Luces, cámara, amor Chapter 44
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Chapter 44

Bea

Subimos al hotel sin prisa, Kai abrió la puerta de su suite, esa en la que llevaba semanas entrando sin pensarlo, donde ya había dejado mi cepillo de dientes y ocupado un cajón sin que lo habláramos.

Sabía cuál almohada era la más suave, dónde crujía el suelo y cómo olía su ropa cuando la dejaba sobre la silla.

Sin embargo, esa noche, algo era distinto.

La lluvia todavía resbalaba por su cuello, por mis piernas, mi vestido aún húmedo seguía pegado a mi cuerpo.

La luz era tenue con solo una lámpara encendida, las sábanas desordenadas, la ciudad vibraba lejos.

Mi cuerpo sabía lo que venía y mi corazón también.

¿Estaba lista? Más que nunca. ¿Nerviosa?

Obvio, aunque el deseo era más fuerte que cualquier duda.

Me giré hacía él. Su respiración estaba controlada pero sus ojos no.

Había algo contenido, algo que llevaba tiempo esperando este momento, y ahora no pensaba desperdiciarlo.

Yo tampoco podía dejar de mirarlo. La camiseta blanca se le pegaba al pecho por la lluvia, marcando cada músculo.

El tipo era injustamente atractivo y esa noche estaba mirándome todo eso como si fuera solo para mí.

—Ven aquí —dijo.

Me acerqué a él y sus manos fueron directo a mi cintura, firmes y seguras. Sus dedos subieron despacio por los tirantes de mi vestido.

—Dime si quieres que pare.

Bajó lentamente uno de los tirantes dejando un rastro de fuego suave en mi piel.

—No pares.

Continuó con el otro tirante. Sus ojos no se movieron de los míos ni un segundo y sentí el frío del aire sobre la piel mojada.

Su pulgar pasó por mi clavícula, lento, midiendo mi reacción.

No me besaba todavía, pero su respiración contra mi cuello hacía que cada nervio estuviera despierto.

El vestido cedió y cayó por mi cuerpo como agua tibia, deslizándose por mis costillas, mis caderas, mis piernas, hasta caer a mis pies, dejándome frente a él, casi desnuda y sin una sola duda.

Sus ojos bajaron y volvieron a subir, despacio, registrando cada detalle.

—Joder… —murmuró bajo, casi para sí mismo—. No sabes cuánto he deseado esto.

Sus manos bajaron de mi rostro a mi cintura, acercándome más. Sentí que el corazón latía tan fuerte que me sorprendía no escucharlo en voz alta.

— Eres perfecta, Bea —murmuró, acercando su boca a mi cuello. Su voz era tan baja que apenas la oí, pero me recorrió como un escalofrío. Empezó a besarme sin apuro, saboreándome poco a poco.

Deslicé la mano bajo su camiseta, sintiendo su piel tibia y firme bajo mis dedos.

Él reaccionó al instante quitándosela por la nuca sin romper el contacto visual y dejándola caer al suelo.

Sus manos volvieron a mi cintura para levantarme sin esfuerzo llevándome a la cama y depositándome sobre las sábanas como quien pone una reliquia sobre terciopelo.

Nos besamos, primero con la boca, después con las manos, y luego con el cuerpo entero.

—¿Quieres que siga? —susurró junto a mi cuello. Sabía que no iba a seguir si yo no lo decía.

—Sí.

Su expresión cambió y yo lo deseaba tanto como él, quizás más.

Bajó la boca por mi cuello y siguió descendiendo.

No era brusco, pero tampoco delicado. Sabía exactamente dónde tocar y cada reacción mía parecía darle más confianza.

Lentamente su boca se apoderó de mis pechos, su lengua los dibujó y sus dientes los reclamaron.

Mis caderas se arquearon implorando, buscando sentirlo.

Me tumbó despacio y se quedó sobre mí un momento, sosteniendo mi mirada, asegurándose de que estaba exactamente donde quería estar.

Se lo confirmé con la mirada, con el cuerpo, con las manos que lo buscaron por completo, moviendo mis caderas contra la tremenda erección que resaltaba a través de sus pantalones.

Nos deshicimos de la ropa como si no nos hiciera falta nunca más.

Soltando miedo, tela y pasado al mismo tiempo. Kai se inclinó hacia la mesita de noche sin romper el ritmo. Sacó un preservativo, lo abrió con calma y se lo colocó sin perderme de vista. Ese gesto, tan práctico y seguro me hizo desearlo todavía más.

Sus manos siguieron mi espalda, trazando caminos lentos y distraídos hasta llegar a mi culo que apretó con fuerza y deseo.

