Capítulo 6
CAPÍTULO SEIS
N oah la besó tal como ella siempre había deseado que la besaran. Con pasión. Con intenciones pecaminosas y decadentes.
Y con más dulce emoción de la que ella había creído jamás que fuese posible.
Aunque fuese su primer beso, él no temió meterle la lengua entre los dientes, y su atrevimiento le dio a ella el coraje de tomar lo que deseaba.
A él.
Sus lenguas bailaron, emparejándose de una forma tan bella que ella se calentó tanto por detrás de su esternón como en todas sus otras partes. Era maravilloso estar con un hombre que no estaba preocupado de estar moviéndose demasiado rápido o demasiado lento, solo con hacerle el amor a su boca.
Él guiaba su baile y, aunque ella estaba más que encantada de seguirle allá donde la llevase, ella estaba probando su sabor también.
Aprendiendo la forma de la comisura de sus labios palpándola con la punta de la lengua, mordiendo suavemente su labio inferior con los dientes y absorbiéndolo dentro de su boca.
Un gruñido de placer vibró desde el pecho de él y ella se sintió impotente contra el impulso que la invadió de apretar sus senos contra esos duros músculos.
Su gruñido se tornó un rugido de deseo y entonces sus manos se soltaron de su cara y se enterraron en su pelo, mientras él le inclinaba la cabeza hacia atrás para tener mejor acceso a su boca.
Noah no le pidió que le dijese lo que quería. No se detuvo a preguntarle si lo que estaba haciendo estaba bien, si le gustaba. Simplemente le dio placer, sabiendo exactamente lo que ella quería sin tener que deletreárselo punto por punto.
Y la verdad era que estar de pie en medio de un bar abarrotado mientras un hombre guapísimo la besaba hasta perder al sentido era como si hiciera realidad cada fantasía que ella hubiese tenido jamás.
—Ven a casa conmigo, Colbie.
Echando ya en falta su beso, en vez de responder a su petición, ella le puso las manos a los lados de su cara y volvió a atraer su boca contra la suya. Esta vez, fue ella quien le besó a él como si le fuese la vida en ello.
Cuando por fin se separaron, él le preguntó:
—¿Eso es un sí?
Ella jamás había querido responder más que sí a ninguna otra cosa en toda su vida. Pero sus heridas y el miedo de volver a sufrir daño otra vez era algo peliagudo, como estaba averiguando. Tanto, que ni siquiera los besos de Noah podían erradicarlos por completo.
—Estás tan seguro —le dijo—, tan convencido. Pero, ¿y si una noche resulta ser un error?
Otro hombre se habría sentido frustrado, habría intentado arrastrarla del bar a su casa para que pudiesen quitarse la ropa y ponerse manos a la obra. Noah sencillamente la acarició con suavidad, con las manos todavía en su pelo, y le preguntó:
—¿Recuerdas lo que te dije allá arriba, en las pistas de esquí?
Por supuesto que lo recordaba. No había sido capaz de olvidar ni un solo detalle de ese maravilloso día que habían compartido en el Lago Tahoe.
Cuando ella asintió, él dijo:
—Dímelo, cielo.
Ese apelativo cariñoso, tan puro y dulce, la llenó de calidez en lugares que habían estado helados durante mucho tiempo. A la vez, sus ojos estaban oscurecidos por el deseo.
Era una combinación que convertía sus rodillas en puré y hacía que le diese vueltas la cabeza.
Ahora o nunca. Era el momento de la verdad.
¿Iba a ser valiente o iba a seguir atormentándose por pecaminosos y sexis sueños que nunca llegaban lo suficientemente lejos?
¿Iba a lamentar durante el resto de su vida haber dejado a Noah ahí, en ese bar, solo porque no tenía garantías de que todo fuese a salir bien y terminaran juntos para siempre?
¿Especialmente cuando esa mirada peligrosamente sensual en los ojos de Noah la hacía sentirse más viva de lo que jamás lo hubiese hecho ninguna otra cosa?
—Me dijiste que lo único que necesitaba hacer era escuchar a mi cuerpo.
Y que tú ibas a enseñarme cómo. —Se humedeció los labios y la mirada de él siguió el recorrido de su lengua, causándole cosquilleos en la piel como si la hubiese besado—.
Y entonces me pediste que me agarrase de tus manos, cerrase los ojos... Y confiase en ti.
Él le había pedido pasar una noche juntos en el Lago Tahoe, pero ella había estado demasiado asustada por lo que estaba sintiendo como para atreverse a aceptar.
Ahora, mientras él daba un paso atrás y luego le tendía las manos igual que había hecho en la pista de esquí, ella hizo su elección con los ojos totalmente abiertos... Y le cogió las manos.
Colbie no tenía ni idea de las zonas de Seattle que estaban atravesando de camino a casa de Noah.
No podía concentrarse en nada, salvo en la mano que él había puesto sobre su falda, en la parte de arriba de su muslo.
Aunque no estuviese tocando la piel desnuda, ni besándola, ni diciéndole ninguna cosa dulce y guarra en ese momento, sus hormonas estaban disparadas, como si estuviese haciendo todo eso al mismo tiempo.
