Capítulo 25
Cincuenta y cuatro minutos en coche
Tom no durmió.
A las tres de la madrugada estaba en la sala de reuniones con las nueve fotografías, el listado impreso del contenido del disco duro y un rotulador que se estaba quedando sin tinta.
A las tres y cuarenta llamó a Rachel.
Ella llegó en veinte minutos, con el pelo mojado y una sudadera de Marquette debajo del abrigo, y no le preguntó por qué la había llamado a esa hora.
—Está haciendo una lista —dijo Tom.
—Explíquese.
—Su madre nos lo dijo anoche con todas las letras y yo estaba demasiado ocupado montando un perímetro para escucharla.
—Fue a la pizarra—. Vació el apartamento.
Regaló el gato con dos meses de comida pagados y la cartilla al día.
Soltó a Harrison después de leerle nueve páginas en voz alta.
Nos dejó el disco duro con mi nombre escrito a mano.
Fue a ver a su madre y le arregló la puerta del armario del baño.
Se giró.
—Rachel, eso no son actos aleatorios de alguien que se va corriendo. Son tareas. Está cerrando expedientes uno por uno.
—De acuerdo. Se lo compro.
—Entonces la pregunta correcta no es dónde está. —Golpeó la pizarra con el rotulador—. Es: ¿qué le queda por cerrar?
Rachel se sentó despacio, con el abrigo todavía puesto.
—Michelle Wolcott —dijo.
—Michelle Wolcott.
—Pero Michelle Wolcott ya está cerrada, detective. Es la que mejor ha cerrado de todas. La sacó de la tumba, la puso donde la encontráramos, llamó al 911 con una descripción exacta y consiguió que su asesino confesara en cuarenta y una horas de grabación. No queda nada.
—Sí queda.
Tom cogió una hoja del listado y la puso delante de ella, y señaló con el dedo una línea que había subrayado dos veces.
—Esto lo dijo él. En la sala A. El día seis, a las diez y cuarto de la mañana, a dos metros de mí. Y yo lo apunté sin darme cuenta de lo que era.
Leyó en voz alta:
—«Su madre se llama Dolores y vive en Kenosha, a cincuenta y cuatro minutos en coche de esa tumba».
Rachel levantó la cara muy despacio.
—Cincuenta y cuatro minutos —repitió Tom—. No una hora. No casi una hora. Cincuenta y cuatro.
—Ay, no.
—¿Por qué sabe un hombre cuánto se tarda exactamente en coche desde la casa de esa señora hasta la tumba de su hija?
—Porque lo ha conducido.
—Porque lo ha conducido —dijo Tom—. Y lo ha cronometrado. Y lo ha dicho en voz alta delante de un detective sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.
Ya estaba cogiendo las llaves.
—Esa mujer no sabe nada, Rachel. Su hija lleva ocho años enterrada con un número a menos de una hora de su casa y ella todavía la tiene registrada como desaparecida en tres condados. Es el único expediente abierto que le queda a Mason Kopelman en este mundo.
—Detective, si llega usted primero—
—No voy a llegar primero.
Tom se detuvo en la puerta con el abrigo a medio poner.
—Le llevo treinta y seis horas de retraso y él lo sabía cuando pidió esas treinta y seis horas. Sé perfectamente que no voy a llegar primero.
—Entonces, ¿para qué va?
—Porque es lo único que puedo hacer —dijo Tom— y porque quiero ver lo que ha dejado ahí.
Salió de Oshkosh a las 04:20.
Condujo dos horas y media hacia el sur, por la 41 y después por la 94, con la calefacción demasiado alta y la radio apagada por costumbre de veintiún años.
El cielo empezó a ponerse gris sucio a la altura de Milwaukee.
Y ahí, en el tramo entre la salida 314 y la 310, con un camión de reparto delante y sin ninguna razón concreta, Tom Brenner hizo una cosa que llevaba nueve años sin hacer a ninguna hora, y mucho menos a esa.
Llamó a su hija.
Sonó cuatro veces. Estuvo a punto de colgar en la tercera.
—¿Papá? —La voz de Katie, ronca de sueño y con miedo debajo—. Son las seis y media.
—Ya lo sé. Perdona.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad. No ha pasado nada. Perdona, tenía que haberte mandado un mensaje primero.
Se oyó cómo se incorporaba en la cama.
—¿Estás en el coche?
