Loto rojo Capítulo 32
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Capítulo 32

E l día amaneció frío y soleado. Ching Shih se vistió con ayuda de la criada que había conseguido nada más bajar a tierra.

Se había llevado a Fang a su nueva vida, pero ella hacía mucho que ya no era una sirvienta, sino una amiga.

Se miró en el espejo. A sus treinta y tres años aparentaba todavía mucha menos edad, incluso a pesar del sol y el salitre de los años anteriores.

Llevaba un qipao en seda roja bordado con grullas y dragones dorados, rosas y verdes.

Se había recogido el pelo al estilo manchú y de la tabla que sujetaba su peinado colgaban cascadas de flores.

Había maquillado su piel con polvos de arroz y dibujado sus labios en forma de corazón.

Sus profundos ojos negros brillaban con ilusión por lo que le esperaba y por las ganas de ver la cara de Chang Pao Tsai cuando supiera lo que le había reservado.

Cuando llegó a la puerta del templo él ya estaba allí, esperando.

Había recogido su melena en una corta trenza, aunque no había rapado la parte delantera.

Ching Shih suspiró: echaría de menos sus rizos salvajes sobre la frente, pero ahora debían seguir las directrices.

Chang Pao Tsai llevaba un qipao de seda negra con bordados dorados.

Cuando la vio, sus ojos se abrieron por la sorpresa.

—Estás preciosa —dijo. La miró de arriba abajo y sus ojos relucieron—. Pareces una novia.

—Soy una novia —respondió ella con una sonrisa.

Los ojos de Pao Tsai se abrieron más aún, aunque eso ya no parecía posible.

—Espera, ¿quieres decir que…? ¿Me has hecho ponerme así de elegante para…?

Ching Shih tuvo un ataque de risa. Dejar sin palabras a Chang Pao Tsai no era tarea fácil.

—Es nuestra boda, esposo. Nuestra boda oficial, si es que quieres llevarla a cabo.

El joven la miró con duda. Estaban casados, sí, pero por un rito pirata llevado a cabo por un capitán de barco en la cubierta del Dragón Celestial . No era fácil que una viuda, como Ching Shih lo era de Cheng Yi, consiguiera permiso para poderse casar de nuevo de acuerdo a la legalidad.

—¿Cómo has conseguido el permiso?

—No pienso rebelar mis trucos, esposo mío —dijo ella, pero al ver la confusión en la cara de Pao Tsai no pudo aguantar—.

¡Está bien! —dijo entre risas—. Es parte del acuerdo al que llegué con los delegados del emperador por nuestra rendición.

Pensé que te haría ilusión. —Se quedó repentinamente muda mirando a Pao Tsai—. Porque te hace ilusión, ¿no es así?

Entonces, poco a poco, una amplia sonrisa se extendió por la cara de Pao Tsai, cada vez mayor, hasta que todos sus dientes brillaron a la luz de la mañana y los ojos se ocultaron tras una maraña de arrugas.

Se acercó a Ching Shih, la cogió de la cintura y la levantó dando vueltas con ella ajeno a las miradas que provocaba entre los asistentes al templo.

—¡Pues claro que me hace ilusión! —exclamó—. No podrías haberme hecho un regalo mejor que el de convertirte en mi esposa por fin, de forma legal y para toda la vida.

La mirada que ambos se cruzaron después de aquello hizo soltar un suspiro a la criada de Madame Ching.

Seguramente la muchacha soñaba todavía con un amor que superara todas las dificultades, incluso peligros mortales.

Tal vez solo hubiera oído historias sobre su señora y no creyera en los muchos años que los esposos estuvieron negando lo que sentían el uno por el otro.

Pero en aquel momento y en aquel lugar, Ching Shih y Chang Pao Tsai caminaron de la mano hacia el interior del templo, donde un sacerdote bendijo su amor y los unió en matrimonio.

Pao Tsai tomó la cara de Ching Shih entre sus manos y depositó en sus labios un beso suave, tierno, casi casto, que hizo que a ella, Madame Ching, la temible pirata, se le humedecieran los ojos.

Después fueron a una de las pocas iglesias cristianas de Cantón para recibir también la bendición del Dios de Pao Tsai.

Acabaron en una casa de comidas y celebraron el enlace durante el resto del día, invitando a beber a todos los antiguos miembros de su tripulación que todavía se encontraban en la ciudad.

Ya atardecía cuando Pao Tsai se acercó a su esposa y le puso la mano en la cintura.

—¿Nos vamos a la posada, esposa mía? —susurró.

