Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 26
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Capítulo 26

CAPÍTULO VEINTISÉIS

L os ojos de Mia se abrieron de golpe al darse cuenta de que él la estaba llevando directamente a la piscina.

—Oh, no. Será mejor que tú no…

Él la sostuvo hasta el último segundo y luego la lanzó a unos metros de él para que sus brazos y piernas no chocaran cuando los dos se sumergieran juntos.

Ella subió a la superficie dando manotazos.

—Ahora sí que te la has ganado.

Él estuvo más que encantado de dejar que ella se le echase encima y cuando le empujó debajo del agua, él la arrastró consigo. Cuando volvieron a ascender esta vez, ella le rodeaba con los brazos y las piernas y él la estaba besando.

Aunque el agua había enfriado el tacto de su piel, sus labios seguían estando calientes. Él le acababa de decir lo mucho que significaba para él que se hubiese puesto de su lado… Ahora quería demostrárselo con su beso.

Pero aunque su mordisquito en el labio inferior empezó de forma juguetona, la forma en que ella respondió, tan apasionada, con un gemido grave de puro y dulce deseo, le hizo imposible hacer otra cosa salvo devorar cada milímetro de su boca mientras sus manos le arrancaban más gemidos de placer con sus caricias.

Y cuando su ávido deseo por ella se hizo cargo de la situación, le fue imposible contentarse con solo su boca, con su lengua contra la suya.

No deseaba otra cosa que quitarle el vestido y ver sus curvas húmedas totalmente al desnudo para él, igual que lo habían estado en la ducha del autobús anoche.

Solo que esta noche, él sabía que si se quitaban la ropa no habría forma alguna de parar.

Cada vez que se obligaba a si mismo a apartarse de ella, era un paso más hacia el abismo de la locura.

No existía nadie más por quién el perdería a propósito la cabeza.

Solo Mia. Y una posibilidad de un futuro con ella valía, de calle, cada dolorosamente dura erección con la que había tenido que lidiar durante la pasada semana.

—Mírate —dijo ella, apartándole el cabello de la frente con una mano ligeramente temblorosa—, tan pagado de ti mismo, pensando que acabas de conseguir que se me pase el cabreo contigo a besos.

A pesar de su libido rampante, le resultó fácil sonreírle, considerando que se sentía mucho más que ufano con la mujer más hermosa del mundo entre sus brazos.

—Bueno, ¿sigues enfadada?

Sus labios se retorcieron antes de que por fin admitiera:

—No, maldito seas.

—De hecho, —dijo él, acariciando con la nariz la húmeda piel donde el cuello se encontraba con la curva de su hombro—, te pones muy sexi cuando te mosqueas. Tal vez alguna vez te deje que me lo hagas en el dormitorio en medio de una riña.

Él pudo ver por el brillito en sus ojos que a ella también le gustaba esa idea, aunque replicase:

—No estábamos riñendo.

Él le acarició con la nariz el otro lado del cuello.

—¿No?

—No. Estaba sencillamente informándote de que estabas actuando como un Neanderthal.

Ella intentó apartar sus besos a manotazos, pero lo arruinó soltando una risita.

Sin mencionar el hecho de que la parte de arriba de su vestido halter no estaba hecho para empaparse, y cuando ella se apartó unos centímetros, fingiendo estar enfadada, él consiguió una visión fantástica de sus turgentes pechos y sus duros pezones.

—Maldita sea —dijo después de una mirada larga y cargada de calor—, qué bonita eres.

Ella miró con lujuria sus hombros y su pecho dentro de su camiseta mojada igual que él lo había hecho, como babeando.

—Lo mismo digo, estrella del rock.

Sus ojos se encontraron y los dos se dieron cuenta al instante de que estaban tambaleándose al borde del precipicio. O acordaban saltar juntos esta noche… O tenían que echarse para atrás por completo.

Una semana antes, él no se lo había pensado dos veces y se habría aprovechado de la dulzura en sus ojos y de la cálida presión de su cuerpo. Pero ahora sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo si él la empujase un paso más allá de lo que ella estaba dispuesta a ir por sí misma.

Por suerte, los estómagos de ambos rugieron al mismo tiempo.

—¿Qué tal si vamos a secarnos y nos comemos por fin esa pizza?

Ella le puso las manos a los lados de la cara y le besó antes de decir:

—Probablemente deberías estar preparado, porque creo que mi vestido se ha vuelto totalmente transparente. —Se inclinó para susurrarle al oído—: Y no llevo nada debajo.

Ella se soltó bruscamente de sus brazos y nadó hasta el borde, con el tejido húmedo y translúcido pegado a cada milímetro de su cuerpo perfecto mientras salía y se dirigía hacia la casa.

Para cuando él hubo tratado de que se le bajara la erección al menos un poquito, sin demasiado éxito, y hubo seguido su húmedo rastro escaleras arriba, ella estaba de pie en su dormitorio, con una de sus camisetas y un par de sus vaqueros puestos.

Se había atado la camiseta gris de algodón con un nudo a la cintura y había doblado los vaqueros al menos un par de veces por arriba y por abajo.

Parecía una niña jugando a disfrazarse y aunque su camiseta y sus vaqueros ocultaban prácticamente todas sus curvas, Ford jamás había visto nada tan bonito en toda su vida.

Lo único en lo que había estado pensando era en recuperarla.

No se había dado cuenta de que ella le ayudaría a sanar las heridas del pasado, haciendo que dejasen de dolerle.

Le lanzó una toalla, pero no estaba mirándole a él, sino que miraba consternada al charco cada vez más grande alrededor de sus pies.

