CAPÍTULO 20El asiento del copiloto
El asiento del copiloto
Pilar había retirado el revestimiento lateral del asiento del copiloto cuando llegamos a las dependencias de Policía Científica, el viernes por la mañana.
El vehículo seguía bajo custodia y la segunda inspección se estaba realizando en una zona del taller donde habían instalado varias lámparas orientables.
—Antes de que os acerquéis, quiero que miréis estas fotografías —dijo, apartando una bandeja de herramientas—.
Llevamos dos días comparando los carriles del asiento con las imágenes que tomamos durante la primera intervención.
Hay una diferencia entre saber que alguien utilizó ese asiento y averiguar si lo desplazó en circunstancias relacionadas con la muerte de Gabriel.
Molina dejó su chaqueta sobre una silla.
—La última vez nos enseñaste fibras y marcas en la alfombrilla. Supongo que ahora tienes algo que nos permita avanzar un poco más, porque llevamos bastante tiempo intentando averiguar qué ocurrió dentro de ese coche.
Pilar señaló una fotografía ampliada de la guía interior, situada junto a la consola central.
—Hemos encontrado una pequeña transferencia de sangre en el mecanismo de desplazamiento. La muestra coincide con el perfil genético de Gabriel. Lo interesante es su distribución: una parte quedó adherida a la guía fija y otra presenta un arrastre longitudinal sobre la pieza móvil del asiento.
Me acerqué a la mesa.
La fotografía mostraba una marca rojiza, estrecha y discontinua, junto a una zona de metal que había quedado protegida por el revestimiento.
—¿Qué significa exactamente ese arrastre?
—Que hubo un desplazamiento entre ambas piezas cuando el material estaba sobre ellas.
Hemos examinado el sentido de la marca y la posición del mecanismo.
Todo es compatible con que el asiento se moviera hacia atrás después de que la sangre alcanzara esa zona.
La dirección está bastante clara; el momento concreto requiere más cautela.
Molina examinó la imagen.
—Si la sangre pertenece a Gabriel y el asiento se movió después, estaríamos hablando de un desplazamiento posterior a la herida. Eso situaría a alguien manipulando el asiento durante la agresión o inmediatamente después.
—Sería una explicación posible —respondió Pilar—.
Pero antes necesitamos descartar que el mecanismo se desplazara durante alguna intervención posterior.
He revisado nuestras fotografías y las anotaciones de la recogida del vehículo.
Ahora estamos completando la comprobación con los servicios sanitarios que acudieron al aparcamiento.
La seguí hasta el coche.
El asiento derecho continuaba bastante más retrasado que el del conductor. La tapicería estaba protegida en las zonas que todavía conservaban muestras pendientes y el revestimiento retirado dejaba visible una parte del mecanismo eléctrico.
Pilar indicó a uno de los técnicos que acercara el dispositivo con el que habían medido las posiciones.
—El carril presenta dos zonas de contacto diferenciadas.
Una corresponde a la posición en la que encontramos el asiento y la otra a una posición más adelantada.
Eso significa que el mecanismo trabajó en ambas posiciones, aunque el desgaste por sí solo podría haberse acumulado durante años.
La sangre es lo que convierte ese movimiento en algo que debemos investigar dentro de la secuencia del crimen.
—¿Cuánto se habría desplazado? —pregunté.
—La correspondencia más probable está entre siete y nueve centímetros.
Tenemos que precisar la medida en el informe, pero es una diferencia suficientemente amplia para modificar el espacio disponible delante de las piernas de un ocupante.
Hemos probado el recorrido con un mecanismo equivalente para observar cómo se produce el contacto entre las piezas, sin seguir accionando el asiento intervenido.
Me mostró la grabación de aquella prueba.
El asiento utilizado para la comparación avanzaba unos centímetros y después retrocedía. Cuando se desplazaba, una pieza interior recorría la misma zona que aparecía marcada en las fotografías del vehículo de Gabriel.
—¿Y podemos saber si volvió exactamente a la posición anterior? —preguntó Molina.
—Podemos establecer que terminó en una posición retrasada y que existen señales compatibles con un desplazamiento desde otra más adelantada.
Determinar si regresó a un ajuste utilizado previamente por la misma persona es bastante más complicado.
Estos mecanismos admiten muchos puntos intermedios y las marcas antiguas pueden coincidir parcialmente con las nuevas.
Volví a mirar la guía.
La sangre de Gabriel había aparecido en un lugar que durante la primera inspección permanecía parcialmente oculto. Si alguien desplazó el asiento mientras aquella sangre seguía húmeda, el movimiento podía estar relacionado con los últimos acontecimientos ocurridos dentro del vehículo.
Pero todavía faltaba identificar quién lo había realizado.
Pilar nos llevó hasta una sala contigua para enseñarnos la secuencia completa de fotografías.
