Luces, cámara, amor Chapter 21
20%

Chapter 21

Kai

Salí antes de que pudiera pensarlo demasiado.

El cálido aire de la noche ya se me hacía familiar.

Me apoyé contra una de las palmeras a la salida con las manos en los bolsillos, los hombros tensos y la vista perdida en el cielo estrellado.

Intentando parecer casual, intentando engañarme incluso a mí mismo.

Desde el bar llegaban ecos de música amortiguada, risas lejanas, el murmullo de gente que no sabía lo que yo estaba esperando ahí fuera.

No sabía si había sido demasiado directo. Probablemente sí, pero lo que sí sabía con certeza era que no podía seguir pretendiendo que me bastaban los mensajes breves ni las miradas casuales. Necesitaba más. Cuando estaba cerca de Bea, el resto del mundo se volvía ruido de fondo.

Esperé. Un minuto. Dos. Por fuera parecía tranquilo, por dentro algo se tensaba con cada segundo que pasaba, hasta que la puerta se abrió y por fin la vi salir.

Caminaba con la misma calma de siempre, pero había algo distinto en ella. No eran nervios, caminaba decidida, como si en lugar de estar saliendo del bar, estuviera cruzando una línea invisible. Una que la traía directo a mí.

Llevaba el cabello suelto y un vestido largo con un escote en la espalda que dejaba al descubierto su piel.

Por un segundo no supe dónde mirar, ni me esforcé en decidirlo, pero entonces me di cuenta de un detalle: los pendientes.

Largos, de metal opaco, quizás artesanales.

Tenían ese estilo que uno no encuentra en una tienda cualquiera, sino en un mercado escondido, en un puesto de cosas hechas a mano.

Eran muy ella, muy Bea. No recordaba habérselos visto antes.

De hecho… no. Nunca la había visto con pendientes.

No en desayunos, ni en reuniones, y no podía evitar pensar: ¿Se había arreglado para mí?

Ese presentimiento me recorrió como una corriente sutil porque si bien he dejado claro mi interés, también sé que Bea aún mide el terreno conmigo.

Observa, evalúa, y de algún modo retorcido, eso me atrae todavía más.

No se entrega sin saber. Si quiero que confíe en mí voy a tener que merecerlo.

—¿Caminamos? —le pregunté, bajando la voz.

Ella asintió y no dijimos nada más.

Nos alejamos del bar sin apuro, cruzando el jardín del hotel que estaba lo suficientemente en silencio como para escuchar nuestros pasos. A lo lejos, el sonido suave del agua en la piscina cerrada, y más allá, grillos. La noche parecía inclinarse hacia nosotros.

—Pensé que ya no ibas a salir —dije tras unos segundos.

—Solo tardé unos minutos —respondió sonriendo—. Me despedí del equipo. Mi instinto me dijo que tenía que salir.

Sonreí, sin girarme hacia ella.

—¿Y qué te dice ahora?

—Qué puede ser una gran noche —dijo sonriéndome.

Caminábamos despacio. Nuestros pasos iban al mismo ritmo. Hablábamos de nuestra semana, de lo que nos gustaría poder conocer ya que estamos aquí en Tailandia. Por momentos, nuestros brazos se rozaban, y ninguno se apartaba.

—¿Puedo ser sincero contigo?

—Por favor, de ti no espero otra cosa.

—No dejo de pensar en ti, y eso no es normal en mí.

—¿Normal, cómo?

—Que alguien me descoloque así sin hacer nada.

Ella giró el rostro. No sonreía, pero me miraba de frente.

—Pensaba que se me iba a pasar —confesé.

—¿Y se te pasó?

—No — dije soltando un suspiro—. Por si no te habías dado cuenta, Bea, estoy completamente obsesionado contigo.

Justo después de mi gran declaración, el mundo decidió intervenir.

Una piedra suelta le hizo perder el paso, tropezó y la sujeté por la cintura sin pensarlo.

Mi mano encajó ahí con una naturalidad que me sorprendió, y sentí el calor directo de su espalda desnuda bajo mis dedos.

Su cuerpo se tensó por el sobresalto, su mano se apoyó en mi pecho para equilibrarse, nuestras miradas estaban demasiado cerca.

No nos movimos. Su respiración chocaba contra la mía y mi pulso se aceleró de forma absurda.

Ella no apartó la mano y yo no quise soltarla.

—Estoy bien —susurró sin apartarse del todo.

—Lo sé, Bee—respondí.

Pero no hice ademán de moverme y ella tampoco. Su mano seguía sobre mi pecho y yo no pensaba moverme. Si alguien quería interrumpir esto, tendría que sacarme en grúa.

—Vaya —murmuró—. Qué forma tan dramática de acercarte a mí, ¿no?

—Entrené años para ese segundo exacto. Piedra incluida.

