Capítulo 1 #2
—La de tu cumpleaños.
—¿La del vestido azul?
—Sí.
—En esa foto estoy sosteniendo una botella de tequila.
—Pero te ves preciosa.
—Estoy a punto de caerme sobre una mesa.
—Eso demuestra que eres divertida.
Karla extendió la mano.
—Dame tu teléfono.
Renata lo escondió detrás de la espalda.
—Ya la vio.
—Voy a asesinarte.
—No puedes. Le prometí a Mateo que llegaría a cenar.
Karla avanzó hacia ella, pero Renata rodeó la cama entre risas. Después de dos intentos inútiles por atraparla, Karla se rindió y recogió su bolso.
—Cuando esta cita sea un desastre, será tu culpa.
—Cuando sea el amor de tu vida, también aceptaré el crédito.
—No digas cosas horribles.
Renata sonrió y se acercó para acomodarle un mechón de cabello.
—Solo intenta pasarla bien.
—Siempre la paso bien.
—No es verdad.
La respuesta salió demasiado rápido.
—Claro que sí.
—Controlas la conversación, decides cuánto dura la cena y te vas antes de que la otra persona pueda conocerte. Eso no es pasarla bien. Eso es dirigir una operación militar con aperitivos.
Karla sostuvo su mirada. Por un segundo estuvo tentada a responder con alguna burla, pero conocía a Renata lo suficiente para notar la preocupación detrás del comentario.
—Me gusta tener el control.
—Lo sé.
—Y no tiene nada de malo.
—No. Pero quizá algún día podrías dejar de tratar cada cita como si estuvieras desactivando una bomba.
—Las bombas son más predecibles.
Renata suspiró, aunque una sonrisa volvió a aparecer en su boca.
—Prométeme que no vas a descartarlo en los primeros cinco minutos.
—Puedo ofrecerle siete.
—Quince.
—Diez.
—Trato hecho.
Karla tomó las llaves y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, Renata la llamó.
—Oye.
Karla se volvió.
—No todos son él.
El aire pareció volverse más pesado.
No hacía falta preguntar a quién se refería.
Ambas conocían el nombre que no pronunciaban desde hacía meses, el hombre que había prometido mudarse con ella y después había desaparecido de su vida con la misma facilidad con la que había retirado su cepillo de dientes del baño.
El que le había enseñado que las promesas podían tener fecha de caducidad, aunque nadie se molestara en avisarte.
Karla apretó las llaves dentro del puño.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
Renata no pareció convencida, pero no insistió.
—Mándame un mensaje cuando llegues.
—Lo haré.
—Y si el tipo es raro, usa la palabra clave.
—No tenemos una palabra clave.
—Ahora es “cajeta”.
—Voy a decir cajeta toda la noche.
—Entonces “brócoli”.
—Odio el brócoli.
—Por eso funciona.
Karla negó con la cabeza y salió del departamento antes de que su amiga inventara un protocolo de emergencia completo.
El trayecto hacia el restaurante le tomó poco más de veinte minutos.
Durante el camino, intentó concentrarse en la música y no en las posibles formas en que la noche podía salir mal.
En el asiento del copiloto, su teléfono vibró dos veces, pero esperó hasta detenerse frente a un semáforo para revisarlo.
El primer mensaje era de Renata.
No lo intimides.
El segundo era de un número desconocido.
Hola. Soy tu cita misteriosa. Ya voy en camino.
Karla arqueó una ceja.
Cita misteriosa.
Sonaba como alguien que usaría un sombrero en interiores.
Escribió una respuesta breve.
Karla. Llegaré puntual.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Eso suena amenazante.
Ella lo miró durante un momento y, contra su voluntad, sonrió.
Solo para la gente impuntual.
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Entonces intentaré sobrevivir.
El semáforo cambió a verde antes de que pudiera responder. Karla dejó el teléfono a un lado, aunque la sonrisa tardó un poco más en desaparecer.
Amaretto ocupaba la planta baja de un edificio antiguo, con ventanales amplios, luces cálidas y una fila de personas esperando junto a la entrada.
Karla estacionó a una calle de distancia y caminó bajo el resplandor de los anuncios.
El aire de la noche era más frío de lo que esperaba, pero no se arrepintió del vestido. Algunas decisiones exigían sacrificios.
Cuando llegó, comprobó la hora.
Ocho cincuenta y siete.
Perfecto.
La fila avanzaba con lentitud. Desde afuera podía ver las mesas cubiertas con manteles blancos, copas brillantes y meseros desplazándose con una coordinación impecable. El aroma a mantequilla, pan recién horneado y café escapaba cada vez que se abría la puerta.
Karla sintió que la noche comenzaba a mejorar.
Se acomodó el bolso sobre el hombro y buscó entre los rostros cercanos, aunque no sabía exactamente a quién estaba buscando.
Un hombre alto con camisa blanca la miró durante un segundo, pero después saludó a una mujer que acababa de llegar detrás de ella.
Otro, junto a la recepción, parecía demasiado mayor para ser amigo de Mateo.
Su teléfono vibró.
Estoy a dos minutos. No te vayas.
Karla escribió:
Tienes diez antes de que pida el pastel sin ti.
La respuesta llegó enseguida.
¿Pastel antes de cenar?
Ella sonrió.
No juzgues mis prioridades.
Guardó el teléfono y entró al restaurante. La recepcionista verificó la reservación y le pidió esperar junto a la barra. Karla agradeció y avanzó entre las mesas, observando con satisfacción los platos que pasaban frente a ella.
Definitivamente, el desconocido ya había ganado algunos puntos por elegir el lugar.
Se sentó en uno de los bancos y pidió agua mineral.
Mientras esperaba, sacó su libreta de dibujo.
No pretendía comenzar nada elaborado, solo entretenerse durante los minutos restantes.
Abrió una página en blanco y comenzó a trazar la forma de una copa, la curva del borde, la sombra que proyectaba sobre la barra.
A su alrededor, el restaurante estaba lleno de conversaciones, risas y cubiertos chocando contra los platos. Era el tipo de ruido que Karla disfrutaba: suficiente para sentirse acompañada, pero no tanto como para exigirle participar.
Se inclinó un poco más sobre la libreta y añadió detalles al dibujo.
No vio al hombre que acababa de entrar.
Tampoco notó cuando la recepcionista levantó la cabeza para recibirlo ni cuando él buscó entre las mesas con una expresión confundida. Solo escuchó unos pasos aproximarse detrás de ella y una voz masculina decir su nombre.
Una voz demasiado familiar.
—¿Karla?
El lápiz se detuvo sobre el papel.
Durante un segundo, pensó que su mente le estaba jugando una broma. Después cerró los ojos, respiró hondo y se volvió despacio.
Dante estaba de pie a pocos pasos, con una mano todavía sobre el respaldo del banco vacío.
No llevaba la ropa informal de la oficina ni la sudadera gris que usaba cuando quería irritarla diciendo que “la creatividad no necesitaba código de vestimenta”.
Vestía pantalones oscuros, una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos y una expresión que oscilaba entre la sorpresa y el horror.
Karla lo miró.
Dante la miró.
Ninguno dijo nada durante varios segundos.
Entonces ambos hablaron al mismo tiempo.
—¿Qué haces tú aquí?