Mientras él vigilaba cuidadosamente la carretera húmeda y resbaladiza por delante de los limpiaparabrisas, ella tuvo oportunidad de embeberse de él.
De la leve barba incipiente de su barbilla, de la pequeña cicatriz sobre su ceja derecha, del pelo oscuro que se peinaba justo por debajo del cuello de la camisa…
Todo en él era pura perfección masculina.
Y ella no podía creerse que iba a poder besar y tocar cada centímetro de su cuerpo pronto.
—Sigue mirándome así y puede que no lleguemos a mi casa, después de todo.
El placer inflamó sus venas. Solía soñar con que alguien la deseara así... Hasta que casi dejó de soñar por completo.
Pero, cuando él entró en su garaje, el peso de su estómago, que se había desvanecido cuando estaba entre sus brazos, volvió en parte a su sitio.
Apartó la mirada de él, porque no quería que él volviese a verla vacilar.
Sobre todo, porque podía adivinar que Noah era el tipo de hombre que tomaba una decisión y se atenía a ella, sin importar cuáles fuesen los riesgos.
—¿Colbie?
Solo una cobarde continuaría mirando por la ventanilla. Ella había sido una cobarde en el Lago Tahoe y, ¿a dónde la había llevado eso? A devanarse los sesos con sueños desesperados acerca del hombre a quien creía que jamás iba a volver a encontrar.
Ella se volvió a mirarle, al mismo tiempo que él decía:
—Jamás haría nada que pudiese herirte. ¿Me crees?
Solo unas semanas atrás, Colbie había jurado no volver a fiarse de otro hombre en toda su vida. No con su cuerpo. Y, decididamente, no con su corazón. Eso era por lo cual tenía que ser honesta con Noah, sin importar cuánto lo deseara, y aunque ya le había prometido esa noche que pidió.
—No te conozco. Y como resulta que no debí confiar en un hombre que pensaba que conocía muy bien, tengo que preguntarme: ¿cómo puedo confiar en ti ahora?
Noah respondió a su honestidad cogiéndole una mano y poniéndola sobre el corazón de ella, junto con la suya.
—Aquí. —Luego movió sus manos hacia su propio pecho, presionando su palma contra su esternón. Y aquí. —Se detuvo, dejándola sentir el fuerte y regular latido de su corazón—. Esto es a lo que vamos a hacerle caso esta noche.
Ella pensó que él volvería a besarla de nuevo para probar de verdad su afirmación, pero no lo hizo. Simplemente le acarició suavemente la mejilla con la otra mano y le dijo:
—Ven adentro para que podamos conocernos mejor... —Su mirada volvió a oscurecerse, elevando la temperatura del coche al menos diez grados—... Antes de que te quite la ropa y te haga el amor.
¿Se suponía que ella iba a ser capaz de salir del coche después de que él le dijera una cosa así?
Por suerte, él se bajó antes para cogerla de la mano y ayudarla a bajarse, así que dio igual que sus piernas estuviesen más vacilantes que nunca sobre sus tacones.
¿Cuándo fue la última vez que un hombre hizo algo tan simple como eso?
, se preguntó. Una galantería tan normal pero que significaba tanto…
Unos momentos después, él la guiaba dentro de su alucinante casa, con vistas panorámicas completas del Estrecho de Puget.
—Noah, tu casa es increíble.
A pesar de los enormes ventanales, era cálida y acogedora, en vez de una gran caja moderna construida para maximizar las vistas más que para ser cómoda.
Podía verse a sí misma fácilmente viviendo en esta casa, haciendo la cena en la gran cocina, acurrucándose debajo de una manta para leer en el sofá.
—Le dije a mi arquitecto que quería un sitio en el que poder criar a una familia.
Aunque ella solo tenía una vaga idea de cuánto podría valer una casa a orillas del agua como esta en Seattle, tenía que ser un montón más de ceros de los que ella hubiese visto nunca.
Lentamente, se volvió hacia él y preguntó:
—¿Se supone que debería saber quién eres?
Él la acercó contra él, mientras su cálida risa llenaba todos los huecos vacíos.
—Mi hermana te diría que no le hicieses ningún favor a mi ego.
Oh, cuánto le gustó a Colbie oírle reír.
Había tanta calidez en su alegría… Tanto placer, también.
Ya se encontró a sí misma deseando más que una noche.
Quería oírle reír mientras iban en bici alrededor del lago...
O mientras rodaban juntos por la cama, haciéndose cosquillas y jugueteando el uno con el otro.
Ella ya le deseaba, pero, aunque la semana que llevaba esperando por él había sido demasiado larga, ahora también quería conocerle … Aunque eso significara tener que esperar un poquito más para el siguiente beso.
—Háblame de tu familia, Noah.
Él se acercó a la cocina y sacó una botella de cabernet. Era lo que ella estaba bebiendo en el bar, y se preguntó cómo diablos había tenido siquiera ocasión de notar lo que había en su copa.
Pero, por otra parte, él se daba cuenta de todo, ¿verdad?
Sacó dos copas y las acercó a donde ella seguía de pie, junto a los ventanales de suelo a techo. Ella le cogió la copa y se sentó en el sofá.