Luca (Sindicato Feretti 14) Capítulo 1
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Luca (Sindicato Feretti 14)

Luca (Sindicato Feretti 14)

Por Sherry Blake

© inepub.com

Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

Gemma

El restaurante huele a café quemado y a friegasuelos, que a estas alturas vienen a constituir mi colonia. Nueve horas de ese olor impregnado en el pelo, la camisa y la piel bajo las uñas. Limpio la mesa catorce con un trapo que debería haber cambiado hace una hora y miro hacia el rincón del fondo.

Nina está sentada en el reservado junto a la puerta de la cocina, el del asiento de vinilo rasgado bajo el que metí una servilleta doblada para que no le pellizcara las piernas.

Los pies no le llegan al suelo. Le cuelgan, balanceándose un poco, mientras ella permanece inclinada sobre una hoja de papel con una cera verde apretada en el puño.

La agarra mal. La sostiene como si fuera un cuchillo, rodeándola con todo el puño, y siempre pienso que tengo que enseñarle a sujetarla bien. Creo que sigo sin hacerlo porque dibuja perfectamente así, tiene cuatro años y tengo que elegir mis batallas.

No ha levantado la vista en veinte minutos.

La otra camarera, Dee, se marchó a las nueve.

El cocinero está al fondo, rascando la plancha y soltándole improperios, lo que significa que ya casi ha terminado.

Quedan dos clientes. Un tipo con gorra de camionero que lee el móvil ante unos huevos fríos y una mujer mayor que lleva alargando el mismo café desde antes de mi descanso.

Rocío la mesa doce y la limpio trazando círculos, frotando la mancha de kétchup reseco que hay cerca del borde.

Me duelen los hombros. Desde hace una semana, la zona lumbar se me bloquea si paso demasiado tiempo de pie, lo cual supone un problema cuando tu trabajo consiste en estar de pie.

Cambio el peso de una pierna a otra, presiono con los nudillos el punto que tengo sobre la cadera y sigo limpiando.

Mariela está en San Antonio. Su madre sufrió una caída —no se rompió nada, pero Mariela ya se había subido al autobús antes siquiera de terminar la llamada.

Se fue el martes. Hoy es jueves. Diego y Camila están con la tía de Mariela en la zona sur, y Nina está aquí.

En un restaurante. A las diez y cuarto de la noche de un jueves.

Al menos mañana no tiene colegio porque no puedo permitirme pagar la escuela infantil.

Me merezco alguna pequeña concesión del destino.

Está bien. A las siete se comió un sándwich de queso a la plancha que Sal le preparó sin que yo se lo pidiera, todo un detalle por su parte. Se bebió la leche. Fue dos veces al baño y se lavó las manos ambas veces sin que nadie se lo dijera. No ha llorado ni protestado ni ha pedido volver a casa.

Tiene cuatro años y nunca me da problemas.

Dejo de limpiar y la miro.

Eso es lo que me deja un mal cuerpo cuando me permito pensarlo.

Una niña de cuatro años debería darte problemas.

Debería tirar las ceras. Debería querer marcharse y decirlo a gritos delante de todo el mundo.

Camila lo hace. Camila llevaría ya una hora tirada en el suelo, chillando, y eso está bien, es normal, así son los cuatro años.

Nina aprendió a guardar silencio de la misma forma que yo. Con el mismo maestro.

Coge la cera azul. Deja la verde. Mueve un poco los labios —está hablando consigo misma, narrando lo que sea que dibuja, pero no alcanzo a oírla.

Me doblo el trapo sobre el brazo y camino hasta su reservado. Me siento frente a ella. Levanta la vista y su expresión sufre ese cambio; no es exactamente una sonrisa, sino más bien como si se le relajara el cuerpo entero. Baja los hombros. Abre más los ojos. Empuja el papel hacia mí.

—Es una casa —dice.

Es verde y azul, tiene siete ventanas y ninguna puerta.

—Es una casa muy bonita.

—Tiene un jardín.

—Ya lo veo. —Señalo el garabato de la parte inferior—. ¿Qué está creciendo ahí?

