Los viernes no son para enamorarse Capítulo 1
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Los viernes no son para enamorarse

Los viernes no son para enamorarse

Por Karen .T

© inepub.com

Capítulo 1

Los viernes son sagrados

Los viernes eran sagrados.

No porque Karla creyera en rituales, energías cósmicas o en esas afirmaciones positivas que su amiga Renata publicaba cada mañana sobre fondos de color beige, sino porque llevaba ocho meses defendiendo una rutina que le había devuelto algo parecido a la estabilidad.

Durante cinco días podía tolerar juntas innecesarias, correos marcados como urgentes que no tenían nada de urgentes y la irritante costumbre de Dante de aparecer junto a su escritorio justo cuando ella necesitaba concentrarse.

Pero cuando llegaba el viernes por la noche, todo eso dejaba de existir.

Los viernes eran suyos.

A las seis en punto apagaba la computadora, guardaba su libreta de dibujo en el bolso y se despedía de la oficina antes de que alguien pudiera pedirle “un favor rápido”.

Volvía a casa, se duchaba, elegía un conjunto que pareciera espontáneo aunque le hubiera tomado cuarenta minutos combinarlo y salía a cenar con un hombre al que, probablemente, no volvería a ver.

Era un sistema perfecto.

O, al menos, lo había sido hasta esa noche.

—¿No crees que el vestido rojo es demasiado? —preguntó Renata desde la cama, rodeada de prendas que no le pertenecían y comiendo cereal directamente de la caja.

Karla se observó de perfil frente al espejo de cuerpo entero. El vestido era de tela satinada, ceñido en la cintura y con un escote discreto que lograba el equilibrio exacto entre elegante y peligroso. Se acomodó uno de los tirantes y frunció los labios.

—Depende. ¿Demasiado para cenar o demasiado para que el imbécil crea que tiene posibilidades?

—La segunda.

—Entonces es perfecto.

Renata dejó escapar una risa y hundió la mano otra vez en la caja de cereal.

Había llegado veinte minutos antes con la intención de “ayudarla a prepararse”, aunque su aportación hasta el momento se había limitado a ocupar la cama, probarse dos pares de aretes y cuestionar todas las decisiones de Karla.

—¿Cómo se llama el de hoy?

—Sebastián.

—¿A qué se dedica?

Karla tomó un collar delicado de la cómoda y se lo colocó frente al espejo.

—Algo relacionado con criptomonedas.

Renata dejó de masticar.

—Eso no es un trabajo.

—Él dice que sí.

—¿Y tú le crees?

—No necesito creerle. Solo necesito que conozca un restaurante decente y que no hable con la boca llena.

—Tus estándares son cada vez más bajos.

—Mis estándares son realistas.

Renata lanzó un cereal hacia ella. Karla lo esquivó sin esfuerzo y lo vio caer junto a una de sus zapatillas.

—Recógelo.

—Ni siquiera tocó el piso.

—Está en el piso.

—Qué controladora eres.

—Qué poco te importa la higiene.

—Qué suerte que no estamos saliendo.

Karla giró hacia ella con una sonrisa.

—No duraríamos una semana.

—Tú no duras una semana con nadie.

El comentario fue dicho con ligereza, pero quedó suspendido entre ambas durante un instante. Karla bajó la mirada hacia el collar y fingió revisar el broche, aunque ya estaba perfectamente colocado.

—Esa es la idea —respondió.

Renata la observó desde la cama. A diferencia de otras personas, sabía cuándo una broma había rozado algo que Karla no quería tocar. Por eso no insistió. Solo tomó otro puñado de cereal y cambió de tema con una naturalidad que Karla agradeció en silencio.

—¿Sebastián sabe que solo tiene una oportunidad?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Sabe que no estoy buscando una relación.

—Todos dicen que entienden eso hasta que les gustas.

Karla se aplicó perfume en las muñecas y las frotó con suavidad.

—Ese ya no es mi problema.

Lo había convertido en una norma desde el principio.

Nada de citas improvisadas entre semana.

Nada de mensajes de buenos días. Nada de conocer familias, adoptar apodos ridículos o hablar de viajes que nunca ocurrirían.

Cada hombre recibía una noche, una buena conversación y, dependiendo de cómo se desarrollara la cena, quizá algo más. Después, Karla regresaba a su vida.

Era sencillo.

Limpio.

Seguro.

—Algún día alguien va a lograr que rompas tus reglas —dijo Renata.

—Los hombres son como las promociones del supermercado: duran poco y casi nunca cumplen lo que prometen.

Renata soltó una carcajada tan fuerte que casi derramó el cereal.

—Eso tienes que bordarlo en una almohada.

—Podría venderlas.

—O regalar una en cada cita.

—No quiero que se ilusionen.

—Karla, la mayoría de los hombres con los que sales no sabría identificar una ilusión aunque viniera con instrucciones.

Karla sonrió y recogió el bolso de la silla.

Antes de cerrarlo comprobó que llevara lo indispensable: cartera, labial, llaves, cargador portátil y su pequeña libreta de dibujo.

La cargaba a todas partes por costumbre.

Dibujar era la única actividad que podía absorberla durante horas sin pedirle explicaciones, sin exigirle nada y sin recordarle todo lo que había salido mal.

Renata se dio cuenta de que la guardaba y arqueó una ceja.

—¿También llevas la libreta a tus citas?

—A veces llegan tarde.

—O son aburridos.

—También.

