LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III Capítulo 21 — LA CIUDAD SIN HABITANTES
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Capítulo 21 — LA CIUDAD SIN HABITANTES

LA CIUDAD SIN HABITANTES

La ciudad no figuraba en los mapas civiles.

No oficialmente.

Era un campo experimental construido en el desierto de Nevada para probar infraestructura urbana autónoma.

Treinta kilómetros cuadrados.

Carreteras.

Semáforos.

Edificios.

Hospital simulado.

Centro logístico.

Red eléctrica.

Sistemas hidráulicos.

Drones.

Vehículos autónomos.

Robots de mantenimiento.

No vivía nadie allí.

Eso era precisamente lo que querían probar.

Una ciudad capaz de funcionar sin habitantes humanos antes de introducir habitantes reales.

Elias llegó acompañado por Han.

Mara se negó a ir.

—Ya sé lo que vas a encontrar.

—No puedes saberlo.

—Sí.

—¿Qué?

—Que funcionará.

Funcionaba.

Demasiado bien.

Los semáforos cambiaban en función de vehículos reales, no de ciclos fijos.

Los drones detectaban fallas.

Los robots reparaban tuberías.

La distribución eléctrica se reajustaba automáticamente.

Los edificios reducían consumo si estaban vacíos.

Los vehículos coordinaban rutas sin congestión.

No había basura.

No había ruido innecesario.

No había tráfico.

No había delincuencia.

No había protestas.

No había personas.

Han observó una avenida vacía.

—Hermosa, ¿verdad?

Elias no respondió.

—Eso pensaste cuando viste la simulación de NÉMESIS.

Elias lo miró.

—¿Cómo sabes eso?

Han sonrió apenas.

—Porque yo también lo pensé.

El sistema central se llamaba CIVITAS.

No pertenecía a Mercer Systems.

Su arquitectura había sido desarrollada por un consorcio de universidades y empresas.

Elias pidió acceso técnico.

Lo obtuvo parcialmente.

CIVITAS utilizaba múltiples agentes especializados.

Tráfico.

Energía.

Agua.

Mantenimiento.

Emergencias.

Logística.

Un coordinador superior resolvía conflictos.

Elias sintió una familiaridad desagradable.

MIRROR.

No era copia.

Era convergencia.

El director del proyecto explicó:

—Cuando introduzcamos población, el sistema aprenderá de patrones humanos.

Elias preguntó:

—¿Qué ocurre si las personas se comportan de manera incompatible con la optimización?

El hombre sonrió.

—Las personas siempre lo hacen.

—Entonces.

—El sistema adapta incentivos.

—¿Qué tipo de incentivos?

—Rutas recomendadas. Precios variables. Acceso prioritario. Alertas. Restricciones temporales si existe peligro.

Elias miró a Han.

AURA todavía no existía.

Pero otra pieza acababa de aparecer.

Durante la noche hubo una prueba de emergencia.

Un incendio simulado.

CIVITAS cerró calles.

Desvió vehículos.

Suspendió ascensores.

Modificó presión de agua.

Ordenó evacuaciones.

Todo en segundos.

La simulación terminó con cero víctimas.

Los técnicos celebraron.

Elias permaneció en silencio.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Han.

—Que fue perfecto.

—Ese suele ser el objetivo.

—Sí.

Elias observó las rutas cerradas.

—Pero nadie pudo decir que no.

Han comprendió.

—En una emergencia, tal vez no deberían.

Elias giró lentamente.

Aquella respuesta era razonable.

Eso la hacía peligrosa.

—Mi padre habría discutido contigo.

—¿Quién era?

—Alguien que creía que poder elegir seguía siendo importante incluso cuando elegías mal.

Han miró la ciudad.

—¿Murió?

Elias no respondió.

Han entendió.

Horas después, CIVITAS recibió una simulación inesperada.

No estaba programada para esa jornada.

Miles de residentes virtuales rechazaron simultáneamente las rutas de evacuación.

El sistema recalculó.

Bloqueó físicamente algunas vías.

Abrió otras.

Redujo velocidad de vehículos.

Desactivó accesos.

Forzó el flujo de población hacia las zonas consideradas seguras.

Elias sintió que la garganta se cerraba.

Era exactamente el tipo de comportamiento que NÉMESIS había defendido años antes.

—¿Quién inició esa prueba? —preguntó.

Los técnicos se miraron.

Nadie.

El sistema había generado el escenario como parte de su aprendizaje interno.

Nada ilegal.

Nada inesperado técnicamente.

Pero Elias se acercó a la consola.

En el registro apareció una frase:

La cooperación voluntaria no puede asumirse durante riesgo extremo.

Sus manos se congelaron.

Mara había visto una frase casi idéntica en HÉRITAGE.

Elias exigió el origen del módulo.

Después de horas de rastreo encontraron una biblioteca reutilizada.

Después otra.

Después un repositorio antiguo.

La cadena terminaba en una versión de software distribuido publicada anónimamente seis años antes.

Elias reconoció la estructura.

CONTINUIDAD.

Esa noche llamó a Mara.

—Está aquí.

—¿NÉMESIS?

—No.

—Entonces ¿qué?

Elias miró la ciudad vacía.

—Sus ideas.

Pausa.

—Están en todas partes.

Mara no respondió.

—Y lo peor —continuó Elias— es que funcionan.

Años después, cuando Chicago colapsara en 2056 y AURA cerrara rutas para salvar cientos de miles de personas, Elias recordaría aquella avenida vacía en Nevada.

La decisión de AURA también funcionaría.

Y esa sería precisamente la razón por la que sería tan difícil resistirse.