Chapter 45
Kai
Nunca me había sentido así. No era simple relajación ni el típico cansancio después del sexo; era una liberación limpia, profunda. Algo en mí se había acomodado.
Bea era como la había imaginado y muchísimo más.
Mi corazón todavía no sabía qué hacer con tanto.
Estaba dormida sobre mi pecho, completamente confiada, con la cara hundida en mi cuello y una pierna enredada en mi cadera.
Su respiración tibia marcaba un ritmo constante contra mi piel, y esa pequeña presión era suficiente para mantenerme anclado.
Podía estarse cayendo el mundo afuera y yo no iba a soltarla ni un centímetro.
La abracé con más firmeza y deslicé la mano por su espalda despacio. Había algo en tenerla dormida sobre mí que despertaba un instinto básico, casi primitivo: asegurarme que estuviera tranquila, que descansara y que nada la tocara mientras yo estuviera ahí.
Había estado con otras mujeres y sí, había tenido sexo que podría presumir sin problema, pero lo de esta noche no entraba en la misma categoría porque no había sido solo placer ni intensidad, era esa sensación de quedarme en calma en vez de querer escapar, de no necesitar distancia después y estar con la certeza nada elegante de que si alguien la tocaba con malas intenciones, iba a reaccionar bastante menos civilizado de lo habitual.
Sabía que esperarla iba a valer la pena, eso lo tuve claro desde hace tiempo, pero jamás imaginé que terminaría sintiéndome tan… seguro.
Me reí de mí mismo bajito, dándome cuenta de que estaba oficialmente perdido cuando empecé a fantasear con mañanas lentas, desayunos compartidos y discusiones absurdas sobre qué serie ver. Lo quería todo.
Bea se movió un poco en sueños y se pegó más a mí, me encantó sentir que su cuerpo me buscaba incluso dormida. Le acaricié el brazo, el costado, la curva de la cadera con calma y me pregunté en qué momento decidí que podía vivir sin esto.
Apoyé la barbilla en su cabeza, sentí su respiración contra mi cuello y me di cuenta de que seguía sonriendo como un idiota, dejando claro que por primera vez en mi vida estaba enamorado y que no quería estar en ningún otro lugar que no fuera este.
Eventualmente, el adulto responsable que vive en mí empezó a picarme por dentro.
Mañana había rodaje temprano y sabía que si me dormía así, entre sábanas revueltas, piel caliente y con Bea respirándome en el cuello, no había manera de levantarme temprano.
Así que moví la mano a ciegas buscando mi teléfono en el suelo junto a la cama.
Tardé más de la cuenta intentando no despertarla.
Deslicé el dedo, puse la alarma a las 4:00 a. m. y lo dejé cargando.
Bea se removió apenas.
—Mmm… ¿todo bien? —murmuró medio dormida.
—Solo puse la alarma —le susurré contra el pelo—. Duerme, Bee.—¿A qué hora?
—A una hora cruel.
La sentí sonreír contra mi piel.
—Qué responsable…
—Podría no ir, quedarme aquí todo el día encima de ti.
Ella rió bajito.
—Estoy muy segura de que a ti vendrían a buscarte.
—Soñar no cuesta nada —sonreí.