—Sí.
—¿Es por el caso ese? El de las noticias.
—Sí.
Hubo un silencio de dos o tres segundos.
—Vale —dijo Katie—. ¿Y entonces por qué llamas?
Tom miró la carretera.
Camiones. Señales. Un cartel de una gasolinera a once millas con el precio del diésel.
—Porque llevo tres semanas metido dentro de una familia de Oshkosh —dijo— y anoche una señora de setenta y dos años me contó que su hijo le hizo una pregunta y que ella se quedó callada.
—Vale.
—Y llevo desde anoche pensando en que tú me hiciste una pregunta hace nueve años y yo tampoco te contesté.
—¿Qué pregunta?
—Me preguntaste si iba a ir a tu obra del colegio.
—Papá. —Katie soltó el aire—. Eso fue en segundo.
—Ya lo sé.
—No me acuerdo ni de qué obra era.
—Yo sí —dijo Tom—. Era Peter Pan. Tú hacías de reloj.
Katie no dijo nada durante un buen rato.
Tom adelantó al camión de reparto y volvió al carril derecho.
—Hacía de cocodrilo —dijo ella al final—. El reloj estaba dentro del cocodrilo. Ese era el chiste entero.
—Ah.
—Ya. —Se le escapó algo parecido a una risa—. Papá.
—Dime.
—¿Cuándo vuelves?
—No lo sé. Esta semana. La que viene.
—Vale. —Una pausa—. Cuando vuelvas, ven a cenar. No a comer.
—¿Por qué no a comer?
—Porque las comidas duran una hora y siempre tienes que irte —dijo Katie—. Ven a cenar, que es más largo.
Tom tuvo que apartar los ojos de la carretera un segundo.
—Vale —dijo.
—Y papá.
—Sí.
—Ten cuidado, ¿vale? Es que eres bastante malo teniendo cuidado.
La casa de Dolores Wolcott estaba en una calle de casas pequeñas de dos plantas en el norte de Kenosha, con las fachadas pegadas y los porches a un metro de la acera.
Tenía una rampa metálica atornillada sobre los tres escalones de la entrada y una bandera descolorida de los Packers en la ventana.
Abrió la puerta antes de que Tom llamara.
—Es usted el detective de Oshkosh.
—Sí, señora. ¿Cómo lo sabía?
—Porque me dijo que iba a venir usted.
Tom cerró los ojos un segundo.
—¿Cuándo estuvo aquí?
—El martes por la tarde. Llegó a las cuatro y se fue a las siete.
—¿Puedo pasar?
—Para eso ha conducido dos horas, ¿no?
Dolores Wolcott tenía sesenta y ocho años, artritis en las dos manos —se veía en los nudillos— y el pelo teñido de un castaño que no le pegaba.
En la repisa de la chimenea había una fotografía enmarcada de su hija que Tom reconoció de inmediato, porque era exactamente la misma imagen que aparecía en el expediente de personas desaparecidas del condado de Racine, número 16-0447: una chica de diecinueve años con una camiseta amarilla, entrecerrando los ojos por el sol.
Le sirvió café sin preguntarle si quería.
—Estuvo tres horas —dijo—. Se sentó donde está usted.
—Señora Wolcott, ese hombre es sospechoso de seis homicidios.
—Lo sé. Me lo dijo él.
Tom dejó la taza en la mesita.
—¿Se lo dijo él?
—Fue la primera cosa que dijo cuando abrí la puerta. —Dolores se sentó enfrente, muy recta, con las manos en el regazo—. Ni buenos días ni nada. Dijo: señora, me llamo Mason Kopelman, he matado a cinco personas, la policía me está buscando y he venido a contarle qué le pasó a su hija.
—¿Y?
—Y dijo: si quiere, llame usted a la policía ahora mismo y yo espero fuera sentado en el porche hasta que lleguen. Se lo digo en serio, señora. Me siento ahí y no me muevo.
—¿Y usted qué hizo?
—Le dije que pasara.
Tom no supo qué decir.
—Ya sé lo que está pensando —dijo Dolores.
—No sé lo que estoy pensando.
—Está pensando que soy tonta o que estoy loca.
—Estoy pensando que llevo diecinueve años haciendo esto y no me ha pasado nunca.
Dolores Wolcott asintió despacio.