Ella sonrió, con la cara aún cerca, sin terminar de alejarse.

—¿Y ahora qué sigue después de todo ese entrenamiento?

Sin soltarla, la incorporé del todo, acercándola más a mí y con mi mano libre rocé mis dedos por su rostro, lentamente desde la comisura de sus ojos hasta sus labios.

Era preciosa y en ese instante tuve que hacer mi mayor esfuerzo por no besarla ahí mismo.

Quería esperar, quería tomarlo con calma o quizás, y mejor aún, quería que ella me besara primero.

—Disfrutarlo —le sonreí, colocando su cabello detrás de la oreja.

Volvimos a caminar, esta vez de la mano.

El contacto era simple y absolutamente abrazador.

No me reconocía; la última vez que me puse nervioso por una mujer, tenía aparatos y acné, pero ahí estábamos, tocándonos la mano como si fuéramos vírgenes de colegio católico en una excursión supervisada.

Si esto no era madurez emocional, que alguien me lo tradujera por favor.

—¿Qué pensabas antes de que saliera? —preguntó.

Me detuve a mirarla.

—Que si no salías, iba a arrepentirme.

—¿De qué?

—De no haberte dicho que no puedo sacarte de mi cabeza.

Ella no respondió. No hizo ninguna mueca, ni bajó la mirada.

Solo se quedó quieta, observándome. Pero sonrió, y esa sonrisa, me dijo más que cualquier frase.

Di un paso pequeño, casi imperceptible. Acerqué mi mano a la suya, sin forzarla.

Ella no se apartó, y cuando nuestros dedos se tocaron, sentí cómo el aire cambiaba de temperatura. La miré a los ojos firme y sin vacilar.

—Y no quiero que se me pase —añadí.

Seguimos caminando, sin apuro, como si el sendero fuera más largo de lo que realmente era. O tal vez lo era porque yo estaba demasiado ocupado intentando no decirle que me gustaba su cara, su voz y todo lo demás.

Pasamos junto a un pequeño jardín lateral, escondido entre palmeras que no había notado antes. Ella se detuvo.

—Mira eso —susurró.

Entre la vegetación, sobresalía una planta de flores grandes, de un fucsia profundo, con bordes que se curvaban como si estuvieran en movimiento. Eran salvajes y asimétricas.

—Nunca las había visto —comentó agachándose un poco, sin soltar mi mano—. Son preciosas. Parecen de mentira.

La vi mirarlas con una mezcla de sorpresa y ternura.

Como una niña que encuentra algo por primera vez.

No podía dejar de mirarla. Esa forma de inclinarse, de fruncir el ceño con curiosidad, de emocionarse sin darse cuenta.

Ver a Bea me consumía de una manera que nunca había sentido.

Una que por primera vez, me llenaba y no quería que se acabara nunca.

Además, ¿cómo demonios le huele siempre tan bien el pelo?

—¿Crees que se sienten observadas? —pregunté, mirándola a ella.

—¿Las flores?

—Sí. Las pobres están ahí tan tranquilas y tú juzgándolas en silencio.

—No las estoy juzgando. Las estoy contemplando. Me caen bien. No intentan impresionar.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que te gusten, y que no estés mirando la más bonita.

—¿Ah, no?

—No —le respondí mirándola a los ojos.

Ella bajó la mirada por un segundo, intentando no sonreír, pero no podía evitarlo.

—No sé si estás intentando decirme algo o filosofando sobre flores. —expresó sin mirarme.

—Estoy improvisando. Con las flores… y contigo, y creo que sabes muy bien lo que quiero decir.

—Se te da bien lo de improvisar…

Me reí. No podía evitarlo. Ella, sin dejar de mirar la flor, apretó un poco más fuerte mi mano.

—Pero tienes algo que las flores no tienen —añadí, intentando no arruinar el momento.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

—Que haces que todo lo demás se me olvide.

Esta vez no dijo nada. Solo me miró, parecía que intentaba decidir si eso que acababa de escuchar era una línea más o era real.

Nos quedamos quietos. Ella sostenía mi mirada y yo la suya.

—¿Entonces qué haremos mañana? —preguntó.

Me agarró desprevenido. Porque con esa pregunta me decía muchas cosas. Era un sí. Silencioso, elegante y lleno de intención.

—¿Qué…? —empecé a decir, casi torpemente.

—Digo, ya que estás tan inspirado con las flores y la improvisación…

Me reí.

—Quiero llevarte a un sitio —dije, tomando su mano con un poco más de firmeza, solo para comprobar que era real.

Ella soltó una risa bajita, mientras sus dedos jugaban con los míos.

—¿A qué hora nos vemos?

—Temprano. —dije prometiendo algo sin saber aún cómo voy a cumplirlo— Quiero todo el día contigo.