—Como vendedora de casas elegantes —dijo con una pequeña mueca—, no puedo soportar dejar los suelos mojados así. Vuelve locos a mis padres y hermanos, pero yo no puedo evitarlo. Patinó por el suelo con una toalla debajo de cada pie y lo limpió mientras él se secaba y se cambiaba la ropa húmeda.

Un rato después la encontró sentada en el sofá con el mando de la tele en una mano y un pedazo de pizza en la otra.

—La pizza se ha enfriado —le informó justo antes de meterse el enorme pedazo en la boca. En medio del pepperoni y las olivas negras, añadió—: Es bueno que siempre me haya gustado más así.

Cuando él se acomodó junto a ella y empezaron un acalorado debate sobre la peli que iban a ver, Ford supo con absoluta certeza que tocar en estadios y volar por el mundo en jets privados para conocer a la realeza no tenía absolutamente nada de especial comparado con pasar el rato en su sofá con su chica para ver la película seguramente espantosa que iba a permitir que ella insistiese en que vieran.

Satisfecha con la pizza grande y las botellas de cerveza que habían sido, bastante predeciblemente, lo único que había en el frigorífico de último modelo de Ford, Mia se acomodó fácilmente en sus brazos.

Estaban los dos sufriendo por ver una peli que ella ya sabía que iba a ser un desastre total, pero que había querido ver igualmente porque no podía enfrentarse con nada emocional ni que la hiciera pensar ahora mismo.

Las bromas con pedos y los personajes que se caían sin motivo alguno eran su tope para esta noche.

Obviamente, Ford les había tirado a los dos a la piscina para intentar borrar su enfrentamiento con sus padres.

Pero aunque la hubiese hecho reír con sus comentarios incesantes, que eran más divertidos que ninguna de las cosas que salían en la peli, y aunque estar resbaladiza y mojada contra él en la piscina la había hecho desearle , como siempre…

Todo el tiempo su corazón sufría por él.

Hacía una semana, creía que le odiaba. Pero esta noche, lo que sentía por Ford estaba tan alejado del odio que lo único en lo que era capaz de centrarse, mientras la película pasaba borrosa por la gran pantalla que tenía delante, es en lo que podía hacer ella para ayudarle a sanar sus heridas.

Estaba tan distraída con sus pensamientos, que se sobresaltó cuando Ford la besó en la frente y le dijo:

—No sabía que una pantalla en negro pudiese ser tan interesante.

Sorprendida por haberse perdido no solo el final de la película sino también por el hecho de que él hubiese apagado del todo la tele, ella volvió a ser consciente de que estaba con él en el sofá.

—Perdón. Yo…

Dios, no podía decirle lo que había estado pensando en realidad. Tenía cuatro hermanos y sabía exactamente lo susceptible que su orgullo podía ser. Lo último que quería que Ford pensara es que sentía lástima por él en ninguna forma. Por el contrario, ahora veía lo fuerte que era.

Todo lo que ella había conseguido era con el apoyo total de sus padres y de su familia.

Todo lo que él había conseguido era a pesar de la decepción de sus padres.

El dolor se intensificó cuando se dio la vuelta en sus brazos para poder rodearle el cuello con los suyos y acurrucarse más.

—Es solo que estoy cansada. Y que tu sofá es verdaderamente cómodo.

Sería muy fácil convencer a Ford de que le hiciera el amor esta noche, para ayudarlos a los dos a sanar, dejando que el placer se llevase todo lo que les hacía daño.

Pero aunque estaba agarrándose a casi cualquier razón para poder estar con él, después de esperar todo este tiempo, sabía que quería que su primera vez juntos de nuevo estuviese llena de amor.

Y solo amor.

—Sé que tienes tu gran concierto el sábado por la noche —dijo lentamente, mientras él le acariciaba el pelo y ella se permitía a sí misma sumergirse todavía más profundamente en su fuerza y su calor—: y sé que probablemente vayas a estar muy ocupado hasta entonces, pero un par de viernes al mes mis padres organizan una cena y…

—Sí. —Él la abrazó más fuerte, tan fuerte que se le cortó el aliento en su pecho apretado—. Me encantaría ir a cenar a casa de tus padres.

El dolor que sentía por él seguía estando dentro de ella pero, de repente, también había alegría. Sonrió al decirle:

—También irán un par de mis hermanos, probablemente. Los dos son fans tuyos. Al menos, lo eran. Porque en cuanto se enteren de que estás saliendo con su hermana…

Él le devolvió la sonrisa, pero ella estaba bastante segura de poder ver el mismo dolor por detrás de su alegre expresión.

—Lo que haga falta para ganármelos a ellos y a tus padres, lo haré.

—No —Su respuesta fue feroz—. No puedes cambiar quién eres por nadie. Prométeme que solo serás tú mismo, estrella del rock egocéntrica y todo.

Su promesa se selló con el beso más dulce que él le había dado jamás, uno que se movió en espiral, creciendo, creciendo, creciendo para proporcionar más y más placer de cada aliento que tomaban el uno del otro.

Ella quería rendirse del todo a él, y quería exigirlo todo de él.

Quería perderse completamente en él, en el placer salvaje de la piel desnuda contra la piel desnuda, en promesas susurradas de un placer interminable que se hacían realidad una y otra vez.

Pronto, supo en lo más profundo de ella. Pronto, harían el amor. No porque sus cuerpos se lo exigieran, sino porque sus corazones no les permitirían contenerse ni un momento más.

Lo que, asombrosamente, convertía la dulzura previa al pecado en algo todavía más dulce.

Así que aunque ella sabía que estaría sufriendo y desesperada por tener a Ford cuando la dejase de vuelta en su apartamento, disfrutó de cada segundo de enrollarse en el sofá con el amigo del que se estaba enamorando sin remedio…