Capítulo 33
H e sido muy feliz. Ahora que ya soy una anciana y contemplo los años desde la perspectiva que da la vejez puedo ver la vida tan extraordinaria que he tenido.
Mis primeros años no fueron fáciles, pero incluso en el burdel de Madame Yeng supe encontrar mi lugar y no ser una más.
Cheng Yi me sacó de allí y me dio un nombre, y le estaré eternamente agradecida por ello.
Supo ver en mí un potencial que ni yo misma sabía que tenía y aceptó ser mi socio a partes iguales cuando aquello parecía una locura.
Lo amé muchísimo, y una parte de mí siempre lo seguirá amando, porque fue el hombre que me permitió ser la persona que he llegado a ser.
Me enseñó, me guio y me dio las armas para valerme por mí misma en la vida.
Su muerte fue un doloroso golpe, pero supe salir adelante.
Y qué decir de Chang Pao Tsai. Mi segundo esposo, el amor de mi vida.
El hombre que me deseó en silencio durante años mientras me llamaba madre, el que renunció a casarse y formar una familia a pesar de saber que nunca sería suya.
El que me apoyó en todas mis decisiones tras la muerte de su padre y se casó conmigo para legitimarme ante nuestros hombres.
El que nunca me pidió nada como marido, ni compartió mi lecho ni se permitió licencia alguna excepto una caricia furtiva cuando el corazón le explotaba en el pecho.
El que se fue colando en mi corazón sin que yo me diera cuenta, poco a poco, de una forma tan silenciosa e implacable como él, hasta que de repente un día descubrí que me faltaba el aire solo de pensar en no tenerle a mi lado.
Creé un imperio. Nadie que no sea un rey ha tenido tantos barcos a sus órdenes antes ni nadie los tendrá después de mí.
No es soberbia, es que creo que ahora esto ya no sería posible.
Tomé en mis manos el legado de Cheng Yi y lo convertí en un ejército pirata al que nadie podía hacer frente.
Oír el simple nombre de la Armada de la Bandera Roja hacía que la gente temblara y depusiera las armas.
Hasta el emperador sucumbió bajo nuestra potencia naval.
Perdimos, al final, aunque no puedo considerar una derrota el retirarnos en las condiciones en que lo hicimos.
Más bien una última victoria disfrazada de claudicación.
Chang Pao Tsai y yo vivimos muchos años felices: él siguió navegando, esta vez a las órdenes del emperador, y yo llevaba mi casa de apuestas, que se hizo famosa en todo Cantón.
Nos codeábamos con la aristocracia local y siempre fuimos muy respetados.
Al año siguiente de nuestra boda Pao Tsai cumplió su misión más personal: atrapó a O Po Tae tras una encarnizada batalla y lo trajo prisionero a Cantón.
Debía presentarlo ante el delegado imperial, pero quiso hacerme un regalo: apareció ante mi puerta con el traidor atado y fuertemente custodiado.
Lo miré con fijeza a los ojos oscuros, que evitaban mi mirada, hasta que descubrí, con sorpresa, que no sentía nada.
No había ira ni rabia ni deseos de venganza.
Ya no. Estaba en paz. O Po Tae fue ajusticiado a la semana siguiente, pero no asistí a la ejecución.
En 1813, cuando tenía treinta y siete años, di a luz a mi primer hijo. Nadie, empezando por mí misma, pensaba que aquello pudiera ser posible, pero no solo fue así, sino que tuve otros tres hijos con Pao Tsai que nos llenaron de felicidad.
Pero todo lo bueno se acaba: Pao Tsai murió unos años después y yo me encontré viuda de nuevo a los cuarenta y seis años, sumida en un dolor que nunca pensé que se pudiera sentir.
Me fui de Cantón. No soportaba seguir en esa ciudad ahora que él ya no estaba allí, ahora que sabía que no aparecería cualquier día en mi puerta con una sonrisa deslumbrante y la piel con sabor a sal.
Me mudé a Macao y allí volví a mis orígenes.
Abrí una nueva casa de apuestas y burdel, un sitio donde las muchachas fueran bien tratadas y las jóvenes sin otro recurso pudieran ganarse la vida.
Al menos, me encargaba de que tuvieran una educación y pudieran decidir qué hacer con su vida.
Pronto fue el más grande y famoso de toda Asia.
Pasaron los años y el dolor por la ausencia de Pao Tsai se mitigó, aunque nunca se fue del todo.
Me mantenía entretenida con la crianza de nuestros hijos y la gerencia de la casa y, un día, llegaron emisarios del emperador: China estaba en guerra con los británicos y requería mi ayuda.
Qué ironía tan grande, ahora ayudaba a los que lucharon contra mí a librar una guerra.
La Guerra del Opio, la llamaron. Puse a su disposición mi conocimiento y mi experiencia, aunque no sirvió de mucho.
Los británicos ganaron y se repartieron nuestros recursos como quisieron.
Pero todo eso ya me da igual. Tengo ya sesenta y nueve años y creo que pronto me reuniré con mi amado esposo.
O con los dos, si en el otro mundo esas cosas son posibles.
Al fin y al cabo, eran padre e hijo y se amaban tiernamente.
Quién sabe. Pronto tendré las respuestas a mis preguntas, aunque supongo que para entonces ya no importará.
Me llamo Ching Shih y esta ha sido mi vida.