Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 31
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Capítulo 31

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Gemma

—Y tus ojos —dice Cesare, dejando el tenedor—. Casi grises. ¿De tu madre o de tu padre?

La pregunta queda flotando sobre la mesa, junto a la ternera y el vino que nadie ha terminado.

—Los de mi madre son azules —digo—. Los de mi padre, marrones. Supongo que los míos salieron de algún punto intermedio.

—De algún punto intermedio —repite Cesare. Sonríe como si hubiera dicho algo ingenioso, pero no es así. He dicho una verdad con la voz más inexpresiva que tengo.

La mano de Luca no se ha apartado de mi espalda desde que nos sentamos. No está apoyada, sino colocada allí. Cuatro dedos extendidos entre mis omóplatos, cálidos a través de la tela del vestido.

El comedor es largo y oscuro, con madera por todas partes y una chimenea que nadie ha encendido. Dos puertas, una detrás de Cesare y otra detrás de mí. Tres guardias de pie junto a la pared, con las manos entrelazadas delante del cuerpo.

Doce sillas. Siete personas. Cesare preside la mesa, con Vico y Nero a ambos lados; después estamos Bruno, Antonella, Luca y yo.

Antes, cuando hemos entrado, Cesare ha besado la mano de Antonella y la mía y ha dicho: —Disculpad la casa.

Mi mujer es quien le da calidez, y esta noche está con nuestras hijas.

—Después, se ha dirigido a mí como si fuera importante que lo supiera: —Tengo cinco hijos.

Solo dos me honran esta noche con su presencia.

—Al decir «honran», ha mirado a Nero y a Vico, pero ninguno de los dos le ha devuelto la mirada.

Así que estamos Antonella, yo y una mesa llena de hombres.

—Háblame de Wisconsin —dice Cesare ahora—. Te criaste allí. ¿En una granja?

—En una casa normal. Mi padre vendía seguros. Teníamos un perro. Cosas corrientes.

—Un perro. —Asiente como si fuera un dato importante. Tiene la piel amarillenta y las manos le tiemblan cuando no sujeta nada, así que las mantiene alrededor de la copa—. Una infancia feliz, entonces.

—Una infancia normal.

—¿Y naciste allí? ¿En Wisconsin?

—En Madison —digo.

—¿Fue un parto fácil? ¿Te adelantaste, te retrasaste? —Cesare inclina la cabeza—. Perdonarás a un anciano. Lo pregunto porque tuve una hija que se adelantó. Seis semanas. Los médicos nos dijeron que nos preparáramos para lo peor y, en cambio, gritó más fuerte que todos los chicos.

—No lo sé —digo—. Mi madre nunca habló mucho de eso.

—¿No te contaba historias? A las madres les encantan esas historias.

—A la mía le gustaban otras.

Al otro lado de la mesa, Antonella alza la copa y bebe. Sus ojos se posan en mí por encima del borde de la copa. Una breve mirada. Dice: «Yo también me doy cuenta». Bruno corta la ternera sin decir nada, y su silencio ocupa más espacio que la voz de Cesare.

Los dedos de Luca se clavan en mi espalda con un grado más de presión.

—Ya ha respondido a suficientes preguntas como para rellenar un censo —dice. Su tono sigue siendo uniforme, casi cortés—. Hazme alguna a mí.

Cesare ríe, un sonido húmedo que se transforma en una tos que cubre con la servilleta. Nero observa toser a su padre sin moverse. Vico me observa a mí.

—La proteges —dice Cesare cuando recupera el aliento—.

Bien. Pero no pretendo hacerle ningún daño, signora Farro.

Soy un hombre curioso y me queda poco tiempo para seguir siéndolo.

Y... —extiende las manos temblorosas— vi que no había nadie de su familia en la boda.

Ninguna madre de ojos azules. Ningún padre que venda seguros.

Una novia sin nadie que la respalde. Eso hace que un hombre se pregunte cosas.

Dejo el tenedor. Bajo la mesa, mi rodilla roza la de Luca, y no sé si lo he hecho yo o él.

—Mis padres tenían un viaje reservado —digo—.

Seis semanas por Europa. Llevaban dos años planeándolo y lo habían pagado todo por adelantado.

Luca y yo no organizamos la boda con mucha antelación: cuando nos decidimos, lo hicimos deprisa.

—Exhalo suavemente por la nariz, como hace una mujer cuando le avergüenza un poco su propio romanticismo—.

No íbamos a obligarlos a cancelar el viaje.

Así que acordamos celebrar una ceremonia con nuestros familiares más cercanos en nuestro primer aniversario.

Solo ellos, mi hermano y unas cuantas personas. Algo pequeño.

Dieciocho meses mintiendo a mi madre por teléfono me enseñaron a hacer esto. Hay que procurar que los detalles sean aburridos. Dar una cifra, un plazo y parar.

Cesare tarda un poco en responder.

—Una ceremonia en el primer aniversario —dice—. Es una idea preciosa.

—Interesante —dice Vico.

Una sola palabra. Se recuesta en la silla con su copa de vino y la deja flotando en el aire, a la espera de que me explique, de que añada algo, de que llene el silencio como lo hace la gente nerviosa.

Lo miro, vuelvo la vista al plato y cojo el tenedor.

El silencio se prolonga hasta que Bruno lo rompe con una pregunta sobre fútbol y empiezan a hablar de jugadores y trofeos.