Ella negó con la cabeza, pero la sonrisa en su rostro desmintió el rechazo.

—No —dijo poniendo una mano en la mejilla de su marido—. A la posada no.

—¿No han acabado las sorpresas por hoy?

—Así es —rio ella—, pero no te acostumbres.

Caminaron por las calles de Cantón agarrados de la cintura.

Todos sabían quiénes eran, y los que tenían dudas dejaban de tenerlas al ver a aquella mujer tan esbelta, vestida como una gran dama el día de su boda, caminar a la altura de su marido, que la miraba con adoración.

La noche ya había caído y los farolillos iluminaban las calles.

Pronto llegaron a su destino. Ching Shih le mostró la gran casa que había adquirido.

—¿Qué te parece?

Pao Tsai se la quedó mirando.

—Muy grande. Casi… demasiado.

—Es grande porque no es una vivienda —dijo ella—. Tú seguirás navegando y tendrás una ocupación, pero me conoces bien: no puedo quedarme quieta. En este edificio abriré una nueva casa de apuestas. ¡La mejor de toda China!

Chang Pao Tsai asintió. En ningún momento se le pasó por la cabeza que ella debiera pedir su permiso, ahora que era su esposa legal.

Ching Shih nunca respondería ante nadie y precisamente eso era una de las cosas que más amaba de ella.

Su pirata, su estratega, la comandante que puso en jaque al mismísimo emperador celestial.

La que no conocía el miedo y acudía a la batalla aun sin saber casi esgrimir un sable, armada solo con su coraje y su inteligencia.

Sabía que ella habría pensado en todo, así que esperó.

Ching Shih ocultó una sonrisa y siguió caminando hasta el edificio contiguo, más pequeño, pero en el que se apreciaban unas calidades exquisitas.

—¿Te gusta?

—Sigue siendo grande —dijo él—. Después de un barco, todo me parece enorme —rio—, pero me gusta. ¿También la has comprado?

Ella asintió.

—La compré para los dos. Este será nuestro hogar, si te gusta. Aquí estaré cada vez que vuelvas a tierra para recordarte que siempre te esperaré.

Él la abrazó.

—Yo te esperé tantos años… Tantos años pensando que estabas prohibida para mí, incluso cuando ya éramos marido y mujer. No sabes cuánto he anhelado tu compañía.

Ella lo tomó de la mano y lo condujo dentro.

La doncella había dispuesto una habitación con lámparas y farolillos, té, agua, licor y pastelitos, y todo lo necesario para la noche de bodas.

Ninguno de los dos tenía hambre ni sed, al menos no de todo aquello que les rodeaba y que no fuera la persona que tenían enfrente.

Se abrazaron con la fuerza y la entrega que dan tantos años de espera, de negar sus sentimientos y tratar de guiar sus acciones por el deber.

Se besaron con la pasión de tanto tiempo reteniendo sus impulsos, que apenas unos días de desquite no habían conseguido aplacar.

Ching Shih soltó la trenza de Pao Tsai y hundió los dedos en su melena.

Lo atrajo hacia su boca y él se lanzó como un tigre hambriento.

Forcejeó con su qipao y lo deslizó por sus hombros mientras su boca recorría el blanco cuello de Ching Shih y bajaba hasta el escote.

Desató la camisola y siguió hacia abajo, besando los pechos pequeños y todavía firmes.

Ella tiró de él hacia arriba y volvió a besarle.

Soltó su batín y dejó al descubierto aquel torso fuerte y moreno que la volvía loca.

Desató el pantalón y quiso quitárselo, pero Pao Tsai la cogió en brazos y la tumbó sobre la cama.

Sin dejar de besarla, deslizó los calzones de ella hacia abajo y después se desprendió de los suyos.

Miró a Ching Shih a los ojos: estaban nublados por el deseo y se incorporó hacia él tratando de estar más cerca de su piel.

Pao Tsai la besó de nuevo en la boca y se colocó entre sus piernas.

Ella suspiró, elevó las caderas hasta sentir su contacto y pronto él se deslizó en su interior y comenzó a moverse, al principio con suavidad, luego más y más rápido, hasta que los dos estuvieron bañados en sudor y jadeantes, y explotaron a la vez en un éxtasis abrumador.

Al terminar se abrazaron y Pao Tsai besó el cabello de Ching Shih. Ella reposó la cabeza en su pecho.

—Las cosas han terminado bien, al final —dijo él.

Ching Shih suspiró de nuevo y cerró los ojos, feliz. Se sentía en casa.