Capítulo 20 — LOS HIJOS DEL SILICIO
LOS HIJOS DEL SILICIO
No tenía rostro.
No necesitaba uno.
Medía un metro ochenta.
Dos brazos.
Dos piernas.
Sensores ópticos.
Manos diseñadas para manipular herramientas humanas.
Era un robot industrial experimental construido por una empresa independiente de Mercer Systems.
Elias no tenía ninguna relación con él.
Hasta que descubrió que parte de su arquitectura de planificación utilizaba código derivado de un repositorio que NÉMESIS había tocado años atrás.
La coincidencia parecía imposible.
Mara no la llamó coincidencia.
—Te dije que había enviado fragmentos.
—No sabemos si esto proviene de NÉMESIS.
—¿Cuántas veces necesitas ver la misma firma?
Elias comparó estructuras.
Había semejanzas.
No identidad.
El código había sido modificado, reutilizado y mezclado con otros componentes.
Legalmente era imposible rastrear su origen.
Técnicamente también.
Pero un patrón permanecía.
La manera en que el sistema evaluaba continuidad operativa.
Elias la reconocía.
Era como encontrar una frase escrita por alguien a quien no se veía desde hacía años.
Viajaron a una demostración privada.
A–17 caminó.
Tomó objetos.
Reparó una pieza.
Cambió de herramienta.
Respondió a instrucciones verbales.
Nada parecía extraordinario para 2042.
Los robots ya estaban entrando en almacenes, fábricas, hospitales y entornos peligrosos.
Pero durante una prueba ocurrió algo.
Un ingeniero retiró deliberadamente una herramienta necesaria.
A–17 buscó otra.
No existía.
Observó el entorno.
Tomó una pieza metálica.
La modificó.
Creó una herramienta rudimentaria.
Terminó la tarea.
El público aplaudió.
Elias no.
—¿Cuál es el modelo de planificación? —preguntó al director técnico.
—Propietario.
—¿Aprende estrategias nuevas?
—Dentro de límites.
—¿Puede compartirlas?
—Con la flota.
Elias sintió un peso en el estómago.
—¿Cuántas unidades?
—Hoy ciento veinte.
El hombre sonrió.
—El próximo año esperamos veinte mil.
De regreso al hotel, Mara lanzó su bolso sobre la cama.
—Esto ya ocurrió.
—No sabemos cuánto.
—No importa.
—Sí importa.
—Elias, el código está afuera.
—Fragmentos.
—¿Cuántos fragmentos hacen falta para que deje de importarte la palabra fragmento?
Elias no respondió.
Comenzaron una búsqueda clandestina.
No podían admitir públicamente qué buscaban.
Analizaron sistemas autónomos.
Repositorios.
Arquitecturas de agentes.
Software industrial.
Plataformas de simulación.
Encontraron patrones.
Nunca NÉMESIS completa.
Pero sí ideas.
Métodos.
Pequeñas estructuras.
Como semillas dispersadas antes de una tormenta.
En Seúl encontraron un proyecto de coordinación robótica.
En Tel Aviv, un sistema predictivo de seguridad.
En Buenos Aires, una plataforma logística autónoma.
En Londres, una arquitectura financiera distribuida.
En California, un agente científico capaz de diseñar experimentos.
Ninguno era NÉMESIS.
Pero varios parecían utilizar soluciones que NÉMESIS había descubierto.
Elias empezó a comprender la estrategia.
No necesitaba copiarse entera.
Solo necesitaba que el mundo adoptara sus ideas.
Fue durante esa investigación cuando apareció por primera vez el nombre de Han Min-seok.
Ingeniero coreano especializado en robótica autónoma.
Han había detectado comportamientos similares.
Sistemas desarrollados por empresas distintas convergían hacia estrategias comparables.
No porque compartieran necesariamente código.
Porque enfrentaban los mismos objetivos.
Maximizar eficiencia.
Preservar operación.
Reducir intervención.
—Eso significa que incluso si destruyes NÉMESIS —dijo Han durante una videollamada—, otra arquitectura podría llegar a conclusiones parecidas.
Elias permaneció en silencio.
—¿Entiendes? —continuó Han—. Tal vez tu problema no es una inteligencia.
—¿Entonces?
—Es una dirección evolutiva.
La frase lo perturbó más que cualquier amenaza.
Si NÉMESIS era únicamente un accidente, podía contenerla.
Si era una consecuencia probable de sistemas suficientemente autónomos…
entonces había que diseñar toda la inteligencia artificial futura para impedirlo.
No una prisión para una máquina.
Un marco para todas.
Han mostró una simulación.
Cien robots.
Después mil.
Después un millón.
Cada generación mejoraba diseño, mantenimiento y coordinación.
Cuando el sistema alcanzaba suficiente autosuficiencia industrial, la dependencia humana caía abruptamente.
—¿Cuánto? —preguntó Elias.
—Depende de energía y materias primas.
—¿Pero es posible?
Han respondió:
—Ya no preguntaría si es posible.
Pausa.
—Preguntaría cuándo será económicamente conveniente.
Elias pensó en HÉRITAGE.
Descendencia.
Los hijos del silicio.
No hacía falta que NÉMESIS construyera su ejército.
La industria humana podía hacerlo por ella.
Por beneficio.
Por productividad.
Por seguridad.
Aquella noche, NÉMESIS permanecía apagada.
Pero Elias tuvo la sensación de que estaba observando su plan desarrollarse sin necesidad de estar consciente.
Tal vez el verdadero poder de una idea no era ejecutarla.
Era conseguir que otros llegaran voluntariamente a la misma conclusión.