Los Trece Invitados Capítulo 22. Los supervivientes
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Capítulo 22. Los supervivientes

La figura que había permanecido inmóvil tras la ventana desapareció con la misma rapidez con la que había surgido entre la niebla, pero aquella breve presencia fue suficiente para alterar definitivamente el equilibrio de la investigación.

No fue Richard quien la vio primero, sino Daniel Whitmore.

Mientras recogía cuidadosamente los cuadernos de Emily para protegerlos de la humedad, creyó distinguir un leve movimiento entre los troncos de los viejos tejos que rodeaban la caseta.

Durante una fracción de segundo pensó que se trataba simplemente de una rama agitada por el viento, hasta que una silueta humana, oscura y perfectamente erguida, permaneció inmóvil observando el interior antes de desvanecerse bosque adentro.

Daniel salió inmediatamente al exterior, seguido por Adrian y Richard, pero cuando alcanzaron el sendero únicamente encontraron el suelo embarrado, el murmullo de las hojas todavía goteando tras la lluvia y una sucesión confusa de huellas parcialmente borradas por el agua.

El perseguidor había demostrado una sangre fría extraordinaria.

No había huido precipitadamente. Había esperado el tiempo suficiente para comprobar que ellos encontraban exactamente aquello que él esperaba que encontraran y solo entonces había decidido retirarse.

Richard comprendió con inquietud que, desde el comienzo del fin de semana, ellos jamás habían llevado realmente la iniciativa.

Siempre habían avanzado por un camino previamente previsto por alguien cuya inteligencia resultaba tan paciente como perturbadora.

El regreso a la mansión transcurrió en un silencio muy distinto al de jornadas anteriores.

Nadie discutía ya teorías sobre la identidad del asesino ni intentaba relacionar nuevas pruebas con las anteriores.

El hallazgo de los cuadernos de Emily había desplazado el centro emocional de toda la historia.

La niña dejaba tras de sí una impresión imposible de ignorar.

Sus cartas, escritas con una mezcla de ingenuidad y lucidez impropia de su edad, habían destruido la imagen abstracta de una víctima convertida en expediente policial.

Ahora todos recordaban el tono de su voz, las preguntas insistentes que formulaba a cada adulto, su curiosidad casi insaciable y aquella desconcertante capacidad para detectar contradicciones morales que los propios mayores preferían no mirar de frente.

Margaret caminaba sujetando el pequeño paquete de cartas con un cuidado casi reverencial.

Había releído la dirigida a ella varias veces durante el trayecto sin conseguir contener una emoción creciente.

Emily no hablaba desde el resentimiento ni desde el miedo.

Escribía con la absoluta confianza de quien todavía cree que los adultos siempre terminan haciendo lo correcto.

Precisamente esa confianza convertía el fracaso colectivo en algo mucho más insoportable.

Cuando atravesaron el vestíbulo principal, Agnes se detuvo de improviso. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil observando el gran reloj de péndulo situado junto a la escalera central. Richard advirtió inmediatamente el cambio en su expresión.

—¿Qué ocurre?

La anciana no respondió enseguida. Avanzó lentamente hasta el reloj y apoyó la palma de la mano sobre la vieja madera de nogal.

—Hace veinte años...

Su voz apenas era un susurro.

—...este reloj se detuvo.

Richard frunció ligeramente el ceño.

—¿Cuándo?

Agnes cerró los ojos.

—La misma noche.

Daniel se acercó intrigado.

—¿Y por qué es importante?

La mujer acarició lentamente el cristal que protegía el péndulo.

—Porque nunca volvió a funcionar.

Richard observó el mecanismo con atención.

El reloj marcaba exactamente las nueve y veintiséis.

Hasta entonces había supuesto que simplemente estaba averiado desde hacía años, pero las palabras de Agnes otorgaban un significado completamente distinto a aquel detalle.

Adrian abrió cuidadosamente la pequeña puerta inferior para examinar el mecanismo.

Bastaron unos segundos para descubrir que el péndulo no estaba roto.

Había sido inmovilizado deliberadamente mediante un pequeño alambre introducido entre los engranajes. Daniel levantó lentamente la vista.

—Alguien quería que siguiera marcando esa hora.

Richard sintió un escalofrío. Nueve y veintiséis. Dos minutos después del instante que Daniel recordaba haber visto en el reloj del salón la noche de la desaparición de Emily. No era una casualidad. Era otro mensaje.

Mientras Adrian retiraba cuidadosamente el alambre, el viejo mecanismo emitió un leve chasquido metálico.

El péndulo comenzó a oscilar lentamente por primera vez en veinte años.

El sonido grave del reloj llenó el vestíbulo con una solemnidad casi litúrgica.

Agnes dejó escapar una lágrima silenciosa.

