Luces, cámara, amor
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1. Kai
El aeropuerto olía a curry recalentado y a desesperación. Llevábamos más de tres horas varados en esta terminal por una caída en el sistema de migración… y mi cuerpo ya no sabía si era de día o de noche. Simplemente había dejado de importar.
Alex y yo nos acomodamos en una de esas mesas que parecen diseñadas para torturar la espalda y empezamos nuestro juego favorito: people watching.
Alex era mi mejor amigo desde hace años.
Nos conocimos en nuestro primer rodaje en Canadá cuando apenas empezábamos como actores, y desde entonces nos volvimos inseparables.
Alex tenía el tipo de carisma que se colaba en cualquier sala sin pedir permiso.
Era rubio, con la sonrisa torcida y unos ojos tan expresivos que no necesitaba abrir la boca para actuar.
Tenía rollo de surfista mezclado con intelectual.
—Esa señora del sombrero gigante está escapando de un esposo millonario —dije.
—O buscando uno nuevo —añadió Alex sin levantar la vista.
—Tiene la mirada de quien ya le puso nombre al yate que va a comprar: “Liberación II.”
Nos reímos. Me dolía la cara de tanto reír… y bostezar. Después de tantas horas de vuelo el cuerpo pide reposo.
—¿Y ese de allí con la chaqueta neón? —preguntó Alex mientras señalo con la cabeza a un chico que llevaba una chaqueta fosforescente.
Estaba de pie, mirando su teléfono con una concentración exagerada, tenía el cabello perfectamente peinado hacia atrás, ni un mechón fuera de lugar, y unas gafas oscuras que no tenían ningún sentido dentro del aeropuerto.
—Agente encubierto. Claramente. Está vigilando a alguien pero lo hace fatal.
—¿Y si solo es un turista alemán con mal gusto?
—Eso es menos divertido.
Silencio. Observábamos en automático, sin mirar el reloj.
—Esa pareja de allá… ¿tú crees que están juntos? —pregunté, señalando con la barbilla.
—Ella sí. Él ya no. Tiene cara de culpa. Y no ha soltado el móvil en quince minutos.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque fui él hace dos años.
Arquee una ceja.
—¿Qué?
—Nada. Fue otra vida.
Lo miré extrañado, esperando que añadiera algo más pero no dijo nada. No era propio de nosotros quedarnos sin palabras.
Entonces la vi. Una chica sentada en el suelo con las piernas cruzadas y un libro entre las manos.
Tenía el cabello suelto, algo despeinado.
Vestía una camisa blanca enorme que le caía como una nube y unos pantalones oscuros.
Sus tenis parecían pintados a mano, llenos de dibujos y colores, como si fueran pequeñas historias.
Había algo en ella que no encajaba con el lugar. Mientras el aeropuerto era puro caos, ella era calma. Como si no perteneciera al mismo ruido. No podía dejar de mirarla. En ella… había paz. Paz en medio del caos.
Me quedé observándola. Me sentí… quieto. Eso no me pasaba seguido. No era solo que fuera guapa —aunque lo era—, sino esa energía extraña. Como si nada pudiera tocarla. Por un segundo, levantó la mirada y sentí que nos miramos fijamente.
—Guapa, ¿eh? —dijo Alex.
—¿Qué? —parpadeé, sin dejar de mirar.
—Mira esta chica con la que estoy hablando —me mostró su móvil.
No era ella. Menos mal. Cuando levanté la mirada otra vez, ya no estaba.
—Joder…
Me levanté para estirar las piernas y me puse en la fila de la cafetería. El cansancio me pesaba en las pestañas. Solo quería algo que me ayudara a sobrevivir a esta tortura.
Había una chica nueva atendiendo —o eso parecía—, quizá su primer día, porque no entendía nada de lo que la gente decía y nadie la entendía a ella.
La fila avanzaba lenta, cada cliente frustrado y medio dormido.Cuando llegó mi turno sentí cómo mi paciencia empezaba a evaporarse.
Yo solo quería un café y ella ya me había ofrecido todo tipo de snacks: dulces, salados…
¿picantes? Incluso unas bebidas enlatadas que no tenía ni idea de qué eran, pero que estaba a punto de comprar con tal de acabar con aquello, hasta que escuché una voz justo detrás de mí.
—¿Coffee?
Me giré y para mi sorpresa era ella. La chica de antes.
Estaba de pie, a menos de un metro, mirándome con una sonrisa tranquila, casi soñolienta. De cerca era aún más guapa, y de ella parecía salir un aroma a vainilla mezclado con coco… un olor que me recordó a la playa.
La chica de la caja aparentemente entendió porque la vi sirviendo una taza de café que finalmente traía hacia nosotros. ¿Nosotros?
—¿Hablas tailandés? —le pregunté cuando recuperé algo de dignidad.
—Solo lo básico para sobrevivir. Voy a estar aquí un par de meses por trabajo, así que me pareció buena idea aprender algunas palabras.
Su voz era como su sonrisa; relajada. Daba la sensación de que tuviera tiempo para todo. Hablaba muy bien inglés, aunque tenía un ligero acento que no lograba identificar. No era del todo británico, tenía algo.
—Gracias…Soy un desastre entre el jet lag y la espera infinita. —admití.
—No eres el único —dijo, señalando la fila—. Todos parecemos salidos de The Walking Dead.
Me reí. Por primera vez en horas me sentí despierto. Vivo. No sabía cómo, pero necesitaba seguir hablando con ella. Aunque fuera solo para saber su nombre.