Había dispuesto las imágenes según el momento en que fueron tomadas, desde las primeras realizadas en el aparcamiento hasta las obtenidas durante la revisión de los carriles.
—Quiero que prestéis atención a la posición inicial del asiento —explicó—. En estas imágenes, tomadas antes de retirar el cuerpo y de trasladar el vehículo, ya aparece retrasado. Esa es una referencia comprobada. Después se documentó cualquier movimiento necesario para examinar el interior.
Molina señaló la tercera fotografía.
—¿Y los sanitarios? Si alguno accedió por el lado derecho y necesitó hacer espacio para atender a Gabriel, pudo moverlo. Tendríamos una explicación para una marca relacionada con su sangre que no implicaría al asesino.
—Es justamente lo que estamos comprobando.
Según el informe de asistencia, la actuación se concentró en el acceso del conductor y en la valoración de la víctima.
No consta que desplazaran el asiento del copiloto.
Eso favorece la posibilidad de que el movimiento fuera anterior, aunque voy a esperar a completar las declaraciones del personal antes de excluir una manipulación posterior.
Cogí una de las imágenes.
En ella se apreciaba la alfombrilla doblada cerca de la parte posterior, tal como la había visto la noche del asesinato.
—En la primera inspección observamos esta doblez —dije—. Después encontrasteis las impresiones de suela y las fibras. ¿Existe alguna relación demostrable entre esas marcas y el desplazamiento?
—Por ahora podemos decir que son compatibles con el uso del espacio del copiloto, pero debemos tratarlas como indicios diferentes.
La alfombrilla pudo deformarse en otra ocasión y las fibras necesitan comparaciones que todavía están abiertas.
La transferencia de sangre tiene más interés para establecer una secuencia de movimientos, precisamente porque procede de Gabriel.
Molina regresó a la fotografía de la guía.
—Si alguien estaba sentado aquí cuando Gabriel recibió la herida, podría haber desplazado el asiento para moverse dentro del vehículo o facilitar su salida. Eso encaja con nuestra hipótesis de una persona que entra por el lado derecho mientras la furgoneta tapa la plaza.
Pilar dejó el informe sobre la mesa.
—Encaja con una parte de tu hipótesis. Lo que acabamos de encontrar habla de un movimiento del asiento, no de la entrada de una persona. La sangre tampoco permite establecer en qué momento comenzó a ocuparlo alguien. Tendrás que demostrar ese desplazamiento desde el exterior mediante otras pruebas.
Molina parecía dispuesto a contestar, pero terminó examinando de nuevo las fotografías.
—Nuestra reconstrucción situaba al agresor entrando después de las veinte cuarenta y siete y abandonando la zona por S-2 alrededor de las veinte cincuenta y cinco. Si además tenemos que incorporar un desplazamiento del asiento, habrá que comprobar que toda la secuencia cabe en ese intervalo.
—Eso sí podemos planteárnoslo —respondí—. Pero quiero que dejemos de utilizar el movimiento del asiento como confirmación de una entrada que todavía no hemos visto. Las dos cosas necesitan pruebas independientes.
Pilar señaló otra fotografía.
—Hay un detalle que os interesa. La transferencia de sangre aparece en el carril interior, cerca de la consola, donde resulta difícil depositarla desde fuera con el asiento colocado en su posición final.
Eso hace razonable investigar qué movimientos se produjeron dentro del coche cuando Gabriel estaba herido.
Pero también habrá que valorar mecanismos de transferencia indirecta; una persona con sangre en la ropa o en las manos podría haberla depositado allí.
—¿Podría haber sido el propio Gabriel? —pregunté.
—Tendría que haber alcanzado una zona complicada desde el asiento del conductor y, además, accionar el mecanismo derecho.
No es imposible en términos absolutos, pero requeriría una secuencia que todavía no tenemos motivos para considerar probable.
Os recomendaría concentraros en la posición del acompañante y en cualquier dato que permita saber quién pudo ocuparla.
Recorrí con la vista las fotografías.
En una se veía la puerta derecha. En otra, el respaldo retrasado. La última mostraba la marca de sangre sobre el carril.
La distribución aportaba un movimiento que hasta entonces había pasado inadvertido: alguien podía haber modificado la posición del asiento mientras Gabriel ya estaba herido.
La pregunta era si aquel movimiento había ocurrido durante los trece minutos o si estábamos utilizando ese intervalo para ordenar pruebas que todavía carecían de una hora propia.
A primera hora de la tarde, Molina y yo regresamos a comisaría.
Había pedido que prepararan las imágenes originales del aparcamiento, con los horarios corregidos de los distintos grabadores. También quería comprobar qué podía verse del lateral derecho del vehículo antes de la llegada de la furgoneta.