No solo temblé, me derretí. Bajó lentamente por mi cuerpo, sin apuro, besándome el cuello, el pecho, el vientre…

y siguió descendiendo. Podía sentir su aliento caliente sobre mi piel, el roce de sus labios, el peso exacto de su mirada cada vez que levantaba los ojos sin dejar de avanzar.

Mis piernas se abrieron sin pensarlo y cuando sus manos se apoyaron en mis muslos, todo lo demás dejó de importar.

El primer contacto me arrancó un sonido que no supe contener. No fue delicado. Fue preciso y seguro. Sabía dónde tocar, cómo presionar, cuándo insistir. Cada reacción mía parecía afinar aún más su ritmo.

—Mírame —dijo, la voz baja pero firme—. Quiero ver tus ojos cuando termines.

La tensión subió rápido, demasiado rápido.

Mis dedos se enredaron en su cabello. Mi respiración se volvió errática, y mi cuerpo empezó a temblar antes de que pudiera procesarlo.

Cuando exploté; fue intenso. Me arqueé contra él, incapaz de mantener el control.

Su nombre salió entrecortado de mi boca y, apenas terminó la ola, me dio un pequeño ataque de risa nerviosa, de esos que salen cuando el cuerpo no sabe qué hacer con tanta sensación acumulada.

Me cubrí la cara un segundo, todavía temblando.

Kai me agarró las muñecas y me apartó las manos con suavidad.

—Ni se te ocurra esconderte —murmuró—. Estás preciosa así, sobretodo cuando gritas mi nombre.

Totalmente fascinado, no apartó la atención de mí mientras me retorcía y cuando creí que ya no podía más continúo.

Subió despacio, su boca húmeda y una mirada oscura.

Me besó haciendo que me saboreara a mí misma, produciendo en mí más calor del que jamás había sido capaz de sentir.

Mi cuerpo seguía sensible, vibrando por dentro, y en algún rincón de mi cabeza una idea se instaló con claridad peligrosa: ese había sido, sin discusión, el mejor orgasmo de mi vida.

—Estoy temblando —le dije.

—Lo sé —respondió sonriendo—, y apenas estoy empezando.

Se colocó nuevamente sobre mí y esta vez, cuando se deslizó dentro, fue la primera vez completa; lento, firme, controlado. Asegurándose de que sintiera cada centímetro. No perdió el ritmo ni la compostura, pero el suspiro que se le escapó me hizo sentir muchas cosas.

—Joder… —exhaló contra mi boca cuando me moví sobre él—. Bea…

Su voz cambió, era más áspera. Nos movimos primero despacio, encontrando el ritmo. Sus manos sujetaron mis caderas con firmeza, mi cuerpo lo reconocía y el suyo me adoraba. Mis uñas recorrieron su espalda, marcándolo con cada oleada de placer.

—Bea… —murmuró, más áspero—. No sabes lo apretada que estás.

Kai me sostuvo por la nuca y me hizo mirarlo.

—No pares —le dije apenas respirando.

El ritmo se volvió más profundo, más constante.

Su mano bajó a mi cadera, marcando el movimiento, guiándome con firmeza mientras nuestros cuerpos encontraban una cadencia que ya no necesitaba ensayo.

Sentí cómo empezaba a perder el control antes de que él lo admitiera.

Su respiración dejó de ser regular, la mandíbula se le tensó y su agarre se volvió más fuerte.

Mi cuerpo reaccionó a su voz quebrándose.

A esa mínima grieta en su control. Me incorporé impulsándome contra él, y él respondió de inmediato, me sostuvo por la cintura y me levantó con facilidad, sentándome sobre él dejándonos frente a frente, piernas entrelazadas, su pecho contra el mío, nuestras respiraciones chocando.

Sus manos recorrieron mi espalda y me acercó más, bajó la boca a mis pechos, besando primero lento, luego con más hambre.

Sus labios, su lengua, la presión exacta.

Sentí cómo la tensión volvía a acumularse, más intensa que antes.

Cuando el segundo orgasmo llegó me arqueé contra él, aferrándome a sus hombros mientras el placer me atravesaba entera.

Me hizo ver estrellas, planetas, y todo el sistema solar.

Sentí cómo él perdió el control justo después.

Cómo su cuerpo respondió al mío, cómo su agarre se cerró alrededor de mí mientras soltaba el aire con un sonido bajo, completamente rendido.

Lo sentí dentro de mí, pulsando, temblando con una intensidad que no intentó disimular.

Nos quedamos así unos segundos. Enlazados, respirando juntos.

Su frente cayó contra la mía. Luego levantó el rostro apenas y me besó.

—Quédate aquí —murmuró contra mi boca, todavía recuperando el aire—. Así… conmigo.