—Nunca pensé que volvería a oírlo.

Sin embargo, apenas unos segundos después ocurrió algo completamente inesperado. Desde algún lugar del interior de la casa respondió otro reloj. Luego un tercero. Después un cuarto. Las campanadas comenzaron a propagarse por toda la mansión como un eco imposible. Margaret levantó la cabeza.

—No puede ser...

Richard permanecía completamente inmóvil. Blackthorn Hall poseía numerosos relojes antiguos repartidos por sus distintas estancias, pero la inmensa mayoría llevaban años detenidos.

Ahora todos comenzaban a sonar. El fenómeno duró apenas un minuto. Después el silencio regresó con una intensidad todavía mayor. Eleanor fue la primera en comprender.

—No era un fallo mecánico.

Richard asintió lentamente.

—Estaban conectados.

Daniel abrió mucho los ojos.

—¿Quién hace una cosa así?

Arthur respondió con voz apagada.

—Alguien que quería congelar el tiempo.

Nadie discutió aquella interpretación. Toda la mansión parecía diseñada para conservar intacta una noche que jamás había terminado realmente.

Aquella misma tarde Richard tomó una decisión que llevaba tiempo evitando.

Reunió nuevamente a todos en el antiguo comedor y cerró personalmente las puertas.

Sobre la mesa colocó las cartas de Emily, las fotografías, los expedientes incompletos y las notas encontradas durante los últimos días.

Después observó uno a uno los rostros de quienes permanecían allí sentados.

Ya no eran trece. Las sillas vacías de Gabriel, Victor y Edmund se habían convertido en una presencia constante imposible de ignorar.

Richard habló con una serenidad casi dolorosa.

—Necesitamos aceptar una realidad que hemos intentado evitar desde el principio. Helen sostuvo su mirada.

—¿Cuál?

El antiguo inspector respiró profundamente.

—No vamos a salir todos vivos de Blackthorn Hall.

El silencio fue absoluto. No existía dramatismo en aquella afirmación. Solo una fría constatación. Simon apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—Entonces debemos permanecer siempre juntos.

Richard negó con suavidad.

—Eso tampoco basta.

Todos lo miraron.

—El asesino conoce la casa mejor que nosotros. Ha demostrado que puede moverse sin ser visto, manipular habitaciones cerradas, preparar escenas imposibles y adelantarse constantemente a nuestra investigación. Permanecer juntos reduce el riesgo, pero no lo elimina. Margaret permanecía pensativa.

—Entonces... ¿qué hacemos?

Richard tardó unos segundos en responder.

—Dejaremos de investigar como hasta ahora.

—¿Qué quiere decir?

—A partir de este momento vamos a obligarlo a reaccionar.

La idea sorprendió incluso a Adrian. Richard comenzó a explicar lentamente su razonamiento.

Hasta ese momento habían recorrido la mansión buscando pruebas mientras el asesino decidía cuándo intervenir.

Aquella estrategia siempre lo favorecía porque elegía el momento, el lugar y la víctima.

Era necesario invertir completamente la situación.

Debían construir una versión deliberadamente falsa de la investigación, hacer creer que habían llegado a una conclusión concreta y observar quién intentaba destruirla.

Si existían realmente dos planes distintos desarrollándose al mismo tiempo, el organizador probablemente permanecería oculto.

El asesino, en cambio, se vería obligado a actuar para impedir que aquella falsa conclusión llegara demasiado lejos.

Helen comprendió inmediatamente el razonamiento.

—Una trampa.

Richard asintió.

—Exactamente.

Arthur permanecía pensativo.

—¿Y cuál será esa conclusión falsa?

El antiguo inspector levantó lentamente la vista.

—Que ya sabemos quién es el asesino.

Nadie respondió durante varios segundos. La propuesta implicaba un riesgo enorme. Si el verdadero homicida creía realmente que estaba a punto de ser descubierto, reaccionaría con desesperación. Sin embargo, precisamente esa reacción podía convertirse en la primera oportunidad real de identificarlo.

Cuando la reunión terminó y cada uno comenzó a retirarse lentamente hacia sus habitaciones, Richard permaneció solo contemplando el gran panel cubierto de nombres y fotografías.

Tomó una tiza y tachó con una línea negra los nombres de Gabriel Foster, Victor Ashcombe y Edmund Graves. Después observó el espacio restante.

Solo quedaban diez personas con vida en la mansión, pero una de ellas era el asesino.

Y otra, en algún lugar invisible entre todas aquellas piezas dispersas, seguía moviendo silenciosamente los hilos del juego iniciado mucho antes de que llegaran a Blackthorn Hall, esperando el instante preciso para revelar un propósito que todavía permanecía oculto incluso para quien estaba sembrando la muerte.