Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 46
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Capítulo 46

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

Ava

La puerta del despacho de Liam ya está entreabierta cuando llego.

Esa debería haber sido mi primera advertencia.

Aun así, llamo. Doy dos golpes rápidos en la madera oscura y abro la puerta sin esperar respuesta. Los años que pasé al lado de Riccardo me enseñaron a moverme por estos espacios. Con seguridad y sin vacilar.

Como si perteneciera a ellos, aunque todos mis instintos griten lo contrario.

Mi mirada encuentra de inmediato a Liam detrás de su enorme escritorio, con la cabeza apoyada hacia atrás en el sillón de cuero y la garganta expuesta.

Durante un instante absurdo, pienso que está dormido.

Entonces reparo en el movimiento bajo el escritorio.

Dos mujeres. Rubias. Sus cabezas suben y bajan a un ritmo que no deja absolutamente nada a la imaginación.

El calor me inunda la cara tan deprisa que me marea. La mano se me dispara hacia el marco de la puerta para sostenerme mientras mi cerebro intenta asimilar lo que están viendo mis ojos.

—Yo... —La palabra me sale estrangulada—. Disculpa.

Ya estoy dando un paso atrás cuando Liam vuelve la cabeza con indolencia hacia mí. Sus ojos encuentran los míos al otro lado de la estancia y algo cambia en ellos. Se agudiza.

No parece avergonzado.

Parece... estar divirtiéndose.

—Señoritas. —Su voz es un retumbo grave—. Hemos terminado.

Las mujeres salen de debajo del escritorio con toda la tranquilidad. Son preciosas. Son todo piernas largas y lencería apenas cubierta por batas de seda. Ninguna me dedica siquiera una mirada al pasar junto a mí, dejando a su paso una nube de perfume que me revuelve el estómago.

La puerta se cierra tras ellas con un clic.

Y entonces nos quedamos solos.

Liam Blackwood. El hombre que me ha despreciado durante una década. El hombre que salía de todas las habitaciones en las que yo entraba, que miraba a través de mí como si estuviera hecha de cristal, cuando se dignaba a mirarme.

Ahora todo el peso de su atención recae sobre mí.

Ya me he enfrentado a hombres peligrosos. He sonreído durante cenas en las que se hablaba de asesinatos entre plato y plato. He enterrado a un marido y me he alejado de su imperio con la cabeza bien alta.

Pero hay algo en Liam que siempre me ha hecho sentir insignificante.

La humillación y el terror chocan en mi pecho y se enredan hasta que ya no distingo dónde termina uno y empieza el otro. Las palmas me resbalan contra el cuero de la correa del bolso.

Se levanta del sillón mientras sus dedos manipulan la hebilla del cinturón. No aparto la mirada. No pienso darle esa satisfacción.

—Ava —dice—. Te ofrecería la mano para saludarte como es debido, pero me temo que las dos estaban... ocupadas.

La vulgaridad es deliberada. Concebida para escandalizarme.

—Qué desgracia para mí —digo—. Sobreviviré a la decepción.

Se acerca. El escritorio ya no nos separa y tomo plena conciencia del espacio que ocupa. De todo el aire que consume.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta.

Directo al grano. Sin cumplidos. Sin fingimientos.

Bien. Puedo lidiar con eso.

—He venido a informarte de que... —Me detengo. Vuelvo a empezar, esta vez con más firmeza—. A partir de ahora, no quiero tener nada que ver con los Sartori.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

La expresión de Liam no cambia. Se limita a observarme con esos ojos de tormenta invernal que tiene y no tengo ni idea de lo que está pensando. Nunca la he tenido.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí? —Inclina ligeramente la cabeza. Un depredador evaluando a su presa—. ¿No deberías mantener esta conversación con Bruno?

Bruno. El Don. El hombre que, en teoría, ostenta todo el poder en este mundo del que intento escapar.

—Bruno ya tiene bastante entre manos —respondo con cautela.

—Esa no es la verdadera razón.

No. No lo es.

La verdad es más complicada. Bruno y yo tenemos nuestra historia.

Años de historia, enredados con Riccardo, cenas familiares y mil pequeños gestos de bondad que hacen que romper los lazos se parezca a desgarrarse la carne.

