el nombre en la esquina superior del perfil: Sophie.

Casi contra mi voluntad, me vino a la memoria aquella madrugada en la que el teléfono de Kai sonó con la alarma, iluminando la habitación acompañado de varias notificaciones de un contacto guardado como “S”.

Recuerdo perfectamente la hora absurda, el brillo de la pantalla y mi propia voz interna repitiéndome que no empezara a crear una película en mi cabeza.

Le devolví el teléfono a Dani sin decir nada.

Crucé el set sin mirar a nadie, pero lo sentía todo: las miradas rápidas, los murmullos en pausa.

Me metí al contenedor de arte —donde guardábamos materiales, herramientas y todo lo que nadie quería tener en medio— porque sabía que ahí no habría nadie trabajando a esa hora.

Me senté en el suelo frío, entre una caja de cinta doble cara, y ahí me quedé contando mis respiraciones.Uno, dos, tres…

Pensando en Kai, en sus ojos, en lo que no me dijo y en lo que quizás nunca sabré si fue cierto o no.