—Tomates —responde como si fuera evidente—. Y un pez.

—¿Estás cultivando un pez en el jardín?

Asiente, muy seria.

Le aparto el pelo de la frente. Lo tiene enredado. Se lo cepillaré cuando lleguemos a casa.

—Vale —digo—. Un jardín de peces. Me gusta.

Luca

La farmacia está en un extremo de un centro comercial, con el letrero zumbando bajo el cielo gris de Chicago. Aparco cerca de la entrada y apago el motor, pero no salgo.

Me duele el hombro. Es esa clase de dolor que se instala en los huesos y que, con cada respiración, me recuerda que dos balas encontraron refugio en mi cuerpo hace seis semanas.

Una atravesó la carne del muslo y la otra rozó el borde del omóplato antes de salir.

Lo del muslo es peor. Me hace cojear cuando estoy cansado, es decir, siempre desde entonces, y odio con toda mi puta alma cojear.

Me quedo sentado en el coche, observando a una anciana que atraviesa con pasos renqueantes las puertas automáticas, con una bolsa de plástico colgándole de la muñeca.

Valentino me ordenó descansar. Descansar.

Como si fuera una máquina a la que hay que cambiarle el aceite, un coche que se puede dejar aparcado en un garaje hasta que alguien vuelva a necesitarlo.

Valentino Conti —el hombre que dirige la seguridad de los Sartori, que gestiona los contactos europeos de la familia, que en su puñetera vida se ha quedado quieto más tiempo del que tarda en recargarse— me dijo que me tomara un tiempo libre.

—Muerto no le sirves a nadie —dijo. Tranquilo. Seguro. Como habla Valentino siempre.

Quise decirle que vivo tampoco le sirvo a nadie.

La calefacción se apaga con un chasquido. El frío se filtra por las ventanillas.

Llevo seis años trabajando sin parar. Seis años desde Elena. Desde que dejé de ser un hombre y me convertí en otra cosa. Una función, una herramienta, un par de manos que saben poner fin a las cosas de forma limpia.

Eso era lo que necesitaba Valentino, lo que necesitaba la familia, y a mí me venía bien. Trabajar significaba no tener que pensar. Trabajar significaba caer rendido en la cama, demasiado agotado para soñar.

Ahora no hay nada.

Me paso una mano por la cara. La barba está empezando a crecer de más. Debería afeitarme. Debería comer algo que no fueran sobras frías de comida a domicilio. Debería hacer los putos ejercicios que el fisioterapeuta anotó en aquella hoja que tiré hace tres semanas.

Debería querer recuperarme.

La herida del muslo palpita y apoyo la palma encima a través de los vaqueros. El dolor casi resulta agradable. Significa algo. Es la prueba de que sigo aquí, incluso cuando no sé muy bien por qué debería importarme seguir.

Hay días en que pienso que las balas deberían haber cumplido con su cometido.

De forma limpia. Rápida. Un final con sentido.

Pero aquí estoy, aparcado delante de una farmacia en una ciudad que no es la mía, esperando para recoger unas pastillas que aliviarán el dolor de mi cuerpo, pero no harán nada por todo lo demás.

De todos modos, me siento muerto. Las balas solo lo habrían hecho oficial.

Un niño pasa corriendo junto a mi coche, persiguiendo a una mujer que probablemente sea su madre.

Ella lo agarra por la capucha de la chaqueta y lo alza hasta colocárselo sobre la cadera.

Él se ríe. Ese sonido luminoso de sorpresa que emiten los niños cuando no piensan en nada salvo en este instante, este segundo.

Aparto la mirada.

La receta lleva dos días lista. Debería entrar. Recogerla. Volver al apartamento y no hacer absolutamente nada.

Abro la puerta del coche y el frío me golpea como una bofetada. La pierna protesta cuando me pongo de pie, con un tirón agudo que me atraviesa el músculo en proceso de curación, y me permito apoyarme un segundo en el coche antes de echar a andar.

Un pie delante del otro. Es algo que se le puede pedir a cualquiera.

No es suficiente. Nunca es suficiente, joder. Pero es lo que tengo.