Capítulo 4 #3
—Siendo honestos, aunque la casa sea genial, por lo que estás pagando es por la ubicación.
Conozco a un montón de familias de aquí que viven en casas parecidas y decididamente no creo que sea demasiado pija como para que un puñado de críos revoltosos se sintiesen mal por dejar rastros de barro en la cocina.
—Pensando en lo a menudo que ella y sus hermanos habían hecho eso, para la consternación de sus padres, sonrió y añadió:—Cuando éramos críos, la cantidad de barro que dejábamos por el suelo era directamente proporcional a la cantidad de diversión que teníamos jugando fuera.
Antes de que ella pudiese recordarse a sí misma por qué no deberían estar sonriéndose el uno al otro, Ford ya estaba atravesando el camino de ladrillos hasta un promontorio ligeramente cubierto de hierba que daba al agua y estaba rodeado por los otros tres lados por unos arbustos altos de grandes hojas.
—Este sitio me recuerda a aquel día en que encontramos aquel parquecito con las vistas estupendas —dijo—. ¿Te acuerdas?
¿Cómo podría olvidarlo? Los cielos azules se habían tornado en una suave lluvia para cuando habían extendido una manta en Kerry Park, tras los espesos arbustos que los ocultaban del resto del mundo, pero Ford la había mantenido calentita rodeándola con su cuerpo.
Ella había creído que ese era el amor que había estado esperando y que ningún otro hombre podría hacerla sentirse como hacía él.
Por desgracia, aunque había estado equivocada sobre lo del amor, había dado en el clavo sobre lo de la emoción. Ningún otro hombre se había acercado siquiera a hacerla sentirse tan salvaje ni tan a gusto.
Ella meneó la cabeza para alejar los recuerdos mientras mantenía la mirada centrada en el agua al límite de la propiedad.
—Las vistas desde aquí son realmente hermosas.
—Tú eras mil veces más hermosa aquel día de lo que podría serlo jamás ninguna vista —dijo él, y cada una de sus palabras suavemente pronunciadas, fue aterrizando en el corazón de ella, que había olvidado mantener resguardado por un momento—. Todavía lo eres, Mia.
—No —ella se apartó de él, de sus dulces palabras cargadas de significado, de la forma en que la hacía sentir cosas que nunca podría dejarse sentir por él—. Ya hemos acordado que no podías hablarme de esa forma.
—Lo más duro que he hecho en mi vida ha sido no tocarte durante la última hora. —Bajó la vista hacia sus labios—. No, eso no es verdad —dijo, casi para sí mismo, mientras sus ojos se oscurecían más por el deseo—. Ha sido muchísimo más difícil no besarte.
Cinco años atrás, ella no había sido muy lista y le había dejado que la enamorara y la hiciese olvidarse de todo lo que no fuese él. Pero ahora, aunque ella sí era más lista, todavía deseaba enormemente su beso prohibido.
—¿Crees que no sé a qué estás jugando? ¿Apareciendo como un cliente anónimo para pillarme con la guardia baja, rozándote conmigo cuando pasamos por las puertas, jugando conmigo con tus miraditas fogosas y tus palabras sexis?
Los dos sabemos que eso es lo que haces , Ford.
Eres un maestro en conseguir que las mujeres te deseen.
No necesitas intentar liarme otra vez para demostrarlo.
—Solo hay una mujer que yo quiero que me desee, Mia.
Decidida a no permitir que nada de lo que él dijese o hiciera la afectase desde ese momento, ella puso los ojos en blanco. Honestamente, llegados a este punto, era ridículo pensar que ella podría buscarle una casa de forma ni siquiera vagamente profesional.
—Estoy segura de que se supone que debo sentirme halagada de que pensaras que una visión de ti en esa torre como un héroe conquistador que vuelve a casa me haría caer al suelo de rodillas y bajarte la bragueta con los dientes.
—Soltó una carcajada para dejarle ver lo que opinaba de esa visión, rezando por que él creyera que ella de verdad se sentía asqueada ante la idea de estar de nuevo con él.
Su corazón y su mente lo estaban, por supuesto.
Era solo su cuerpo el que estaba ocupado intentando traicionar al resto de su ser—.
Fregar el suelo de la cocina con un cepillo de dientes suena mil veces mejor que eso.
—Entonces —dijo él con una engañosa calma—, solo para dejarlo claro, ¿estás diciendo que no estás interesada en mí?
—Ni en lo más mínimo.
—¿Y no has sentido ninguna chispa saltando entre nosotros igual que solía hacerlo siempre?
—No. —Ella se encogió de hombros, como si la respuesta a esa pregunta fuese totalmente obvia—. Nada.
—Tiene gracia, estaba pensando que justamente era al revés.
—Entonces no estabas pensándolo bien.
—Entonces, ¿qué te parece esto?: tú me dejas besarte y si tienes razón y entre nosotros no hay nada, después de todo, dejaré de presionarte y querer llevarte hacia donde no quieres ir. Pero si lo hay…
—¿De verdad te crees que voy a picar con un estúpido reto en el que tú vas a declarar, pase lo que pase, que sí que hay chispas entre nosotros?
—Tú eres la que has dicho que yo te dejaba frío. —Él no había apartado los ojos de los de ella y solo en lo que se tardaba en pronunciar unas pocas palabras, se habían vuelto más oscuros, más intensos—. Un beso, Mia. Seguramente podrás salir de eso como si nada.
¿Qué había hecho ella para merecerse que él regresase a su vida?
Había cogido cada bonito momento, cada recuerdo dulce y sexi de estar con Ford y los había enterrado en la parte más profunda y oscura de su corazón.
Había trabajado tan duro para dejar que el pasado se quedase en el pasado… Le había olvidado a él.
Él no podía volver así, no podía hacer que ella lo deseara de esta forma, no podía convertir sus emociones en un torbellino con solo una mirada velada y unas cuantas palabras con esa voz profunda e hipnótica.
Joder, ella tenía hoy una cita con un tipo estupendo que bien podría resultar ser el definitivo.
Pero ahora, después de menos de una hora a solas con Ford, volvía a encontrarse luchando contra todos sus antiguos demonios.
Necesitaba apartarse un solo paso de él, y luego otro, y otro más hasta que estuviese lo bastante lejos como para no verle, no olerle, no poder estirar la mano para saber si su piel seguía estando tan caliente al tacto como antes.
¡Que le den al orgullo! Iba a tener que dejarle ganar este round huyendo de él… Aunque solo fuera para asegurarse de que él no volvía a ganarle la única cosa que importaba de verdad.
Su corazón.
O peor, su alma.
Pero sus pies seguían sin responderle, porque en vez de llevarla lejos de él, la estaban acercando más, y luego más todavía, hasta que lo tuvo ahí mismo, a la distancia de un beso.
—Un beso —Se encontró a sí misma aceptando a pesar de ser más lista que eso—.
Y cuando te des cuenta de que ni eso ni tú no significáis absolutamente nada para mí…
—No tendría que haber necesitado detenerse, no tendría que haber sentido ni la más ligera duda al decir lo que sabía que tenía que pasar—, prometerás no volver a acercarte a mí jamás.
Él ni siquiera pestañeó antes de acceder con un ronco:
—Tienes mi palabra.
Y entonces cogió su rostro entre las manos e inclinó la cabeza hacia la de ella…