Luces blancas Epílogo
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Epílogo

L o siguiente que ve es que está sentada en el reservado con panelado de madera de un restaurante que da al mar.

Desde la ventana, ve la luna en lo alto del cielo, las estrellas brillantes y el rumor plateado de las olas contra la orilla.

Está sosteniendo una taza de café humeante, y levanta la vista para toparse con un desconocido al otro lado de la mesa.

Parece tener un par de años más que ella, lleva una chaqueta de cuero sobre una camiseta blanca de manga corta y tiene el pelo castaño rojizo y rizado. Está garabateando algo en una servilleta y apenas parece reparar en su presencia.

—¿Cómo he llegado aquí? —Las palabras se precipitan de sus labios. Hace solo unos instantes estaba con Rafe y Asher, atrapada en un infame círculo de fuego.

—El cielo debe andar corto de ángeles si tú estás aquí abajo —suelta el hombre que tiene delante.

—¿Quién eres? —pregunta Dez.

—Esa frase nunca cuela. —Niega con la cabeza, consternado.

¿Y Asher? ¿Dónde está? ¿Dónde está ella ? ¿Cómo es posible que se hayan separado cuando juró que nunca lo abandonaría? ¿Ha ocurrido de verdad? Desde aquí, en ese restaurante anodino, dondequiera que esté, lo que recuerda haber vivido en el sendero parece imposible.

Pero entonces, al bajar la vista, ve que tiene unas manchas de humo en la camisa, procedentes del anillo de fuego que prendió Rafe cuando aterrizó.

—Resulta que sí que quieres a ese tal Asher —dice el hombre con el pelo castaño rojizo.

—Yo… yo… —tartamudea Dez. El hombre la mira con extrañeza, con una curiosidad intensa, como si de verdad esperase una respuesta.

¿De qué conoce él a Asher? Dez cierra los ojos y espera sentirse avergonzada por haber besado a Rafe con Asher moribundo a su lado.

Da un trago al café y se lo pasa por la boca en un intento por borrar todo rastro de ese beso.

Piensa en lo último que le dijo a Asher, justo después de que le arrebatasen los recuerdos de ella. No pudo evitar decirle que lo quería.

Y entonces… ese momento final tan impactante cuando abrió los ojos y pronunció su nombre.

—Estaba muerto… —susurra Dez.

—Así es —responde el hombre, y se echa a reír—. Entonces, ¿le contaste la verdad? Parecía un poco tarde.

Dez se da cuenta de que este hombre le resulta familiar. Ya lo ha visto antes. No a él en persona, sino a su retrato. Colgado en la pared del repositorio.

—Eres Samael.

Él asiente sin levantar la cabeza de lo que está garabateando en la servilleta.

Una camarera pasa junto a ellos a toda velocidad con una bandeja de platos hasta arriba de pescado con patatas. Los turistas cruzan la puerta de entrada y se sacuden la arena de las pantorrillas. En una esquina suena «Learning to Fly», de Tom Petty, a través de un altavoz.

Y Dez está sentada frente al ángel que creó las películas de Adán y Eva.

—Eres el Ángel de la Muerte —afirma.

— Ex ángel de la Muerte —la corrige—. Ahora, un chico solitario al que han exiliado, pero me imagino que querrás que te lo cuente. —Mira por la ventana, pensativo—. El amor siempre me ha dado curiosidad. Como sabes, a los ángeles les está prohibido.

—¿Amar? —pregunta Dez—. ¿Lo tienen prohibido? —Primera noticia. ¿Por eso Rafe, Jet y el resto de las Luces Blancas no pueden d ejar de ponerle las manos encima a los cuerpos humanos? ¿Desean lo que no pueden tener?

¿Por eso se fue Samael?

—¿Sabes dónde está Asher? —pregunta ella.

—Me temo que yo ahí ya ni pincho ni corto —contesta Sam—. Aunque me imagino que no tardará en dar a conocer su presencia.

