Capítulo 13
CAPÍTULO TRECE
M ia estaba a medio camino de la puerta cuando Ford estiró un brazo y se lo deslizó por la cintura para detenerla. Sentía la sangre latiendo en sus venas al pensar en abrirse a ella. Sería más fácil seguir manteniendo ocultos sus sentimientos hacia su familia.
Fácil… Y carente de sentido.
Cinco años antes, ella se lo había dado todo… No solo su cuerpo, sino también su corazón y su alma. Pero él se había cagado de miedo y no había podido hacer lo mismo. Necesitaba encontrar una forma de combatir ahora ese miedo.
O la perdería.
—La razón por el que odio el nombre Rutherford es porque fue el que me pusieron mis padres.
Notó su sorpresa al escuchar su repentina afirmación, y la forma en que le había dejado perfectamente claros sus sentimientos hacia sus padres con una sencilla frase. La sorpresa fue lo que la retuvo donde estaba, en sus brazos, de espaldas a él, durante unos segundos más.
—Rutherford es el hijo que planearon tener.
De sangre azul. Privilegiado. El primero de la clase de francés.
De la de literatura inglesa. Jugador de polo.
De Lacrosse. Se suponía que Rutherford iría a una universidad de la Ivy League, se graduaría con las notas más altas y luego obtendría una licenciatura en derecho.
Nunca le había contado tanto sobre sus padres a nadie.
Los periodistas le habían tanteado como locos a lo largo de los años, pero él jamás les había entregado nada salvo un claro portazo.
Pero había una enorme diferencia entre contarle su historia a la revista Rolling Stone y compartirla por fin con la mujer a la que amaba.
Así que aunque sentía como si cada palabra fuese gravilla arañándole la garganta, y aunque todo su instinto le decía que debía detenerse y protegerse a sí mismo igual que había hacho siempre, Ford sabía que solo tenía esta única oportunidad de demostrarle a Mia que podía cambiar por ella…
Y que ahora podía darle lo que había sido incapaz de darle en el pasado.
—Recuerdo todo lo que me contaste sobre lo bien que te llevabas con tu familia y acabo de ver lo que el amor significa para los Sullivan.
Lo significa todo . Y eso es obviamente lo que Marcus y Nicola van a entregarse el uno al otro.
Absolutamente todo, sin retener nada, ni por orgullo ni por ninguna otra razón.
—Su mano tembló allí donde sostenía a Mia por el vientre.
La necesitaba para poder seguir y estaba encantado de que todavía no hubiese intentado apartarse de él—.
Rutherford nunca habría tenido una maldita oportunidad de encontrar el amor.
Ni con sus padres, ni con nadie más. No había cumplido aún los diez años cuando me di cuenta de que lo único que ese crío iba a tener jamás era dinero, estatus y un vacío helado.
Entonces fue cuando me convertí en Ford…
Y juré nunca, jamás, volver a participar de esa maquinaria que mis padres habían intentado crear con niñeras y tutores y listas interminables de lo que era apropiado o no.
Por fin, Mia se volvió a mirarle y él no estaba seguro de si ella era consciente de que seguía en sus brazos al preguntar:
—¿En serio crees que no están impresionados contigo? Eres una de las estrellas del rock más grandes del mundo, y eso no ocurrió porque tú formases parte de ninguna maquinaria de la industria. Es por lo bueno que eres haciendo lo que haces.
Estaba tan hermosa y convencida de su creencia de que cualquier padre estaría orgulloso de él que él se sintió dolorosamente tentado a besarla. Pero ahora que parecía como si hubiese hecho por fin algún avance, era lo bastante listo como para mandarlo al garete con un beso que ella no deseaba.
—Mi carrera es intrascendente para ellos en el mejor de los casos y una vergüenza total en el peor. Los hijos de los amigos de mis padres son agentes de bolsa, dueños de galerías de arte o dirigen organizaciones benéficas.
—Pero tú estás donando una fortuna todos los años, posiblemente a esas mismas organizaciones.
Él arqueó una ceja ante esa admisión de que ella sabía algo de su vida.
—Tendría que ser sorda y ciega para no leer o escuchar las noticias, pero es que no sé cómo tus padres podrían no haberse enterado de que tienen un hijo verdaderamente excepcional.
—Al darse cuenta con retraso de lo que acababa decir, añadió—: Quiero decir desde el punto de vista de tener una carrera, por supuesto.
Porque aun cuando más te odiaba, no podía obligarme a odiar tus canciones.
Ford recibía cumplidos a patadas. Pero escuchar como Mia decía que era excepcional significaba más para él de lo que jamás lo harían un millón de elogios por parte de sus fans.
—A mis padres les disgustan todas y cada una de las canciones que he escrito o interpretado —dijo con absoluta certeza—. La música rock rompe con todas las reglas que con las que me educaron. Diablos, hasta meter un oboe en un cuarteto de cuerdas es llegar demasiado lejos para ellos.
