Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 24
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Capítulo 24

Cuarenta metros de tejado

La ventana del baño daba a un tejadillo de garaje que descendía en pendiente suave hasta el seto de los vecinos.

Cuatro metros de caída total. Cualquier persona en condiciones físicas normales podía bajar por ahí sin hacerse nada.

Tom la miró durante tres segundos.

Después bajó corriendo.

—¡Perímetro! —gritaba ya en la escalera—. ¡Cuatro manzanas! ¡Quiero unidades en la 41, en Jackson y en el puente de Congress! ¡Y quiero el helicóptero del condado en el aire ya!

El operativo se montó en once minutos.

Sobre el papel fue impecable, y así consta en el informe posterior que el capitán Nowak firmó sin una sola corrección.

Nueve unidades. Dieciocho agentes. Dos perros. Perímetro cerrado a las 20:22. Cámara térmica desde el aire a partir de las 20:40, con dos pasadas completas sobre un rectángulo de kilómetro y medio por dos. Registro puerta a puerta de tres manzanas.

A las 21:30 ampliaron a seis manzanas.

A las 22:15, a ocho.

No encontraron absolutamente nada.

A las 23:15, Tom estaba de pie en mitad de la calle Merritt con el pelo empapado, mirando la fachada de vinilo color crema.

Rachel se acercó y le puso su propio abrigo por encima de los hombros sin decir nada. Le quedaba pequeño y ridículo y Tom no se lo quitó.

—Se fue el miércoles —dijo Tom.

—¿Qué?

—El miércoles. —Se giró hacia ella—. Piénselo otra vez. Ella ha dicho que ayer por la mañana le hizo la pregunta y que después no volvió a hablar. Yo he asumido que estaba arriba, callado, encerrado.

—Todos lo hemos asumido.

—Pero ella no ha dicho que lo haya visto. —Tom se pasó la mano por la cara—. Ni una sola vez en cincuenta y un minutos ha dicho que lo haya visto. Ha dicho que no ha vuelto a hablar.

Volvieron a entrar en la casa.

Eleanor seguía en el sillón, exactamente en la misma postura, con la taza fría entre las manos y el té sin tocar.

Tom cruzó el salón y se agachó delante de ella, apoyando una rodilla en la alfombra.

—Señora Kopelman. ¿Cuándo vio usted a su hijo por última vez?

Eleanor tardó mucho en contestar.

—Ayer por la mañana —dijo—. En esa silla.

—¿Y después?

—Después subió.

—¿Lo vio subir?

Silencio.

—¿Lo vio subir, señora Kopelman?

—Le oí subir.

Tom cerró los ojos un segundo.

—¿Le ha llevado usted comida?

—La he dejado en la puerta.

—¿Y se la ha comido?

Silencio otra vez.

—Señora Kopelman.

—No —dijo Eleanor—. No se la ha comido.

—¿Cuántas veces?

—Cuatro. Desayuno, comida y cena de ayer. Y el desayuno de hoy.

—Entonces usted sabía que no estaba ahí arriba.

—Sí.

—Desde ayer al mediodía.

—Sí.

—Y me ha llamado esta tarde. —Tom la miró desde abajo—. ¿Por qué?

Eleanor Kopelman levantó la cara.

Y en aquel momento Tom vio en ella una cosa que llevaba tres semanas viendo: la misma que había visto en Marcus adelantándose a las preguntas, la misma que había visto en Michael enumerando con los dedos, la misma que había oído en la última grabación de Mason.

Transmitida por vía genética o por vía doméstica, daba exactamente igual.

El cálculo.

—Porque necesitaba treinta y seis horas —dijo Eleanor—. Y una mujer de setenta y dos años llorando en un sofá vale treinta y seis horas.

Tom se quedó de rodillas en la alfombra sin poder decir nada.

—Le he contado la verdad, detective. Toda. Cada palabra de lo que le he dicho esta tarde es cierta y puede comprobarlo.

—Ya lo sé.

—Se la he contado despacio.

Detrás de él, Rachel dijo, muy bajo:

—Es su madre. Después de todo esto, sigue siendo su madre.

—No —dijo Eleanor.

Los dos se giraron.

—No lo he hecho por él —dijo.

—Entonces por qué.

Eleanor dejó por fin la taza en la mesita, con un ruidito de porcelana.

—Mi hijo no está huyendo, detective.

—Señora—

—Escúcheme un momento. —Le temblaban las manos, pero la voz no—. Mi hijo lleva tres semanas cerrando cosas. Yo no sé de investigaciones y no sé de leyes, pero sé de personas que se van.

Empezó a contar con los dedos, y a Tom se le puso la piel de gallina porque era exactamente el gesto de Michael.

—Vació su casa. Lo sé porque lo llamé en octubre y me dijo que estaba tirando cosas.

Regaló el gato, que llevaba once años con él y que era lo único que ha querido en su vida.

Soltó al hombre ese, que no sé quién es pero ustedes sí.

Le dejó a usted un disco con su nombre escrito a mano, que me lo ha dicho usted mismo hace dos horas.

Bajó la mano.

—Y después vino aquí, arregló una puerta que llevaba dos años chirriando, y me preguntó si alguna vez pensé que podía haber salido bien.

Tom sintió que se le helaba la sangre por segunda vez aquella noche.

—Eso no es alguien que se prepara para escapar —dijo Eleanor Kopelman—. Yo he visto irse a mi marido y he visto irse a mis tres hijos. Eso es alguien que se está despidiendo.

—Señora Kopelman, ¿dónde está su hijo?

—No lo sé.

—Piénselo bien.

—No lo sé, detective. Se lo juro por lo poco que me queda, que no es mucho. No me dijo a dónde iba y yo no se lo pregunté.

—¿Por qué no se lo preguntó?

—Porque no quería saberlo. —Lo miró—. Si lo sé, se lo tengo que decir a usted o le tengo que mentir. Y no quería ninguna de las dos cosas.

Tom se levantó despacio.

Le dolían las rodillas y le dolía la espalda y llevaba veinte horas despierto.

—Entonces, ¿para qué quería las treinta y seis horas? —preguntó—. Si no sabe dónde está, si no puede avisarle, si no puede ayudarle a escapar. ¿Para qué?

Y Eleanor Kopelman —setenta y dos años, cuarenta de depresión, treinta de silencio, tres hijos idénticos y ningún hijo— dijo la frase que Tom Brenner repetiría en su cabeza durante los cuatro días siguientes, y en el coche, y en la ducha, y a las cuatro de la mañana:

—Porque me hizo una pregunta y me quedé callada —dijo—. Y si ustedes lo cogen esta noche, ya no voy a poder contestarle nunca.