4. Bea
—¿Otra o paramos aquí? —preguntó Dani, apoyando el codo en la barra.
—Otra —dije sin pensarlo—. Nos la hemos ganado.
—Estoy de acuerdo.
Dani pidió dos cervezas en un inglés chapurreado.
El bar estaba más lleno de lo habitual, pero no era una sorpresa, ya que acababa la primera semana de preproducción.
Nadie había rodado una sola escena y aun así flotaba esa satisfacción que solo aparece cuando algo empieza a encajar.
Esa intuición rara que uno solo tiene cuando todo empieza a fluir sin que nadie lo empuje.
El equipo aprovechaba cada minuto. Estar en Tailandia no era poca cosa, y se notaba en la forma en que todos se habían lanzado de lleno a vivirlo: tragos en la mano, planes para playas y templos, promesas de alquilar motos y perderse por ahí.
No había jerarquías esa noche. Camisas sueltas, risas altas, sandalias, cerveza fría y el tipo de conversación que solo ocurre cuando ya nadie está fingiendo prisa.
Estaba sentada en una mesa lateral con Dani y dos chicos del equipo local.
Escuchaba y sonreía en los momentos correctos, respondía con frases justas.
Lo hacía bien. Siempre lo he hecho. Saber estar sin estar porque, en realidad, mi atención estaba dividida.
Una parte de mí seguía la conversación; la otra flotaba alrededor del bar, esperando algo. O a alguien.
Había sido una semana de pasos firmes: locaciones encontradas, materiales organizados, ideas compartidas y escuchadas. Pero también, intermitentemente, una semana atravesada por algo que tenía nombre y apellido: Kai Moreau.
No lo vi entrar, lo que sí vi fue cómo el bar reaccionó. Alex apareció primero, arrastrando una risa fuerte y detrás de él, Kai con una cerveza ya en la mano, saludaba a medio mundo como si llevara semanas ahí.
Antes de que pudiera apartar la mirada, una de las chicas de vestuario se le colgó literalmente del cuello.
Un abrazo largo y efusivo. Kai lo devolvió sin pensarlo, con esa naturalidad suya que no parece medida.
Le dijo algo al oído que la hizo reír, y después le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Encanta fácil, pensé. No supe si lo decía como descripción… o como advertencia.
Llevaba una camisa azul claro de lino, con las mangas dobladas hasta los codos. Todo en él parecía casual, sin esfuerzo. Pero había una armonía en los colores, en las texturas, en cómo se arremangaba la camisa y se pasaba la mano por el pelo. Era terriblemente sexy, y me molestaba admitirlo.
Alguien gritó algo desde una mesa: un comentario, una broma, quién sabe.
Él respondió sin pensarlo, hizo un pequeño paso de baile ridículo pero encantador, con una naturalidad descarada que pedía risa sin anular la intención.
Después levantó la botella como brindando y tiró una sonrisa rápida a una mesa vecina.
Hubo risas, aplausos, incluso un silbido.
No era que buscara llamar la atención, simplemente tenía esa energía que llenaba el espacio.
Una presencia que no se imponía, pero era imposible ignorar. Me descubrí sonriendo sin querer.
Durante la semana habíamos hablado. Mucho.
Mensajes tontos, comentarios sueltos, alguna que otra foto.
Nada demasiado comprometido, solo lo suficiente para mantenernos en línea.
Aun así, nunca habíamos quedado y eso me tenía en ese punto incómodo donde no sabía si estaba captando algo real… o si solo estaba inventando historias.
Me levanté a buscar otra cerveza. Aún no había terminado la que tenía, pero no podía quedarme sentada esperando.
De alguna manera eso me hacía sentir más expuesta que moverme.
No quería que Kai pensara que estaba esperando por él, fui al bar a ordenar y justo cuando giré con la botella en la mano, ahí estaba. Frente a mí.
—Hola —dijo con un saludo que llevaba toda la semana esperando ser dicho, mirándome con esos ojos que dan la sensación de que te atraviesan, y esa media sonrisa que me encanta.
—Hola —respondí con el mismo intento de normalidad.
Nos reímos, porque sabíamos que no había nada normal en eso.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó.
—Bien. Ha sido una semana intensa, pero siento que estamos encontrando el tono. La energía es buena. Las locaciones están semiaprobadas.
—Se nota cuando un proyecto va a salir bien, ¿cierto?
—Sin duda. Desde el primer día se siente en el ambiente. En cómo trabaja la gente. En cómo no hay que forzar nada.
Hablar con él tenía esa facilidad que no se puede fingir y también ese peligro: una cercanía que avanza rápido, sin esfuerzo y sin permiso.
Además, siempre tenía la sensación de que nuestras conversaciones tienen un doble sentido.
Quizás era yo, pero sentía que, entre líneas, hablábamos sobre nosotros.
—¿Qué planes tienes para mañana? —preguntó.
—Varios chicos del equipo quieren hacer un tour por la ciudad. Me han insistido bastante, pero todavía no decido.
—Alex quiere ir a una playa secreta que le recomendaron. Lo escuché decir algo sobre una cueva, un salto y un bote alquilado por alguien que conoce a alguien.
—Eso suena a una película que termina mal.
—Muy Alex… Por eso no pienso ir.
Me reí.
—¿Y tú qué pensabas hacer? —le pregunté.
—Sinceramente… esperaba hacer algo contigo.
Por primera vez pensé que igual no me lo estaba imaginando.
No fue una frase elaborada ni grandiosa, pero la dijo mirándome a los ojos y con esa sonrisa tan suya, sin adornos, con expectativa.
Como todo lo de él, directo, sincero y eso es lo que me desarmaba de este chico.
Tal vez no tenía claro a dónde iba esto, aunque estaba claro que conmigo no estaba improvisando del todo.
—¿Y qué tienes en mente? —traté de responder sin sonreír… no lo conseguí.
—Por ahora, escaparnos de aquí.
—¿Ahora?
—Ahora. O cuando te canses de fingir que estás pasándola bien aquí Bee.
Solté una risa. Porque tenía razón. Porque me conocía más de lo que debería.
—Te espero fuera.
Se fue sin girarse. No me dio tiempo a pensar si era una buena o mala idea, pero para cuando quise hacerlo ya estaba caminando.