La boca de ella se elevó un milímetro en las comisuras cuando dijo:
—Y a ti te encanta romper esas reglas, ¿verdad?
Él le devolvió la sonrisa.
—La primera vez que cogí una guitarra eléctrica fue para hacerles daño, igual que ellos me lo habían hecho a mí.
Y para ser totalmente sincero, la primera vez que subí el ampli hasta el once y toqué un acorde de La que hizo temblar las paredes de toda la casa, hasta el comedor formal donde ellos estaban dando una cena, sigue siendo uno de mis recuerdos favoritos.
No tenía ni idea de que la música me salvaría la vida dándome por fin algo a lo que amar.
Pero aunque me salvara durante tantos años, me di cuenta demasiado tarde de que no era suficiente.
—Tienes millones de fans. El mundo entero ama tus canciones. ¿Cómo puede eso no ser suficiente?
—Porque la música no puede decirme cuando me estoy comportando como un capullo egocéntrico. La música no me puede alegrar el día iluminándome con solo una sonrisa. La música no puede corresponder a mi amor. Y…. —Se detuvo para acariciarle suavemente la mejilla—. La música nunca será tú .
Cuando eran amantes, a Ford le había asombrado la forma en que Mia podía ser fuerte en un momento, y suave y flexible al siguiente.
Hoy, con sus emociones exacerbadas por la boda, él percibió que podía hacer que ella le diera no solo otro beso, sino mucho más.
Ford quería desesperadamente sentir su piel desnuda contra la suya, necesitaba tanto escuchar esos hermosos y entrecortados sonidos que ella hacía cuando se corría en sus brazos…
Pero necesitaba más un futuro junto a ella de lo que necesitaba unos efímeros momentos de placer que seguramente acabarían con ella erigiendo de nuevo todas sus murallas.
—Quiero que empecemos de cero, Mia. Estiró la mano para levantarle la barbilla con el dedo para que tuviese que mirarle a los ojos. —Esta vez, nada de ultimátums. Sé que vas a necesitar tiempo para que te convenza de que puedo ser el hombre que quieres que sea.
—Estás hablando en serio, ¿verdad? —Ella pareció realmente estupefacta al darse cuenta de que él quería decir cada una de las palabras que él le había estado diciendo desde el viernes por la mañana—. No organizaste lo de la visita a la casa del torreón para reírte de mí, ¿verdad?
—No había hablado más en serio sobre nada en mi vida, Mia. Quiero que vuelvas conmigo.
—¿Por qué sigues insistiendo después de todas las veces que te he dicho que no?
—Porque lo que veo en tus ojos y lo que siento en tu piel me han contado algo totalmente distinto.
Ella apoyó la mejilla contra su palma durante un breve y precioso instante antes de apartarse de él.
—He escuchado lo que has dicho sobre darme tiempo para pensar las cosas, pero te conozco.
Eres igual que un perro hasta que consigues tu hueso.
Y solo puedo imaginarme lo que harías para ganar tu apuesta una vez que estemos los dos ahí fuera en la recepción.
Así que como de verdad no quiero que nadie de mi familia sepa que hace mucho tiempo estuvimos juntos de forma muy, muy breve…
porque entonces me bombardearían con un trillón de preguntas a las que no quiero responder, ¿qué tal si hacemos un trato?
—¿Qué tienes en mente?
—Ahora que sé que hablas totalmente en serio sobre comprarte una casa en Seattle, accederé a volver a ser tu agente inmobiliaria.
Como extra, eso significará que tendremos una razón de buena fe para conocernos fuera de esta boda, porque de verdad no quiero tener que mentirle a mi familia sobre no conocerte en absoluto, y estoy bastante segura de que no se lo tragarían.
—¿No se preguntarán por qué hoy es la primera vez que mencionas que estamos trabajando juntos?
—Les diré que teníamos un acuerdo de confidencialidad, lo cual, considerando que te acercaste a mi como un cliente anónimo, diría que es cierto.
Y que acabo de acordar contigo que puedo mencionar en público que tenemos un acuerdo comercial.
—Ella le clavó el dedo índice en el pecho—.
Pero si no dejas de mirarme de esa forma delante de todos, van a adivinar que hay más que negocios entre nosotros.
Él acababa de decirle que no la presionaría demasiado y que no le daría ultimátums. Sin embargo, Señor, era duro no agarrarla, no besarla para demostrarle exactamente lo bien que estaban juntos.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si yo fuese Caperucita Roja y tú el Lobo Feroz.
—Bueno —dijo él después de un segundo—, sí que es verdad que quiero comerte.
Ella se estaba riendo a medias y meneando la cabeza por esta broma de tan mal gusto.
—¿Tenemos o no tenemos trato?
De no haber notado el brillo travieso en sus ojos creciendo cada vez más y liberando más calor durante los últimos minutos de combate de boxeo verbal, habría accedido sin más a su sugerencia inicial. Pero sabía que ninguno de ellos se sentiría satisfecho con eso.