—Está… ¿vivo?

—Y tanto que sí —declara Sam—. Has cambiado las reglas, Desdemona. Le has dado la vuelta a la tortilla.

—¿Cómo se supone que lo he hecho?

—Dándole fuerzas a Asher para acabar con la muerte. Gracias al amor. O, por lo menos, a la perspectiva de tenerlo.

—Solo intentaba salvarle la vida.

—Algunos seres simplemente tienen más capacidad para amar. Tú tienes una gran compasión, tal y como atestiguan los sujetos de las películas que has creado. Sin embargo, tu fuerza proviene de tu don para el amor romántico. Es una combinación que no había visto hasta ahora.

—Tengo que encontrar a Asher.

Sin dejar de dibujar, Sam dice:

—Sospecho que estará con el otro bando.

—¿Qué otro bando? —pregunta Dez con impaciencia.

—El de los Ángeles de la Vida. Son viejos amigos… o enemigos míos. Pasado un tiempo, es difícil discernirlo.

—¿Asher está con otra secta de ángeles? ¿Cómo llego hasta él?

—Tienes que ascender.

—No puedo. Y, aunque quisiera, que no es así, no van a dejarme. No después de lo que hice.

—Solo tienes que hacer las paces con Rafe y…

— No.

—Lo entiendo, créeme, el tipo puede ser un imbécil. Me pasé la mitad del tiempo con él conteniéndome para no soltarle un puñetazo. De todos modos, solo podrás volver a ver a la persona que supuestamente quieres si asciendes.

—Pero, si me convierto en ángel, ya no podré querer a Asher —responde Dez, siguiendo su lógica—. ¿Cierto?

Sam le da un sorbo al café.

—Ese es un problema para más tarde. Además de uno bastante egoísta.

Parece que no entiendes el caos cósmico que has desatado.

Los Ángeles de la Vida se han fugado con un Verdugo de la Muerte…

No se me ocurre nada más peligroso. —Sam suelta un silbido grave—.

Las Luces Blancas van a perder la cabeza.

—En cuanto vuelva a poner un pie en la Aqueronte, me mandarán derechita al Sheol…

—A estas alturas, no se lo pueden permitir. La Aqueronte te necesita demasiado. Todo el sistema de las Luces Blancas te necesita. Se avecina la gran guerra y tú eres la candidata favorita.

—Samael, ayúdame, por favor…

Él aporrea la mesa y un destello del ángel aterrador que era antaño hace que a Dez se le dispare el corazón. De repente, está aterrorizada.

—Encuentra a Rafe —dice en una voz espantosamente grave—. Besaos y haced las paces. Es la única forma.

Ella niega con la cabeza.

—No quiero volver a verlo. Y me imagino que él a mí tampoco.

—Bueno, eso a veces es sexi —afirma Sam mientras saca la cartera y deja veinte dólares en la mesa—. Tendrá que serlo. Lo creas o no, en este momento, Rafe es tu mayor aliado.

Entonces, Sam desliza la servilleta por la mesa hasta Dez.

—Aquí tienes mi dirección —prosigue cuando sale del reservado—. Escríbeme de vez en cuando para contarme qué tal te va.

—Espera —suelta Dez, pero Sam hace oídos sordos y ni siquiera se molesta en darse la vuelta o en despedirse. Se detiene solo para darle un beso apasionado a la camarera antes de salir, que se sonroja y se queda aturdida.

Y entonces, el antiguo Ángel de la Muerte desaparece.

Dez sostiene la servilleta y ve la dirección de un apartado postal de Champaign-Urbana en una cara. Le da la vuelta y se queda sin aliento.

El otro lado de la servilleta contiene un retrato suyo que ya ha visto. Es exactamente igual al que le dio Rafe hace unos meses, la noche en la que se conocieron.

La única diferencia es que, esta vez, Dez tiene alas.