Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 30El precio de una confesión #3
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CAPÍTULO 30El precio de una confesión #3

Cuando llegué a casa, Claudia estaba en el comedor repasando el libreto de teatro. Daniel intentaba convencerla de que le permitiera leer una de las escenas con ella, aunque por lo que escuché desde la entrada ya habían discutido varias veces sobre la manera de interpretar al personaje.

Elena terminaba de recoger la cocina.

Dejé las llaves y me acerqué a ayudarla con los platos.

—Has llegado antes de lo que esperaba —comentó—. Pensaba que seguiríais con la documentación de Alicante. Esta mañana dijiste que faltaban unas comprobaciones y conozco esa expresión lo suficiente para saber que puede significar cualquier cosa.

—Hemos terminado el informe y lo hemos remitido. Los documentos confirman algo importante sobre el pago que encontramos en las empresas de Gabriel. Quería contártelo esta noche, aunque después podemos hablar de cómo vamos a organizarnos durante los próximos días.

Elena dejó el paño sobre la encimera.

—Entonces imagino que tiene que ver con aquel hombre que confesó el asesinato de Irene.

Le expliqué la transferencia, las comunicaciones de 2014 y la declaración de Isabel Cuesta. También le conté que el dinero se había abonado antes de que Rueda cambiara su versión y que Gabriel consideró cumplido el acuerdo inmediatamente después de la confesión.

Elena escuchó sin interrumpirme.

—Llevas años diciéndome que había algo en aquel expediente que no encajaba —respondió cuando terminé—. Ahora entiendo por qué este descubrimiento es distinto. Pero supongo que demostrar que pagaron por una confesión tampoco significa que sepáis quién mató realmente a Irene.

—Todavía estamos lejos de eso. Sabemos que Gabriel participó en un acuerdo para conseguir que Rueda asumiera la responsabilidad.

Desconocemos quién lo propuso, por qué lo hizo y qué relación tenía con las pruebas que aparecieron durante la investigación.

También sigue pendiente averiguar qué ocurrió con la llave.

Elena se apoyó en el borde de la encimera.

—Lo que me preocupa es lo que va a significar para ti.

Has conseguido avanzar en algo que te ha acompañado durante doce años, pero conozco tu manera de trabajar cuando aparece una posibilidad nueva.

A veces empiezas diciendo que solo quieres comprobar un detalle y acabamos organizando toda la semana alrededor de ese detalle.

Me quedé junto al fregadero, terminando de secar uno de los vasos.

—Tienes razón. Durante el caso de Gabriel volví a hacerlo más de una vez.

Esta investigación va a necesitar tiempo y seguramente habrá desplazamientos, pero quiero organizarla de otra manera.

El informe ya está en manos de quienes deben decidir cómo continuar y habrá personas trabajando en Alicante.

Puedo ocuparme de las gestiones que me correspondan sin intentar resolverlo todo personalmente.

Elena recuperó el paño.

—Eso me parece razonable. Aunque prefiero que lo hablemos cuando sepas qué días tendrás que marcharte.

Claudia tiene los ensayos, Daniel sigue necesitando que lo recojamos y yo tampoco puedo reorganizar mi trabajo cada vez que aparece una diligencia.

Si vamos a hacer sitio a Alicante, tendrá que ser entre los dos.

—Lo haremos así. De momento, mañana puedo encargarme de Daniel y el jueves iré a buscar a Claudia después del ensayo. Ya he hablado con Molina para repartir las actuaciones pendientes, así que no tendría que cambiar ninguno de esos planes.

Desde el comedor llegó la voz de Claudia, que acababa de corregir a su hermano por tercera vez.

—Papá, ¿puedes venir un momento? Daniel está convencido de que sabe representar este personaje mejor que yo y quiero que alguien le explique que una escena no consiste en gritar todas las frases.

Elena me miró mientras colocaba el último plato en el armario.

—Ahí tienes una investigación que probablemente resulte bastante más difícil de resolver que la de esta semana.

Me llevé el vaso que acababa de secar y regresé al comedor.

Claudia me entregó el libreto y señaló el comienzo de una escena. Daniel había apartado una silla para representar a su personaje y me esperaba con una expresión de concentración que reconocí de otras ocasiones.

Me senté frente a ellos.

—Antes de empezar, explicadme quién es cada uno y qué está intentando conseguir. Después veremos si hace falta gritar tanto.

Claudia comenzó a contarme el argumento mientras Daniel interrumpía para corregir algunos detalles.

Elena apareció poco después y se acomodó a nuestro lado.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y seguí leyendo las páginas que mi hija me había entregado.

Al día siguiente continuaríamos preparando las nuevas diligencias sobre Irene Valdés.

Teníamos una transferencia acreditada, unas instrucciones empresariales y el testimonio de la mujer que había tramitado el pago.

Eran pruebas que permitían cuestionar la confesión de Damián Rueda y exigían revisar las circunstancias de aquella condena.

Todavía ignorábamos quién había matado a Irene y qué interés llevó a Gabriel Lozano a pagar ciento cincuenta mil euros para que otro hombre asumiera su muerte.

Aquella noche, sin embargo, el trabajo ya estaba hecho.

Le devolví el libreto a Claudia cuando terminó de explicarme su escena y le pedí que empezáramos desde la primera intervención.

FIN DEL LIbrO 3