Si acudo a Bruno, hará preguntas. Investigará.

Querrá arreglar las cosas, porque así es Bruno.

Y hay cosas que no se pueden arreglar.

—Estoy cansada —me oigo decir—. Solo estoy... cansada.

De fingir. De esconderme. De ser la viuda a la que todos miran con lástima. De sobresaltarme ante cualquier sombra, dormir con un cuchillo debajo de la almohada y preguntarme si hoy será el día en que sus enemigos por fin me encuentren.

De estar en habitaciones con hombres que me miran como si fuera un problema que resolver o una posesión que reclamar.

La dureza desaparece del rostro de Liam durante medio segundo. Relaja la mandíbula. Sus ojos se enternecen apenas un instante y luego todo se desvanece.

—Ava...

—No. —Levanto una mano—. Sea lo que sea lo que estás a punto de decir, no lo... no lo digas.

Sé cuándo alguien está a punto de ofrecer consuelo vacío. Sé cuándo la amabilidad es el preludio de otra cosa.

No me interesa ninguna de las dos.

—Adiós, Liam. —Obligo a las palabras a salir a pesar del nudo que me atenaza la garganta. Asiento una sola vez, de manera seca y categórica—. Transmite mi mensaje o no lo hagas. Me da exactamente igual.

Me vuelvo antes de que pueda responder. Mis tacones repiquetean contra el suelo de madera —firmes, acompasados, controlados— aunque mi corazón aletea como un pájaro enjaulado.

Estoy a punto de llegar a la puerta cuando su voz me detiene.

—Huir no te servirá de nada.

Me quedo paralizada. Mi mano se cierne sobre el tirador.

—No estoy huyendo —digo sin volverme—. Me estoy marchando. No es lo mismo.

—¿No?

La pregunta flota en el aire como si fuera humo. No tengo respuesta. Tal vez porque no estoy segura de que exista una diferencia.

Abro la puerta y salgo.

No miro atrás.

Aprendí hace mucho que mirar atrás solo te muestra lo que estás perdiendo. Y yo ya he perdido bastante.

Liam

Se aleja de mí.

Eso es lo que hace Ava. Lo que siempre ha hecho. Se marcha con la espalda recta, la barbilla alta y esa gracia enloquecedora que hace que todos los hombres de la habitación olviden su propio nombre.

La observo cruzar el despacho exterior. Observo el sutil balanceo de sus caderas bajo ese abrigo color crema.

La forma en que su pelo oscuro atrapa la luz de las ventanas.

Han pasado siete años y todavía se mueve igual que aquella primera noche en el Celestine.

Como si fuera dueña de todas las habitaciones en las que entra, pero no terminara de creerse que pertenece a ninguna.

La mujer más hermosa que he visto en mi vida.

Y acaba de mirarme como si fuera un monstruo.

La puerta se cierra con un clic y me deja aquí, con la camisa abierta y un regusto amargo cubriéndome la garganta. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que duele.

Hace siete años entré en el Celestine para una cena de negocios.

La vi antes que a nadie. Una mujer de pelo oscuro y vestido negro que se reía por algo que había dicho su acompañante.

Una de esas risas que arrugan las comisuras de los ojos y hacen que todos los presentes deseen haber sido el motivo de esa sonrisa.

Me detuve. Sin más, me quedé parado como un idiota en medio de uno de los restaurantes más caros de Chicago.

Entonces Riccardo apareció a su lado. Le puso una mano en la zona lumbar con una naturalidad posesiva que proclamaba mía más alto que cualquier palabra. Captó mi mirada al otro lado del salón y me indicó que me acercara.

—Liam —dijo, esbozando aquella sonrisa suya—. Te presento a mi futura esposa.

Le estreché la mano. Dije algo correcto. Sonreí como me habían enseñado a sonreír en mil situaciones similares. Y enterré lo que fuera que se había encendido en mi pecho al verla, lo enterré tan hondo que me convencí de que nunca había existido.

Riccardo era mi hermano. No de sangre, sino de algo más fuerte.

Me sacó de la oscuridad. Me dio un propósito cuando no tenía ninguno.

La primera vez que apunté a la cabeza de un hombre con un arma por la familia Sartori, Riccardo estaba a mi lado.