El técnico abrió la secuencia de las veinte cuarenta y uno.
Gabriel apareció desde el pasillo de ascensores con la carpeta bajo el brazo. Se detuvo junto a la puerta del conductor, la abrió y entró.
La carrocería del todoterreno gris ocultaba buena parte del lado del copiloto.
Molina observó el encuadre.
—La imagen sigue sin mostrarnos a nadie aproximándose por ese lado.
Si nuestra teoría es correcta, tendría que hacerlo cuando la furgoneta empezara a bloquear la visión principal.
La apertura de S-2 a las veinte cincuenta y cinco podría corresponder a su retirada, aunque seguimos sin conocer el sentido de ese movimiento.
—Quiero que comprobemos algo diferente —respondí—.
Sabemos que el asiento se encontraba retrasado cuando encontraron a Gabriel.
También tenemos indicios de que pudo desplazarse después de que apareciera sangre en su mecanismo.
¿Qué prueba tenemos de que la persona que lo utilizó entró precisamente cuando la furgoneta ocultó el vehículo?
Molina volvió a mirar la pantalla.
—La obstrucción nos ofrece la oportunidad. Antes de que llegara, la cámara principal tenía una visión bastante mejor de la plaza.
—Mejor del lado del conductor. El derecho seguía parcialmente oculto por el todoterreno, incluso antes de las veinte cuarenta y siete. Hemos documentado esa limitación varias veces, pero nuestra reconstrucción continúa situando todos los movimientos importantes dentro de los trece minutos.
El técnico retrocedió hasta las veinte treinta y ocho.
Durante unos instantes apareció un coche cruzando el pasillo. Después, la plaza permaneció prácticamente inmóvil hasta la llegada de Gabriel.
El lateral derecho de su berlina quedaba fuera de una observación completa.
—Podemos comprobar el recorrido de las cámaras anteriores —dijo el técnico—.
Pero quiero advertirles de que ninguna ampliación va a permitir reconocer a una persona en una zona que quedó físicamente tapada.
Si utilizan estas imágenes para excluir movimientos, tendrán que describir exactamente qué parte de cada recorrido era visible.
Molina apoyó el plano junto al teclado.
—La primera apertura de AUX-04 es a las veinte treinta y cinco.
Hasta ahora la interpretábamos como el acceso de alguien que esperaba el momento adecuado para acercarse después al vehículo.
Esa sigue siendo una posibilidad. Lo que dices es que quizá estamos dando por hecho algo que los registros tampoco demuestran.
—Quiero conservar las dos posibilidades mientras examinamos los movimientos anteriores —respondí—. La segunda apertura puede relacionarse con una salida, pero no nos dice cuánto tiempo llevaba esa persona en el aparcamiento ni qué había hecho antes.
Molina señaló la pantalla.
—Entonces necesito revisar la relación de accesos anterior a la llegada de Gabriel con un criterio distinto.
Hasta ahora hemos buscado quién podía aproximarse desde S-2 cuando la furgoneta ya estaba allí.
También podemos identificar qué personas estuvieron en condiciones de acceder a las plazas antes de las veinte cuarenta y uno, aunque eso no signifique que llegaran a acercarse al coche.
Le indiqué que siguiera por esa vía.
La información sobre AUX-04 permanecía incompleta.
Rafael y Alberto habían aportado documentación de custodia, pero todavía no podíamos relacionar las dos aperturas con una persona determinada.
Tampoco habíamos conseguido corroborar que Inés abandonara efectivamente el edificio después de cancelar su transporte.
Cualquiera de esas comprobaciones podía modificar la interpretación de las imágenes.
Molina recogió el plano y lo dobló con cuidado.
—Voy a pedirle a Nuria que compare los accesos con las grabaciones anteriores. Prefiero que partamos de todos los movimientos posibles y después eliminemos los que podamos descartar, en lugar de buscar únicamente a alguien que encaje en el recorrido que preparé el sábado.
—Hazlo. Yo hablaré con Pilar cuando termine las comprobaciones sobre los sanitarios. Si se confirma que nadie desplazó el asiento después de encontrar el cuerpo, tendremos un indicio más fuerte sobre lo que ocurrió antes.
El técnico dejó congelada una imagen de las veinte cuarenta y uno.
Gabriel aparecía junto a la puerta del conductor. El asiento derecho resultaba imposible de observar desde aquella posición.
Me quedé mirando el espacio que separaba su coche del todoterreno gris mientras Molina recogía la documentación.
Habíamos dedicado muchos días a estudiar lo que la furgoneta impedía ver entre las veinte cuarenta y siete y las nueve.
Le pedí al técnico que conservara también la secuencia anterior completa, sin recortar los minutos que precedían a la llegada de Gabriel.
Esta vez necesitábamos examinar aquel espacio desde mucho antes de que quedara oculto.