El teléfono de Karla vibró sobre la cómoda. Leyó el mensaje que acababa de recibir y su expresión cambió.

—¿Qué pasó?

—Sebastián canceló.

—¿Qué excusa puso?

Karla leyó en voz alta, imitando una solemnidad exagerada.

—“Surgió una oportunidad de inversión que no puedo dejar pasar”.

Renata parpadeó.

—Te cambió por una estafa piramidal.

—Parece que sí.

Karla dejó el teléfono boca abajo y miró su reflejo.

El vestido rojo seguía siendo perfecto, el maquillaje estaba intacto y había invertido demasiado tiempo en alisar su cabello para quedarse en casa viendo una serie que no le interesaba.

La cancelación no le dolía. Sebastián apenas le gustaba lo suficiente para compartir una entrada y quizá un postre, pero la irritaba que alguien hubiera alterado su rutina.

—Podemos salir nosotras —propuso Renata—. Pedimos algo, criticamos parejas ajenas y fingimos que somos mejores personas de lo que somos.

—Tú tienes una cena con Mateo.

—Puedo cancelar.

—No.

—Él entendería.

—Ese es el problema. Tienes una relación saludable y me niego a ser responsable de arruinarla.

Renata cerró la caja de cereal y se levantó de la cama. Vestía jeans, una camiseta holgada y el tipo de comodidad que Karla solo se permitía cuando nadie iba a verla.

—Tengo una opción.

—No me gusta tu tono.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Precisamente.

Renata sonrió con demasiada satisfacción y tomó su teléfono. Karla la vio desplazarse por la pantalla con rapidez.

—Mateo tiene un amigo.

—No.

—No sabes nada de él.

—Sé que es amigo de Mateo.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Mateo cree que usar sandalias en una boda es apropiado.

—Era una boda en la playa.

—La recepción fue en un hotel.

—No importa. Su amigo está soltero, es divertido y, según Mateo, necesita conocer a alguien que no se impresione con facilidad.

Karla cruzó los brazos.

—¿Y por qué yo querría conocer a alguien descrito como una prueba de resistencia emocional?

—Porque ya estás arreglada.

—Esa no es una razón.

—Porque es viernes.

Karla sostuvo la mirada de su amiga.

Eso sí era una razón.

Renata detectó la vacilación y se apresuró a continuar.

—No tienes que verlo otra vez. No tienes que enamorarte, casarte ni elegir los nombres de sus hijos. Solo cena con él. Una noche. Como siempre.

—No me gustan las citas a ciegas.

—Porque no puedes investigarlos antes.

—Porque no puedo verificar si tienen antecedentes penales o un podcast.

—Mateo lo conoce desde hace años. Te prometo que no es un asesino.

—No dijiste nada del podcast.

—No tiene podcast.

Karla caminó hacia la ventana. La ciudad comenzaba a encenderse bajo un cielo oscuro, y desde el octavo piso las luces de los edificios parecían más ordenadas de lo que realmente eran.

Se apoyó en el borde y contempló su reflejo sobre el vidrio.

Podía quitarse el vestido, pedir comida y dibujar durante horas. No era un mal plan.

Sin embargo, no quería que una cancelación transformara su viernes en una noche cualquiera.

—¿Dónde sería?

Renata sonrió.

—En Amaretto.

Karla se giró de inmediato.

—¿El restaurante italiano del centro?

—Ese mismo.

—Nunca hay reservaciones.

—Mateo consiguió una.

—¿Cómo?

—No pregunté. Creo que su amigo conoce al gerente o salvó a alguien de un incendio.

—Mateo exagera.

—Probablemente solo llamó con anticipación.

Karla intentó mantener una expresión indiferente, pero Amaretto llevaba meses en su lista. Había escuchado hablar de la pasta hecha a mano, del risotto de hongos y, sobre todo, del pastel tibio de cajeta que servían con helado de vainilla y nueces caramelizadas.

El pastel era casi una leyenda.

—Dicen que el postre de cajeta es ridículo —añadió Renata, demasiado consciente del efecto que aquello tendría.

—Eso he escuchado.

—Y que solo preparan doce por noche.

Karla entrecerró los ojos.

—Estás manipulándome.

—Estoy usando información relevante para ayudarte a tomar una decisión.

—Eso es manipulación con vocabulario corporativo.

—¿Funciona?

Karla regresó hacia la cómoda y tomó su labial.

—Dile a Mateo que le envíe mi número.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí al pastel. El hombre es circunstancial.

Renata levantó ambos brazos en señal de victoria.

—Sabía que la cajeta triunfaría donde el romance fracasó.

—El romance nunca tuvo oportunidad.

Mientras Renata enviaba mensajes, Karla retocó el labial y trató de ignorar la pequeña incomodidad que comenzaba a instalarse bajo sus costillas.

No era nerviosismo. No podía serlo. Había tenido suficientes primeras citas para saber cómo manejar cualquier situación.

Podía sostener una conversación con un hombre obsesionado con sí mismo, detectar una mentira antes de que terminara de contarla y escapar de un restaurante en menos de tres minutos si era necesario.

Lo único distinto era que no sabía con quién iba a encontrarse.

—Listo —dijo Renata—. Mateo ya habló con él. Te espera a las nueve.

—¿Y cómo voy a reconocerlo?

—Él te reconocerá.

—Eso suena inquietante.

—Le mandé una foto tuya.

Karla giró la cabeza con lentitud.

—¿Cuál?

—Una bonita.

—Renata.