Pero Cesare no está escuchando a Bruno. Lo percibo sin levantar la cabeza. Sigue mirándome y, cuando por fin alzo la vista, levanta la copa un par de centímetros de la mesa —por mí, solo por mí— y tiene los ojos llenos de lágrimas.

No sé qué he hecho para provocarlas.

Luca

Vico sale por una puerta lateral antes de que yo consiga llegar al vestíbulo y planta una mano en mi pecho.

Me detengo. Gemma está a unos nueve metros, junto a Bruno y Antonella, recogiendo su abrigo de manos de uno de los guardias de la casa. Dos hombres de Cesare custodian el extremo opuesto del pasillo.

—Hablemos —dice Vico.

—Pues dime de qué quieres hablar. —No aparto su mano. Apartársela sería iniciar una pelea, y una pelea en esta casa acabaría con la alianza y posiblemente conmigo—. Tienes hasta que mi mujer se dé cuenta de que no voy detrás de ella.

Él mismo retira la mano. Tensa la mandíbula antes de hablar.

—El viejo se está encariñando —dice Vico en voz baja—. Lo has visto. Apenas ha comido. La ha observado durante toda la cena como si fuera a desaparecer en cuanto parpadeara.

—Ese es su problema. No es mi puto problema.

—Se convertirá en el tuyo. —Se acerca más—. Si estáis jugando con nuestra sangre, si este matrimonio es un truco de los Sartori para aferrarse al corazón de un moribundo, me enteraré. Y te lo haré pagar pedazo a pedazo.

Mantengo el peso apartado de la pierna mala y los ojos fijos en sus manos. La derecha permanece relajada a su costado. Ha venido a hablar, no a golpear. Esa es la única razón por la que sigo escuchándolo.

—Se parece a su madre, ¿sabes? —dice—. El parecido es extraordinario. Papá guardó una fotografía. Una sola fotografía durante treinta años. Esta noche ha visto cómo la mujer de la fotografía cogía un tenedor y respondía preguntas en su comedor.

En algún punto detrás de la voz de Vico, oigo a Gemma reírse de algo que Antonella ha dicho junto a la puerta; es una risa breve y nerviosa que se interrumpe en cuanto recuerda dónde está.

—Esto es lo que pasará si seguís presionando —digo—.

La acorraláis en cafeterías. La interrogáis durante la cena.

Me plantáis una mano en el pecho en un pasillo.

Hacedlo una vez más y me llevaré a mi mujer.

Ninguno de vosotros volverá a verle la cara.

Hay lugares en este mundo donde puedo esconderla y en los que toda tu puta familia podría buscarla durante cien años y morir de vieja en el intento.

La boca de Vico se convierte en una fina línea. El pasillo parece encogerse.

—Hazlo —dice, inclinándose hacia mí— y todos los Sartori de Chicago acabarán muertos. Tu don. Su mujer. Todos. No se la quitarás durante sus últimos meses para después marcharte con vida.

Oigo la verdad en sus palabras. Los soldados de los Orsini ya atravesaron una vez la puerta de mi apartamento a tiros. Este no es un hombre que se marque un farol mientras bebe vino.

—Respóndeme a una cosa —digo—. ¿Has estado enamorado alguna vez?

Parpadea. Esperara lo que esperase de mí, no era eso.

—Eso no es asunto tuyo, joder.

—Entonces no tienes ni puta idea. —Mi voz suena serena, lo que me sorprende, porque mi pulso no lo está—.

Si lo hubieras estado, sabrías que solo hay una persona importante en la vida de un hombre, y es la mujer a la que ama.

Dejaría que todo este continente ardiera hasta quedar reducido a cenizas antes de permitir que alguien le pusiera una mano encima.

Así que presióname un centímetro más, Vico, y te arrepentirás.

Te prometo que me importará una puta mierda lo que me cueste.

La palabra «ardiera» sale de mi boca y un pedazo de mi corazón vuelve a romperse.

Vico salva la distancia que queda entre nosotros y apoya la frente contra la mía. Su aliento es caliente y agrio. Ninguno de los dos parpadea.

—La próxima vez que amenaces con quitarnos a nuestra hermana —dice, ahora en voz baja, lo que es peor que los gritos—, acabarás muerto. Agradece que mi padre se esté muriendo y que eso le haya ablandado el corazón. Es la única razón por la que el tuyo sigue latiendo.

Retrocede, se arregla la chaqueta y camina hacia los dos hombres situados al final del pasillo sin volver a mirarme.

Me doy la vuelta y me dirijo hacia las puertas.

Los coches esperan en la entrada con los motores encendidos. Gemma está sentada en la parte trasera del nuestro, con el abrigo aún abrochado hasta el cuello, y cuando me ve a través del cristal, sus hombros descienden cinco centímetros.

No los pondría en peligro. Ni a Bruno, ni a Antonella ni a nadie. Si tuviéramos que huir, encontraría otra forma, una más discreta, y ningún Sartori pagaría por ello. Que Vico crea lo que necesite para dormir por las noches.

Pero el resto era cierto. Cada una de mis palabras. Estuve en aquel pasillo y me oí decírselo en voz alta a un Orsini antes de haberlo admitido en ninguna otra parte, ni siquiera dentro de mi cabeza.

Ella me espera en el coche, mirándome con el rostro de su madre, y observándome cruzar la grava

Lo peor es que puede que esté enamorado de ella.

Gemma

La puerta aún no se ha cerrado cuando lo empujo.