La primera vez que recibí una bala, fue él quien me arrastró hasta un lugar seguro.

Estuve a su lado en la boda y lo vi casarse con la única mujer que me había hecho sentir algo. Sonreí. Alcé mi copa. Bailé con la novia porque la tradición lo exigía. La mantuve a un brazo de distancia porque no confiaba en mí mismo para hacer otra cosa.

Durante siete años me he dicho a mí mismo muchas cosas.

Alargo la mano hacia el teléfono del escritorio.

—Marie.

—¿Sí, señor Blackwood?

—Tráigame algo para el dolor de cabeza.

—Ahora mismo, señor.

Cuelgo y me dejo caer en el sillón de cuero tras el escritorio.

Pietro me dio este despacho hace tres años, después del funeral de Riccardo.

Un lugar donde ocuparme de los negocios cuando el complejo resultaba demasiado agobiante.

Un lugar donde llevar a cabo negociaciones que requerían un ambiente concreto.

También lo he utilizado para otras cosas.

El sofá pegado a la pared del fondo ha sido testigo de mucha acción.

Es fácil encontrar mujeres cuando tienes dinero, poder y un rostro que sale bien en las fotos.

Acuden a mí como polillas a la llama, atraídas por el peligro, el acento o cualquier historia que se hayan montado en la cabeza sobre quién soy.

Por la mañana las mando a casa con una sonrisa y un coche con chófer, y vuelvo a no sentir nada.

Funciona. La mayoría de las veces.

Cualquier otro día, con cualquier otra interrupción, habría hecho volver a esas mujeres en cuanto Ava se marchara. Habría terminado lo que empezamos.

Pero Ava me ha mirado con miedo.

No con asco. Ni con desaprobación. Con miedo.

Como si yo fuera alguien capaz de hacerle daño.

Me presiono los ojos con las palmas de las manos hasta ver estrellas. El dolor palpita tras mis sienes, un compañero habitual. Últimamente me ocurre más a menudo. Estrés, probablemente. Demasiadas amenazas contra la familia. Demasiados enemigos dando vueltas como tiburones que han olido sangre.

Demasiadas noches en vela pensando en una mujer en la que no tengo derecho a pensar.

Marie llama y entra con un vaso de agua y dos pastillas blancas.

—¿Algo más, señor?

—No. Eso es todo.

Se marcha. Me trago las pastillas sin agua.

Ava cree que puede alejarse de la familia. Cree que puede despojarse del apellido Sartori como de un abrigo que se ha cansado de llevar. Después de la muerte de Riccardo, volvió a cambiarse el apellido por Fontana. El apellido de soltera de su madre.

Puede que Bruno la deje marchar. Ya tiene bastante entre manos con los rusos rondando y los irlandeses causando problemas en el sur. Una viuda, aunque sea la de Riccardo, quizá no le parezca digna de emplear recursos.

Pero yo no pienso dejarla marchar.

Era la esposa de Riccardo. Eso la convierte en familia.

Eso la convierte en alguien a quien debo proteger, tanto si quiere como si no.

Estuve ante aquel altar y vi a mi mejor amigo casarse con la mujer que atormentaba mis sueños, y me prometí que, si alguna vez le ocurría algo, la mantendría a salvo.

Le ocurrió algo. Una bala en la boda de Bruno. Murió delante de mí. Los gritos de Ava aún me resuenan en los oídos cuando lo recuerdo.

Ese día le fallé a él. A ella no le fallaré.

Puede huir cuanto quiera. Puede cambiarse el apellido, esconderse en su apartamento de Gold Coast y fingir que nunca ha formado parte de este mundo. Pero siempre será la viuda de Riccardo. Siempre estará bajo mi protección.

Y, si quiere librarse de eso, tendrá que mirarme a los ojos y decírmelo a la cara.

Sin huir. Sin alejarse con su gracia enloquecedora.

Enfréntate a mí, Ava.

Cojo el teléfono y busco su contacto. Mi pulgar permanece suspendido sobre su nombre durante un largo instante.

Entonces dejo el teléfono y cierro los ojos.

Todavía no. Necesita tiempo para creer que ha ganado. Para creer que es libre.

Después le recordaré lo que significa la familia.