Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Pero permanecían inmóviles sin ninguna intención de marcharse.

Aquello los desorientaba. Por regla general, los vendedores desaparecían tras satisfacerse el acuerdo.

No obstante, Thorffin permanecía rígido con la bolsa repleta de plata sujeta en su mano izquierda, sin saber muy bien qué hacer con ella.

Rashid de nuevo se acercó a mí con la clara intención de atraparme en sus brazos. Fue justo el momento en el que Gunnar decidió intervenir.

Alargó la mano y, en un rápido movimiento, arrebató la bolsa, seguidamente se adelantó con la velocidad de una pantera e interpuso la saca entre Rashid y yo, evitando el inminente contacto. Rashid retrocedió y miró a Gunnar; y él me contempló a mí.

Me fijé en la expresión de cólera contenida por el efusivo reencuentro. Era el momento. Tragué saliva.

—Hay… algo que quiero decir —comencé con la voz algo temblorosa.

—Hablaremos en el barco —interrumpió Rashid—. Me muero de ganas de abandonar estas costas. —Observó con evidente desagrado a Gunnar y añadió—: imagino que este rufián quiere un incentivo para escatimarlo a su jefe; le daré mi medallón; no quiero tener problemas con estos bárbaros.

Agradecí al cielo que los bárbaros en cuestión no entendieran ni una palabra de árabe.

Ya alzaba los brazos tras su cuello cuando puse una mano en su codo para detenerlo.

—No quiere tu medallón.

—Pregúntale qué desea y que se largue de una vez.

—Sé lo que quiere.

Rashid alzó las cejas interrogante, y Rodrigo miró con evidente desconcierto a Gunnar para luego clavar en mí una mirada llena de desasosiego.

—A mí.

Instantáneamente se miraron entre ellos con una expresión de alarma reflejada en sus rostros y a continuación me observaron algo aturdidos.

Rashid dejó caer la bolsa al suelo y me atrajo hacia él.

—No puede romper el trato, el intermediario nos aseguró que era su jarl quien hacía la venta. No tiene ningún derecho sobre ti.

—Sí lo tiene.

En los oscuros ojos de Rashid brilló el temor. Tomó con fuerza mis hombros, acercó su rostro al mío y con vehemencia exclamó:

—¡Escúchame, Shahlaa, nada de lo que haya pasado en este tiempo me importa! ¿Lo oyes? ¡Nada! Imagino que te habrás visto obligada a hacer… cosas que de otro modo no habrías hecho, yo lo comprendo.

Entonces recordé la carta que la misma Amina había escrito en nombre del jarl . Era imposible saber la cantidad de ignominias que habría lanzado contra mí, pero sin duda de una sí era culpable y, por la expresión de Rashid, supe que había creído cuanto se narraba en aquella misiva, y aun así…

—Durante todo este tiempo me he visto obligada a hacer muchas cosas —concedí. Hice una pausa y miré directamente a Gunnar—. Pero te aseguro que otras no, y la decisión de quedarme es una de ellas.

Los hombres me miraron boquiabiertos. La expresión petrificada de Rashid fue desgarradora. Negó con la cabeza como si hubiera sido producto de su imaginación. Rodrigo ni siquiera parpadeó, parecía una estatua con la boca desencajada. Sus arrugas se acentuaron.

—¡No puedes hablar en serio! ¡Has perdido el juicio, muchacha!

Rashid ni siquiera fue capaz de articular palabra, parecía faltarle el aire. Por un momento, pensé que se desplomaría.

—No, tío, no he perdido el juicio. Soy consciente del impacto de mi decisión, espero que puedan perdonarme algún día.

El cetrino rostro de Rashid tornó de un pálido casi marmóreo a un rojo intenso. Temí un arranque de ira y, para evitar una confrontación abierta, lo tomé del brazo y lo encaminé a la tienda.

—Será mejor que hablemos en privado —propuse.

Antes de adentrarme con él, miré hacia atrás. Gunnar no parecía muy complacido con la idea. Me pregunté cuánto tardaría en irrumpir como un desquiciado.

La lona roja de la tienda teñía de bermellón la suave luz que traspasaba su textura y daba la impresión de un falso y acogedor atardecer.

En el interior, las alfombras y los cojines que cubrían el suelo traían a mi memoria la habitación en la que tanto nos habíamos amado Rashid y yo.

Cerré los ojos y aspiré con fuerza. Cuando los abrí, la mirada acusatoria de él me golpeó.

—No puedes hablar en serio —comenzó. Su voz era ahora apenas un hilo—. No imaginas cuánto te hemos buscado, cuánto te he echado de menos, Shahlaa. Todo este tiempo he vivido sin corazón, ¿por qué haces esto?

—Porque Shahlaa murió.

Sus ojos se abrieron con asombro, torció la boca ligeramente y de nuevo negó con la cabeza, el miedo se le dibujó en el semblante.

—Sí —agregué—, Shahlaa murió aquel día junto al puerto de Isbiliya.

Murió con cada paso que daba para sobrevivir y, a pesar de eso, me aferré cuanto pude a tu recuerdo, a nuestro amor; sin embargo, no fui lo suficientemente fuerte para resistir.

Estaba demasiado ocupada manteniéndome con vida, y en esa lucha otro sentimiento comenzó a invadir mi corazón diluyendo tu recuerdo.

Te juro que peleé contra él, pero terminó dominándome.

