5. Bea
Me desperté con una sonrisa. El sol no entraba aún por completo pero ya había luz, y una calma extraña. Como una resaca emocional. Me quedé tumbada un rato más sintiendo el peso del cuerpo, el eco del mar, la voz de Kai todavía sonando bajito en mi cabeza.
Revisé el móvil por costumbre y lo primero que vi fue un mensaje que me había enviado Kai anoche:
Me encantó estar contigo hoy.
Lo leí tres veces. Ese mensaje me hizo sentir algo muy lindo y muy incómodo a la vez. Una contradicción de esas en las que soy experta. Me removió lo suficiente como para saber que quería más, y lo bastante como para asustarme.
No respondí al instante porque sabía que en cuanto diera un paso más todo sería real.
Igual que el casi beso de ayer. Me daba miedo perder lo que ni siquiera sabía si tenía.
Eso es lo que más me asustaba ahora. No un beso, ni un gesto, eso es fácil, sobretodo con Kai, lo difícil era lo que ya se estaba metiendo dentro de mi sin permiso.
La última vez que me permití sentir, me rompieron en pedazos y no sé si podría aguantar eso otra vez.
Me gustaría ser más valiente y saltar al vacío sin que me importe lo que pueda pasar, pero esa no era yo.
Me tomé mi tiempo para arreglarme. Necesitaba ordenar un poco mis pensamientos antes de volver a salir. Justo entonces entró la videollamada de mis padres. Gracias Clara. Suspiré, me senté en el borde de la cama y contesté.
—¡Bea, mi niña! —saludó mamá—. A ver, cuéntanos, ¿ya fuiste a conocer los templos? ¿O el mercado flotante?
—No mamá… estoy en Koh Samui… además he estado trabajando bastante pero lo poco que he visto ha sido maravilloso, y la comida, ¡buah, increíble!
Ambos me miraron como si hubiera dicho que llevaba el día entero jugando a las cartas.
—¿Trabajando? —preguntó papá—. ¿Y no que hay días libres?—Sí papá, igual he estado con cosas del departamento.
—Ay, hija, tú y tus “cositas del departamento”… —dijo mamá, riéndose—. No entendemos bien qué haces ahí, pero bueno.
Sonreí, cansada.
—Dirijo arte. Ya se los he explicado.
—Sí, sí, cariño —dijo mamá, con esa voz que usaba cuando yo tenía cinco años—. Pero eso no es como un trabajo-trabajo. No como lo de tu hermana.
Ahí estaba la comparación; tan natural para ellos como respirar.
—Hoy cerró un caso importante —añadió papá—. Está agitadísima. Tú en cambio…creo que deberías aprovechar que estás por ahí, no?
Yo miré mi propio reflejo en la pantalla: pelo aún sin peinar, piel ligeramente bronceada, ojeras que llegaban hasta las mejillas.
Ellos vieron vacaciones y yo veía el cansancio de semanas completas diseñando sets imposibles.
—Bueno, cuéntanos cosas bonitas —siguió mamá—. ¿Saliste? ¿Tomaste fotos?
—Un poco.
—Eso, disfruta. Que esta etapa tuya es como un viaje antes de que encuentres algo más estable.
Entonces, como quien menciona el clima:
—Por cierto, Hugo pasó esta tarde a saludar. —soltó así como si estuviera hablando del clima.
—¿Hugo?
—Sí. Muy amable, como siempre. Dijo que te mandáramos saludos.
Apreté la mandíbula. “Muy amable”. Claro. Ese hombre podía engañar a cualquiera.
—Bueno —continuó mamá—, mándanos fotos lindas cuando hagas turismo. Las de trabajo no las entendemos.
—Y come bien —añadió papá—, aprovecha.
Colgué después de decirles que los quería, pero el silencio que quedó en la habitación me cayó encima como agua fría.
No me dolieron sus palabras, fue lo que no pudieron ver.
No vieron mis ojeras de cansancio, ni la profundidad del trabajo que hago.
No vieron la mujer que soy ahora, ni lo que estoy construyendo.
No vieron nada… porque nunca han sabido qué mirar.
Ya me gustaría a mí estar de vacaciones.
Inevitablemente pensé en Kai. En cómo me observa sin decirlo, como si entendiera exactamente dónde estaban mis bordes.
Cómo se recostó sobre mis piernas con una confianza tranquila en la playa, cómo me escuchó cantar como si fuera algo importante.
Él sí había visto algo en mí. Algo que yo también empezaba a ver.
De pronto, en esa comparación silenciosa entendí por qué esta llamada me había dejado un nudo en el pecho.
Con Kai… por un momento, solo un momento, fui la versión más sincera de mi misma y él no solo la supo apreciar, sino que además la disfrutaba.
Me quedé un instante inmóvil mirando la pantalla apagarse.
Terminé de prepararme para salir y cuando abrí la puerta para bajar al desayuno, me di cuenta que había una flor en el piso.
No era cualquier flor. Una de aquellas que encontramos días atrás en el jardín, cuando nos detuvimos a mirarlas como si, por un momento, fueran más importantes que todo lo demás.
Pequeña, con los bordes desiguales, los pétalos aún frescos por el rocío de la mañana.
Junto a ella, una nota doblada con cuidado.
Me agaché para recogerla justo cuando Dani salía de su habitación al lado.
Se detuvo al verme con la flor en la mano y arqueó una ceja.
—¿Admirador secreto, Bea?
La miré rápido, un poco torpe, el papel aún sin abrir entre los dedos.
—Seguro se equivocaron de puerta —dije.
No me creyó. Tampoco me esforcé por convencerla. Esperé a que se alejara hacia el ascensor y solo entonces abrí la nota:
No tengo prisa. Solo quería que supieras que estoy aquí.
Aún pensando en el sonido de tu voz y en tus ojos…
¿te he dicho que me encantan tus ojos?
Me quedé sola en el pasillo. La flor en mis manos, una sonrisa boba y el corazón lleno. Supe, sin necesidad de más pruebas, que por más que intentara negarlo, Kai se había robado mi corazón.
Entré de nuevo a la habitación, busqué un vaso, lo llené con agua del grifo y dejé la flor junto a la lámpara, entonces le envié un mensaje:
Gracias por esto… me hiciste sonreír desde temprano