Capítulo 12 #2
Tras mi exposición se produjo un silencio prolongado. Gunnar me contemplaba con admiración, los guerreros con asombro. No sabía si mis palabras habían surtido algún tipo de efecto, así que me dispuse, con toda la tranquilidad de la que fui capaz, a terminar de recoger.
—Me llamo Ada de Montinag, provengo del sur de la Galia. Fui capturada hace tres años y apenas recuerdo el rostro de mis padres. He tenido dos amos y el último es el demonio en cuerpo de hombre.
No me dio su nombre de esclava y eso ya era una buena señal.
—Este es un nuevo comienzo, Ada.
En ese momento, llegó Erik con los caballos. Tenía una sonrisa complacida en el rostro.
—¿Dónde demonios has buscado los animales? —rezongó Gunnar molesto por la tardanza.
Erik se rascó la barbilla algo incómodo, pero continuó exhibiendo esa sonrisa estúpida.
—Bueno, me han entretenido.
Ragnar resopló, agitó una mano y se dirigió a su montura.
—¿A ti o a tu aguijón?
—A ambos.
Thorffin soltó una carcajada.
—Thorffin, tú llevarás a Ada —ordenó Gunnar—; eres el único hombre honorable aquí.
—Y que lo digas, tú también te has convertido en un depravado.
Gunnar sonrió, montó con soltura en su negro alazán y se inclinó para ayudarme. Subí tras él y me ceñí a su espalda.
—En mi defensa diré que la tentación siempre me acompaña.
Rodeé con mis brazos su cintura. Suspiró exageradamente.
—¿Ves a lo que me refiero?
Thorffin sonrió, sacudió la cabeza y montó con presteza a pesar de su apabullante tamaño. Ayudó a Ada con una delicadeza desconocida en él.
—Pequeña, si te duele demasiado, házmelo saber, ¿de acuerdo?
La muchacha lo miró con sus grandes ojos negros y asintió. Parecía un cervatillo asustado.
Cabalgamos con el sol del mediodía que caía oblicuamente entre las agujas de los arces formando en el lecho del bosque unas sombras alargadas.
Entre helechos y peñascos avanzamos por un sendero que contorneaba la costa.
La belleza del paisaje era subyugadora. El mar, de un azul profundo, se rizaba espumoso contra la orilla.
Las gaviotas surcaban los cielos y planeaban cerca de la superficie del agua con la esperanza de vislumbrar alimento.
Un afilado y rocoso cabo se adentraba en el mar.
Nubes espesas se esponjaban contra un cielo azul y radiante.
Y el aroma, un intenso perfume a bosque húmedo, a madera vieja y a salitre.
El invierno llegaba a su fin, largo, crudo y oscuro.
Ahora venían los meses de luz en los que nunca anochecía, en los que un extraño y hermoso sol de medianoche presidía incansable el firmamento bruñendo de oro cada rincón de aquellos bellos parajes; tan solo una ligera penumbra acogía los sueños, carentes de las negras sombras que acompañaban al frío.
Comprendí que amaba aquella tierra hostil a la que había sido lanzada.
Ya no era mi particular prisión; era el lugar en el que me había encontrado a mí misma, en el que había encontrado el amor, la amistad y muy pronto el hogar.
Los recuerdos de mi tierra natal, todavía anclados en mi pecho, jamás se borrarían, pero habían quedado relegados a un segundo término, y ahora viajaba hacia el último lazo que me unía a ellos con la intención de cortarlo.
No tardamos en llegar a Aalborg.
Bordeamos un cerro y ascendimos un montículo pedregoso.
Desde la loma vislumbramos una pequeña cala cobijada por escarpados acantilados.
Dos barcos con las velas replegadas fondeaban en la orilla.
Más allá, varias tiendas se alineaban frente a una playa de guijarros; un grupo de hombres se reunía en torno a una hoguera.
Sus voces llegaron a mis oídos, la lengua árabe que reconocí me aceleró el pulso.
Descendimos lentamente, casi con parsimonia, para dar tiempo al campamento a reconocer la comitiva que esperaban.
El campamento se agitó ante nuestra presencia, varios hombres corrieron por sus espadas, otros se adentraron en la tienda principal.
Gunnar, a una distancia prudencial, ordenó detenernos. Bajamos del caballo, los hombres desenfundaron sus espadones. Los miré nerviosa.
—No pienso consentir que se derrame sangre.
Gunnar me contempló con férreo semblante.
—¿Tampoco vas a consentir que nos defendamos? —me increpó.
—No nos atacarán, solo esperan una transferencia comercial —objeté molesta.
—Sí, una transferencia que no se llevará a cabo —espetó malhumorado—; es condenadamente fácil que surjan problemas, ¿no crees?
Sabía que llevaba razón, pero de igual forma no podía soportar que hubiera un enfrentamiento.
—Te suplico que confíes en mí y permanezcas al margen. Está batalla la libraré sola, cualquier intervención tuya podría ser desastrosa. Veas lo que veas, no te inmiscuyas.
Gunnar palideció.
—¿Vea lo que vea? ¿Por quién demonios me tomas? ¡Eres mi mujer, maldita sea!
—Pero él no lo sabe, y quiero ser yo quien se lo diga. Y si él ha venido a reencontrarse con la esposa que perdió, probablemente su primera reacción…
Cuando comprendió a lo que me refería, pareció hervir de furia, pero para mi sorpresa solo asintió.