Yo… amo a otro hombre y me he convertido en su esposa.

Retrocedió tambaleante, boqueó como un pez buscando aire y comenzó a adquirir un alarmante tono grisáceo.

Sentí su furia, su decepción, su dolor. Me sentí como si le hubiera clavado un puñal en el pecho y, en realidad, lo había hecho. No me iba a ser fácil vivir con eso.

—¡No, no, no…! ¡Tú eres mi esposa, de nadie más!

Había alzado la voz considerablemente y temí que apareciera Gunnar. Me acerqué con intención de calmarlo, pero aquello fue un craso error.

Rashid se abalanzó sobre mí y me derribó sobre la alfombra. El impacto me dejó sin respiración, pero la enloquecida mirada del hombre que tenía encima me sobrecogió lo suficiente para recuperar el resuello.

Comencé a debatirme en un intento por sacármelo de encima y, aunque era mucho más menudo que Gunnar, su furia lo dotó de una fuerza extraordinaria.

No conseguí moverme. Me había apresado las manos por encima de la cabeza y me besaba con voracidad.

Giré la cabeza en un fútil intento por evitar su boca, pero aquello solo lo alteró más, así que decidí permitirle besarme hasta que se calmase.

Mas, cuando abrí la boca y su lengua invadió la mía, los recuerdos me abofetearon con violencia.

Sentí ganas de llorar y, por un instante, maldije a Gunnar.

Aunque me embargaron emociones contradictorias, sí descubrí que el hormigueo que había despertado una vez en mí, ya no estaba.

Solo aquel bárbaro maldito lograba encogerme el estómago con una sola mirada, solo él encendía la chispa de mi pasión, solo él conseguía que sintiera revolotear mariposas en el pecho con el simple roce de sus labios.

Rashid también notó mi frialdad. Fue suficiente para que se apartara completamente derrotado.

Inmediatamente me puse de pie. Solo mirarlo me llenaba de angustia.

—Es ese gigante de ojos verdes, ¿verdad?

Asentí.

—Lo siento. Simplemente pasó.

De pronto, dejó escapar una abrupta carcajada.

—¿Y ya está? Acabas de destrozar a un hombre y dices que simplemente pasó. —Dio un paso hacia mí y tomándome por los hombros comenzó a zarandearme—. ¡Acabas de hacerme añicos cualquier posibilidad de ser feliz, de volver a sentir, incluso de volver a vivir!

—Yo…

No pude reprimir más las lágrimas.

—Yo… no sé qué decir, salvo que espero que puedas recuperarte y casarte de nuevo. Estoy segura de que tarde o temprano encontrarás el amor. Nadie lo merece más que tú.

Pasó las manos por su negro cabello, alborotándolo. Agitado, se paseó por la estancia dando patadas a cuanto cojín se interpuso en su camino.

—¡No y mil veces no! —gritó encolerizado—. Nunca amaré a otra, lo sé, siempre lo supe y lo que ahora me queda dolorosamente claro es que tú —me señaló casi con desprecio—, ¡tú jamás me has amado lo suficiente!

—Eso no es verdad —me defendí.

Rashid gritaba al tiempo que caminaba de un lado a otro. Gesticulaba exageradamente, desfogando en sus ademanes la ira que lo sacudía.

—¡Claro que es verdad! ¿Acaso crees que yo habría dejado de quererte aunque me hubieran alejado cien años de ti? ¿Aunque una decena de hermosas mujeres me hubieran tentado? ¡No, nunca!

—¡Ya te he dicho que resistí cuanto pude!

—¡Sí, ya imagino cuánto resististe! Seguro que te abriste de piernas a la primera oportunidad.

Como accionada por un resorte, levanté la mano y la estampé con violencia en su mejilla.

—¿Sabes quién escribió esa carta? ¿Sabes con quién he tenido que convivir todo este tiempo?

La mirada azabache de Rashid me penetró.

—Con Amina. La apresaron como a mí, y puedo asegurarte que me hizo la vida imposible, ella adornó la misiva del rescate.

Claramente sorprendido, abrió desmesuradamente los ojos. Tragó saliva antes de hablar.

—No puedo creerlo —musitó.

—No creerías por todo lo que he pasado.

Esta vez me miró algo avergonzado, al menos había conseguido apaciguarse lo suficiente para escucharme.

—Han atentado en más de una ocasión contra mi vida, me azotaron, me violaron y golpearon, me acusaron de brujería, me despreciaron y la mayor parte de esas cosas fueron propiciadas por ella.

Las lágrimas llegaron saladas a la comisura de mis labios, pero era amargor lo que sentía.

—Aunque sí debo confesar que me entregué a él y solo a él por voluntad propia. Al principio, por evitar que me entregaran al temible jarl , el hombre que me violó, pero después… se metió en mi alma.

Rashid también lloraba, me miraba roto. Su apuesto rostro se ensombreció y cayó en un abismo del que temí que no saliera.

Asustada lo abracé y lo acuné con dulzura. Él se dejó caer en mis brazos, sacudido por los sollozos. Acaricié su cabello y le susurré palabras de consuelo. No sé cuánto tiempo pasamos así, pero cuando dejamos de llorar Rashid tomó mi rostro entre sus manos y me contempló largamente.

—Estás más hermosa que nunca, es como si resplandecieras y eso me mata, porque yo no soy el causante —susurró con semblante enamorado.

—Volverás a amar; solo necesitas tiempo.