Los Wycherley (Los Wycherley 1) Capítulo treinta y siete
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Capítulo treinta y siete

Treinta y siete

N ightly y yo acabamos en la parte trasera de un carruaje.

—Llévelos al palacio de Carlton —ordena Frances y luego nos dice—: Nos reuniremos con vosotros en cuanto lleguemos, junto con el resto del consejo.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Jules me toma la mano, y noto cómo nuestras magias siguen fluyendo entrelazadas.

—¿Cómo está tu madre? —La voz me sale áspera.

Nightly conjura una llamarada umbría, y a su luz titilante me examina el cuello, me pasa con cuidado los dedos por los hematomas.

—Si mi madre no hubiera matado a Geoffrey, lo habría hecho yo —responde—. Está en estado de shock, como es lógico. Aún conserva todo su poder… y también el de él. Dice que lo nota dentro.

Abro los ojos asombrada e intento hablar, pero lo único que consigo es toser. Nightly me frota la espalda y luego el cuello y la garganta. Sus dedos son cálidos y suaves, y noto cómo su magia me envuelve y empieza a curarme.

—No sabe lo que pasará. Tu madre y Frances tendrán que convocar una reunión extraordinaria del consejo para decidir qué hacer con su puesto como cabeza del Círculo de los Misterios.

—¿Y qué les contamos? —pregunto con voz ronca, intentando pensar con claridad. El roce de sus manos despierta algo más que mi magia.

—Todo —responde.

—¿Neoards? —inquiero.

Niega con la cabeza.

—Eso no. Diremos que descubrimos las runas en el grimorio de tu padre. Están ahí, ¿verdad?

Asiento.

—Pero lo demás, lo contaremos tal cual.

Inclina la cabeza y roza con los labios los moratones de mi cuello.

Se me escapa un leve gemido, y él vuelve a besarme, despacio, mientras sus manos bajan por mi garganta y me acarician la parte superior del pecho.

Entonces es él quien gime, y yo enredo los dedos en su pelo, y guío sus labios desde mi cuello hacia abajo.

Después lo atraigo de nuevo hacia mi boca y lo beso con intensidad, antes de acomodarme sobre su regazo, con los muslos a ambos lados de sus caderas.

—Aurelia… —gime entre beso y beso—. Me gustas. Tú, sólo tú.

Me separo un poco y le tomo el rostro entre las manos.

—¿Y Crenshaw? —susurro, sin dejar entrever nada en mi expresión.

—Nunca tuve la menor intención de forjar un vínculo con Crenshaw.

Ayer, cuando anunciaron el compromiso, cuando te enteraste, cuando las rosas…

—Se interrumpe, sacude la cabeza—. Cuando vi que las rosas morían, temí que tus sentimientos por mí hubieran cambiado.

Estas semanas sin ti se me han hecho eternas.

No supe cuánto me había enamorado de ti hasta que ya no pude estar a tu lado.

¿Sabes cuántas veces intenté colarme en tu casa para verte?

—¡No hiciste tal cosa!

Asiente.

—Ocho veces. Antes de que el Círculo de la Justicia colocara un hechizo de protección en la plaza Hemlock sólo para repelerme.

Pero sabía que no funcionaría para siempre, porque desde el momento en que te vi en Mabon, supe que siempre íbamos a ser tú y yo.

Fuiste tan valiente, tan arrojada… te elevaste en el aire con tanta gracia y poder.

Te agarré del tobillo y te hice bajar porque no quería que salieras volando sin mí, sin darme la oportunidad de llegar a conocerte.

—Y ahora sí me conoces —afirmo, y le planto un beso en la mejilla—. Ahora sabes quién soy —le beso la mandíbula—. Ya conoces mi magia —le beso el cuello—. Y conoces mi corazón.

Entonces le susurro al oído:

—Y pronto me conocerás por completo.

Presiono las caderas contra las suyas y le beso en los labios, dejándole sentir mi magia.

—¿Cuánto falta para llegar al palacio? —pregunto entre besos, sin aliento.

—No lo bastante para todo lo que quiero hacer contigo —responde.