Luces, cámara, amor Chapter 14
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Chapter 14

Bea

Cerré la puerta con suavidad, como para que el ruido no rompiera el hechizo. La habitación era la misma de antes pero yo no.

Dejé el móvil en la mesita sin mirarlo. No necesitaba más mensajes. No necesitaba más excusas para volver a bajar, o más bien salir y tirarme encima de Kai. ¿Qué estoy pensando?

Me acerqué al espejo del armario. Aún llevaba el vestido suelto que había elegido sin pensar demasiado. Mi cabello caía sobre mis hombros, un poco desordenado por la brisa tropical y la humedad. Me vi… distinta.

Sentada en la cama no dejaba de recordar la caminata… las risas, el monito, su voz cuando me preguntó si también sentía esa tensión pero sobre todo, su mano sobre la mía. Ese breve contacto que me descolocó.

No. No podía ser. Era demasiado intenso. Demasiado… real. Nos conocimos hace unas horas, no tenía sentido.

Eso me inquietaba. No era atracción vacía, era algo más denso. Sentía que nuestras conversaciones tenían capas ocultas y la extraña sensación de que ya nos conocíamos desde antes. Sentía que lo que me pasaba con él tuviera una línea de tiempo propia.

Me acosté boca arriba en la cama con los brazos estirados a los lados y cerré los ojos. No buscaba dormirme. Solo necesitaba detener el remolino mental en el que estaba.

—Tú también lo sientes.

¿Quién se atreve a preguntar algo así después de un día? ¿Y quién, en su sano juicio… responde así? Yo. Al parecer yo.

Me giré hacia el lado y vi el teléfono. La pantalla estaba apagada. En silencio y aun así me parecía que podía oír su nombre latiendo dentro.

Estás aquí para trabajar, me recordé pero no sonaba con autoridad, sino como si se lo estuviera diciendo a alguien más…

porque a mí ya no me convencía. Intenté pensar en la reunión de mañana.

En los planos. En las primeras presentaciones.

En las locaciones que aún estaban por confirmar y aun así, cada vez que mi mente trataba de enfocarse, aparecía la imagen de él con ese monito en el hombro, sonriendo, riéndose de sí mismo.

O peor: la sensación exacta de su mano tomando la mía.

Suspiré. No estaba lista para esto, pero las cosas que de verdad importan nunca esperan a que uno esté listo.

Me tapé con las sábanas y apagué la lámpara. El cuarto se llenó de sombras suaves, y el ventilador marcaba un ritmo constante, casi tranquilizador. En esa quietud cálida, lo supe con una seguridad inesperada: no era el final de nada, sino el principio de todo.