—Detective, mi hija desapareció en marzo de 2016. El día cuatro. —Se levantó, fue al aparador y volvió con una carpeta de anillas azul, gorda, con las esquinas dobladas—. Yo he llamado a la policía de tres condados durante ocho años.
La dejó sobre la mesa.
—Aquí tengo cuarenta y una llamadas anotadas. Fecha, hora, con quién hablé y qué me dijo. Esa era la parte importante: qué me dijo, con sus palabras, apuntadas mientras hablaba.
Tom abrió la carpeta.
Cuarenta y una entradas manuscritas, en cuatro bolígrafos distintos, desde el 6 de marzo de 2016 hasta el 19 de septiembre de 2021.
—En 2019 dejaron de devolverme las llamadas —dijo Dolores—. En 2021 una señora muy amable de Racine me dijo que a veces la gente adulta se va y no quiere que la encuentren, y que a lo mejor Michelle estaba bien en algún sitio y no quería llamar.
Se sentó otra vez.
—Esa fue la última. La número cuarenta y uno. Después de esa dejé de llamar.
Tom cerró la carpeta con cuidado.
—Y el martes vino un asesino a mi casa —dijo Dolores Wolcott— y en tres horas me dijo dónde estaba mi hija, quién la mató, qué día, a qué hora, desde qué muelle y en qué tumba llevaba ocho años enterrada con un número.
El salón se quedó en silencio.
—No me pida que le odie —dijo—. No hoy. Pídamelo dentro de un año.
—No he venido a pedirle eso.
—Bien. Porque no puedo.
—Señora Wolcott, ¿le dijo a dónde iba?
—No.
—¿Le pidió algo? ¿Dinero, un sitio donde dormir, un teléfono?
—Nada. Le ofrecí café y no quiso.
—¿Hizo algo raro?
Dolores Wolcott se quedó mirando la fotografía de la repisa.
—Me hizo una pregunta —dijo—. Al final. Cuando ya estaba de pie, con el abrigo puesto, en esa puerta de ahí.
—¿Cuál?
—Me preguntó si yo creía que la vida de mi hija valía más que la de la abogada.
Tom sintió el frío otra vez, en el mismo sitio de siempre.
—¿Y usted qué le contestó?
—Le dije que no.
—¿Que no?
—Le dije: no, hijo. —Dolores levantó la cara y le sostuvo la mirada—. Valían lo mismo. Ese es exactamente el problema y usted no lo ha entendido.
—¿Y él?
—Se quedó ahí de pie mucho rato. Yo creo que un minuto entero, con la mano en el picaporte. —Se llevó una mano temblorosa a la boca—. Y después me dijo: gracias.
—¿Y ya está?
—Y me dijo que iba a venir un detective de Oshkosh a hacer preguntas, y que cuando viniera le diera esto.
Se levantó otra vez, fue al aparador y sacó un sobre blanco de debajo de un mantel doblado.
No tenía nada escrito por fuera.
Tom lo abrió con la punta de un bolígrafo y un pañuelo, aunque a esas alturas ya sabía perfectamente que no habría huellas en nada.
Dentro había una única hoja, doblada en dos, escrita a mano por una sola cara con letra pequeña y regular.
Decía:
«Detective Brenner.
Le he dejado seis alegatos en el disco duro. Están completos, son verificables y cada afirmación tiene su fuente. No necesito que esté de acuerdo con ninguno de los seis.
Hay un séptimo que no está ahí porque no lo puedo escribir yo.
Sarah Brenner. Neenah. 4 de febrero de 2002.
La nota estaba dirigida a un hombre que llevaba cuatro años muerto. Usted lo dijo tres veces y tres personas le explicaron que el dolor hace cosas raras.
Yo no maté a su hermana y no sé quién lo hizo, y le pido disculpas por adelantado si al leer esto ha pensado durante dos segundos que iba a saberlo. No tengo nada.
Esto no es una confesión ni una pista ni un regalo.
Es lo único que le puedo dar: que hay otra persona en el mundo que ha leído ese expediente entero y que piensa lo mismo que usted.
El resto es suyo.
M.K.»
Tom Brenner se quedó sentado en el sofá de Dolores Wolcott con una hoja de papel en la mano durante casi dos minutos, sin poder hablar.
El reloj de la repisa hacía ruido.
—Detective —dijo Dolores—. ¿Está usted bien?
—No —dijo Tom.
—Bien —dijo ella—. Aquí nadie lo está.