—Solo ponte en su lugar.
—Ya lo he hecho, por eso tomo mis medidas.
Lo miré imprimiendo en mi semblante una clara advertencia. En ese instante la voz que llegó a mí me paralizó. Giré.
—¡Shahlaa!
A pocos metros de mí, dos hombres me contemplaban claramente emocionados. Rashid casi se echó a correr hacia mí.
Por un momento, no lo reconocí: lucía una barba cuidada y su cabello oscuro estaba más corto de lo acostumbrado, parecía cansado y ojeroso, pero en ese preciso momento, irradiaba felicidad.
Mi tío Rodrigo sonreía sin poder contener las lágrimas.
En un rápido movimiento, los hombres de Gunnar se adelantaron cerrándoles el paso. Oculta tras aquellas gigantescas espadas, intenté en vano recomponer mi impresión, pero la losa fría y pesada que había aprisionado mi pecho permanecía. Una mano aprisionó la mía. Miré de nuevo a Gunnar.
—Te amo —susurró casi con un hilo de desesperación.
No podía hablar y me solté. El temor de su mirada se acrecentó.
—Confía en mí —logré articular.
—No sé cuánto seré capaz de soportar —me previno.
—Confía en mí —repetí con toda la calma que pude reunir, aunque mi interior era un amasijo tembloroso y caótico.
La voz de Rashid había arrancado recuerdos demasiado vívidos del amor que habíamos compartido. Estaba allí, y eso ya era una inequívoca señal de lo que seguía sintiendo por mí. Supe que iba a ser más duro de lo que había imaginado; si alguien no se merecía esto, era él.
Un tercer hombre se acercó a nosotros, era el traductor.
—¡Acérquense y recojan lo convenido! —habló en lengua nórdica.
Fui escoltada frente a la tienda principal, en la que un maltrecho banco de madera sostenía una balanza; en uno de sus platos, habían apilado un puñado de dírhams de plata. En el otro, una serie de pesas equilibraba ambos platillos. Mi rescate.
Rashid y Rodrigo aguardaban impacientes el intercambio. Cometí el error de mirar a Rashid. Sus ojos negros como la noche prácticamente me devoraron.
Recordé la noche que pidió mi mano. Era la primera vez que habíamos estado cerca, y su impaciencia nos había incomodado tanto a mi madre como a mí. En aquella ocasión, su mirada habló con tanta claridad como lo hacía ahora, con una diferencia, no iba a conseguir lo que había ido a buscar.
Metieron la plata en un saco de sarga, lo anudaron y se lo entregaron al guerrero más cercano. El traductor pareció atemorizado ante el tamaño de Thorffin y con cautela le extendió la bolsa.
—¿Y ahora qué? —inquirió mirando a Gunnar.
Pero, antes de que respondiera, me adelanté; ese simple gesto bastó para que Rashid se abalanzara sobre mí. Me rodeó con sus brazos y me besó.
—¡Shahlaa, mi amor! ¡Mi amor, mi amor…!
Una lluvia de besos cubrió mi rostro. De nuevo me abrazó embargado por el llanto. Temiendo la reacción de Gunnar intenté apartarme sin resultado alguno.
Aquellos besos despertaron emociones confusas en mí, sentí compasión, dolor por lo perdido, vergüenza por mi traición y sobre todo nostalgia de aquel primer amor roto por el destino y por mi debilidad.
—¡Leonora!
Mi tío aguardaba su turno. Me lancé a sus brazos y sollocé abiertamente. Sentí que no podía hacerles eso. Lamenté haber ido, solo deseaba correr lejos de allí, esconderme en una cómoda cobardía para alejar el dolor que me atravesaba.
—¡Por fin te encontramos!
Logré separarme lo suficiente para preguntar por mi madre.
Los cerúleos ojos de Rodrigo se empañaron nuevamente.
—Aguardando tu regreso, ha rezado cada día desde entonces, hoy Dios nos ha escuchado.
Cada palabra era un puñal afilado que se clavaba en mi alma.
—¿Y Khaled? —pregunté con voz temblorosa.
La imagen de su cuerpo ensangrentado tirado en la calzada no me había abandonado. Miré a Rashid, en su rostro vi la respuesta. Otro puñal me atravesó.
—Vivió un tiempo después de aquello. Tu madre lo recibió en su casa. Por un momento pensamos que se repondría, pero desgraciadamente unas fiebres se lo llevaron dos meses más tarde —explicó apesadumbrado.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano en un gesto del todo infructuoso, pues no dejaban de brotar. Intenté serenarme recordándome lo que había ido a hacer, pero quedaba una pregunta.
—¿Y… sus hijos?
Fue Rodrigo quien habló.
—Viven con tu madre, ella los ha acogido. Khaled se lo pidió.
Me consoló saber que no estaba sola y que se había reencontrado con mi padre.
Imaginé que la presencia de mis medio hermanos la hacía sentirse más cerca de mí, pero ¿qué pensaría cuando supiera que no iba a volver?
¿Lograrían ellos ocupar mi vacío, mitigar algo su pena?
Deseé con todas mi fuerzas que así fuera.
Entonces me di cuenta de que los árabes miraban bastante nerviosos a los guerreros, algo muy normal teniendo en cuenta su tamaño y ferocidad.